sábado, 5 de agosto de 2017

El pollo del Prat.



Las largas colas en El Prat marcan las vacaciones de este verano. Una huelga, legítima pero sospechosa y con más de una lectura, pone a prueba la paciencia de los pasajeros que han de cruzar los controles de seguridad. El Prat y de rebote Barcelona son noticia destacada por los monumentales atascos que se vuelven a reiterar. Hace sólo unas semanas el problema residía en el control de pasaportes. No hace falta ser un experto en logística aeronáutica para constatar que despegar o aterrizar en tierras catalanas tiene un plus, un punto de aventura gallinácea -de pollo de pata azul del Prat- que convierte las fobias a los aviones en anécdota. La emoción ya no la gestionan los pilotos o las turbulencias sino los controladores de los bolsos, los agrimensores de ungüentos faciales, los profesionales temerarios que te registran con asepsia y que en un absceso de celo, cuando el arco detector ruge, te recomiendan que vuelvas a calzarte.

Un tufo a calcetín sudado hace desconfiar de que sólo haya problemas en el aeropuerto del Prat, Barcelona. ¿Quién es el responsable de la situación? ¿Quién asumirá las consecuencias y la falta de prevención para que en plena canícula sindical la circunstancia no alcanzara las cotas de caos que se viven? Produce cierta sospecha que algunos medios sitúen el epicentro sólo en un asunto laboral -que lo es-, a la vez que contrasta el tratamiento extraordinariamente fuera de lugar con el que la misma prensa magnifica los recientes incidentes contra el turismo en Barcelona. Comparar el incidente de un bus turístico con la kale borroca y publicar que incendiaron el vehículo es mear mucho, pero mucho, fuera de tiesto. 

Aún espero los titulares con tipografía bien gruesa denunciando los agravios que comportarán para el turismo y para la imagen de la Barcelona ultra fronteriza las colas virales debido a una epidemia de incompetencia y falta de previsión. Insisto, ¿quién es el responsable? ¿A quién hay que reclamar cuando se pierde un vuelo -y la paciencia-? ¿Por qué la misma empresa que trabaja en otros aeropuertos -muchos- sólo tiene problemas sindicales en el de Barcelona? 

No quisiera caer en acusaciones infundadas ni pensar que la cosa tiene relación con la creciente desafección por lo del referéndum o que el gobierno español tiene la voluntad de desamparar las infraestructuras que gestiona -todavía- en Cataluña. ¿Qué estrategia de seducción practicaría el estado que castiga a conciencia y con intención las provincias catalanas mientras la gramola va coreando la canción del verano, ¡Os queremos, catalanes! Ya entiendo que penalizar sólo a los sufridos separatistas -un espectro más amplio que incluye a los entestados independentistas- es un ejercicio de bisección extremadamente dificultoso. Separar el grano de la paja en un aeropuerto internacional -con escala en Madrid- es casi imposible. 

 ¡Vaya por delante que los dioses de la aeronáutica y de los globos estáticos no lo permitan! Imaginemos, sin embargo, que un pelotón cabreado de pasajeros angustiados y ultrajados pierden el avión,  los nervios y los estribos. Supongamos que hartos y cansados, tocados por el sol de agosto, se amotinan negándose a quitarse las sandalias con calcetines, asaltan las almenas de los arcos detectores de metales, secuestran a los controladores y conquistan la tierra de nadie, el duty free, con frascos de aftersun no homologados o de productos no permitidos menos inofensivos. Por ahora la paciencia domina y las hordas se contienen. 

¡Ojo! No me gustaría ver ciertos titulares del día siguiente: "¡La revuelta catalana ha comenzado!" Aunque en la fotografía que documenta la noticia no haya ningún tupé o rasta con barretina ni tampoco una triste estelada.

 ¡Buen viaje!

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