jueves, 31 de agosto de 2017

Bolardos legales como barricadas.



Ley de Transitoriedad y Fundacional de la República. Parece que se agotan las metáforas de los discursos grandilocuentes y se disparan las futuras leyes si el referéndum se gana por mayoría. "Cataluña se constituirá en una república de derecho, democrática y social". La Ley articula -98 artículos y 3 disposiciones adicionales- los mandamientos que deben regular los fundamentos en la nueva Cataluña republicana -sin monarca- e independiente de España. 

Esto ocurre el día hábil después de las manifestaciones de Barcelona y de Ripoll. Justo el día que el ayuntamiento de Barcelona ha decidido desmontar los altares laicos de las Ramblas en un gesto que anuncia el final del duelo sólo formal por los atentados porque queda la cicatriz. La andanada del cañón de Palamós, aquel que enmudeció mirando el mar con la panza oxidada, se convierte la habanera de este agosto "Escuchad su voz, / oh cañones de todo el mundo / y la gente de todas partes, / no más guerras ni más muertos, / no más bombas ni más fuegos, / ... soy el cañón de Palamós ". Barcelona ha gritado No tengo miedo para conjurar el terror. Sin embargo, hemos vuelto a ramblear. 

La oposición ha reaccionado a la Ley de Transitoriedad diciendo que se trata de una tomadura de pelo, de un engaño y que habría que aplicar el 155 de la Constitución. Algunos vaticinadores pronostican que esto acabará en elecciones autonómicas. Mariano Rajoy y Pedro Sánchez dialogan sobre la transitoriedad para dar una respuesta conjunta al desafío catalán mientras el gobierno avisa desde Madrid que esta ley "nunca" entrará en vigor.

Tras el atentado estamos donde estábamos con matices. La determinación del gobierno catalán continúa ascendiendo escalón a escalón y se precipita hacia el primero de octubre, el 1-O, ante una respuesta estratégica inexistente que aplaque -seduzca- a los catalanes decididos a irse de España. No vuelan palomas mensajeras con cartas de amor entre los protagonistas que preludien la reconciliación. Al contrario. Reproches, pancartas y el estrepitoso abucheo -esta vez sin un balón de fútbol rodando- ensordecen y suplen este diálogo ausente para sordos con una pretendida izada de banderas legítima o/e inoportuna. Aquellos que tanto critican el textil estelado también ofrecían un dudoso género de plástico made in China con la que se estableció una contienda para comprobar quién la tiene más grande y más enhiesta. En el trasfondo al duelo asistimos a la vez a un concurso casteller de símbolos que algunos espectadores no pudieron disfrutar en su plenitud porque los medios mesetarios lo descabezaron escandalosamente. 

La posverdad, el eufemismo técnico preferido por los manipuladores, se ha impuesto y ha vencido. Durante los días de los atentados las mentiras -esta es la palabra aplicada con propiedad- y la información interesada han ondeado aún más altas que todas las banderas. Escuchar los argumentos de algunos tertulianos asperger confusión y falsedad es muy decepcionante. Asistir a la catalanofobia de las redes sin argumentos, visceral, con las Ramblas todavía llenas de cuerpos arrollados y abatidos es propio de mezquinos. 

Estamos aquí en un punto sin retorno con los puentes políticos rotos y las avenidas sembradas con bolardos legales como barricadas. Estamos aquí escuchando a la intelectualidad hispana que brilla por el eco de los silencios. ¡Estamos aquí! Pase lo que pase, los catalanes decepcionados somos muchos. La terca incomprensión atávica ante el eterno problema catalán, el recelo y un quién sabe qué catalogable se van condensando quizá porque estamos cansados de pasar por los peajes y de las reprimendas del revisor de cercanías -calibre jugador de baloncesto- que espantan de escuchar. O los pedradas prepotentes de algún diputado catalán que dispara tweets como el cañón de Santa Coloma de Gramenet.

¡Estamos aquí!

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