miércoles, 6 de septiembre de 2017

Tormentas de otoño.



Estos eran días de vendimia aunque se haya tenido que anticipar en algunos lugares debido a la sequía. ¡Septiembre! Iniciamos el curso y el año a pesar de que estamos pendientes del hito consumista de las luces y los turrones navideños que lo consuman. Todo llegará. Nuevo curso y nuevo año laboral, pues. ¡Que nos sean propicios! Terminada la vendimia, recolectada la cosecha y con las criaturas amorradas a la pizarra recuperamos la normalidad aparente. Reprimiremos la epidermis y la palidez abatirá el estallido sensual que estaba expuesto excepcionalmente en los escaparates de arena y toalla. Las golondrinas se lo están pensando, si emigrar a territorios de más bonanza mientras nosotros pasamos cuentas en una especie de balance justo al regresar de vacaciones, si es que nos hemos ido. 

Personalmente estoy contento porque durante la semana pasada ha llovido un poco. La sequía -todavía por remediar- ha sido histórica aunque los meteorólogos no la hayan colgado en los titulares hasta la fecha. Las pintorescas comarcas coloreadas con el verde perenne han soportado tres meses contados de falta de lluvia. Con los campos y bosques extraordinariamente sedientos la gente de la tierra lo vive muy mal. ¿Cambio climático? Decida usted mismo. 

No hace demasiado cuando el grifo del cielo era así de tacaño, los payeses del Ripollès salían a pasear los santos al Valle de Núria para pedir agua. Este año no ha habido ninguna iniciativa mancomunada en este sentido. La secularización de las rogativas las han dirigido a unos flamantes beatos, a Donald Trump el del flequillo azanahoriado, un profeta de cuerpo presente experto en tormentas y al muy milagroso Kim Jong-un, el otro flequillo aureolado diestro en estropicios celestiales y un gran valedor de los terremotos. ¡Qué mundo! Desgraciadamente los agricultores y los aldeanos del Ripollès también hemos tenido que conjurar una terrible plaga estival que ha azotado y ha sacudido el país con tristeza y con rabia. ¡Nunca más! ¡Que llueva y se limpie el ambiente, que sople la tramontana y se lleve esta locura! 

Debido a los estragos climáticos a fuego lento este año los robles ya han perdido la hoja y el flequillo vital que todavía los debería coronar. Los pastos malviven resecos y la verdura agoniza mientras las vacas distraen la hambruna conectadas a la red haciéndose selfies con las fuentes secas y los arroyos demacrados. A pesar del verdor engañoso, la situación parece apocalíptica. No exagero. Preguntad a los agricultores qué piensan. ¡Un mal año! De aquellos en los que la uva se recoge pequeña, con demasiado azúcar -no apto para diabéticos- y con exceso de acidez. Dicen que de las uvas de la ira no puede salir buen vino. 

Justo antes del 11-S y del 1-0 los hombres del tiempo político -¡ojo, Molina! - anuncian tormentas, vientos y todo tipo de perversidades climáticas procedentes del centro peninsular. Granizadas precedidas de gran polvareda que abatirá a los pardales y a todo tipo de aves de corral. Pongamos las gallinas a buen recaudo y tengamos cuidado con los ventanales. Pronostican que va a llover con intensidad para aguar las fiestas mayores, también para la Diada y -si se verifican las rogativas de Rajoy- sobre todo para el día del referéndum. Algún diario -se han de confirmar las fuentes- airea un reportaje donde se puede ver a Mariano poniendo velas a los dioses de la tormenta. ¡Que no sea lluvia ácida! Puestos a elegir, ¡que llueva café! 

¡Buen curso!

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