Estos eran días
de vendimia aunque se haya tenido que anticipar en algunos lugares debido a la
sequía. ¡Septiembre! Iniciamos el curso y el año a pesar de que estamos
pendientes del hito consumista de las luces y los turrones navideños que lo
consuman. Todo llegará. Nuevo curso y nuevo año laboral, pues. ¡Que nos sean
propicios! Terminada la vendimia, recolectada la cosecha y con las criaturas
amorradas a la pizarra recuperamos la normalidad aparente. Reprimiremos la
epidermis y la palidez abatirá el estallido sensual que estaba expuesto excepcionalmente
en los escaparates de arena y toalla. Las golondrinas se lo están pensando, si
emigrar a territorios de más bonanza mientras nosotros pasamos cuentas en una
especie de balance justo al regresar de vacaciones, si es que nos hemos
ido.
Personalmente
estoy contento porque durante la semana pasada ha llovido un poco. La sequía -todavía
por remediar- ha sido histórica aunque los meteorólogos no la hayan colgado en los
titulares hasta la fecha. Las pintorescas comarcas coloreadas con el verde
perenne han soportado tres meses contados de falta de lluvia. Con los campos y
bosques extraordinariamente sedientos la gente de la tierra lo vive muy mal. ¿Cambio
climático? Decida usted mismo.
No hace
demasiado cuando el grifo del cielo era así de tacaño, los payeses del Ripollès
salían a pasear los santos al Valle de Núria para pedir agua. Este año no ha
habido ninguna iniciativa mancomunada en este sentido. La secularización de las
rogativas las han dirigido a unos flamantes beatos, a Donald Trump el del
flequillo azanahoriado, un profeta de cuerpo presente experto en tormentas y al
muy milagroso Kim Jong-un, el otro flequillo aureolado diestro en estropicios
celestiales y un gran valedor de los terremotos. ¡Qué mundo! Desgraciadamente
los agricultores y los aldeanos del Ripollès también hemos tenido que conjurar
una terrible plaga estival que ha azotado y ha sacudido el país con tristeza y
con rabia. ¡Nunca más! ¡Que llueva y se limpie el ambiente, que sople la
tramontana y se lleve esta locura!
Debido a los
estragos climáticos a fuego lento este año los robles ya han perdido la hoja y
el flequillo vital que todavía los debería coronar. Los pastos malviven resecos
y la verdura agoniza mientras las vacas distraen la hambruna conectadas a la
red haciéndose selfies con las
fuentes secas y los arroyos demacrados. A pesar del verdor engañoso, la
situación parece apocalíptica. No exagero. Preguntad a los agricultores qué
piensan. ¡Un mal año! De aquellos en los que la uva se recoge pequeña, con
demasiado azúcar -no apto para diabéticos- y con exceso de acidez. Dicen que de
las uvas de la ira no puede salir buen vino.
Justo antes del
11-S y del 1-0 los hombres del tiempo político -¡ojo, Molina! - anuncian
tormentas, vientos y todo tipo de perversidades climáticas procedentes del
centro peninsular. Granizadas precedidas de gran polvareda que abatirá a los pardales
y a todo tipo de aves de corral. Pongamos las gallinas a buen recaudo y
tengamos cuidado con los ventanales. Pronostican que va a llover con intensidad
para aguar las fiestas mayores, también para la Diada y -si se verifican las
rogativas de Rajoy- sobre todo para el día del referéndum. Algún diario -se han
de confirmar las fuentes- airea un reportaje donde se puede ver a Mariano poniendo
velas a los dioses de la tormenta. ¡Que no sea lluvia ácida! Puestos a elegir, ¡que
llueva café!
¡Buen curso!
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