domingo, 20 de agosto de 2017

Las Ramblas.



"Recuerdo pasear por Las Ramblas cuando mi madre y mi padre todavía me llevaban de la manita. Me cogían con fuerza, uno a cada lado, y me elevaban bien arriba, haciéndome volar por encima de las baldosas de una de las calles más emblemáticas de mi ciudad. Todos los domingos, cuando estábamos muy cerca de Canaletas, mi hermano y yo les pedíamos que nos compraran alguno de los bichos expuestos. Y, sin éxito, seguíamos bajando hasta el mar para regresar a casa. 

Aquellos mediodías en familia eran un ritual. Nos deteníamos a observar a un doble de Maradona que daba toques a un balón roído, a un faquir que se paseaba como si nada sobre una cama de clavos y se imponía una parada obligada en la caseta del Museo de Cera. Cuando ya estábamos cerca de Colón, mi padre desaparecía y volvía con un cucurucho de nata para cada uno. Sentados bajo los leones, lamíamos con desazón el helado y contemplábamos las riadas de personas que, como nosotros, se habían dejado invadir por el encanto de la calle más querida (y odiada) de los barceloneses. 

Esta es y seguirá siendo mi Barcelona. Por si te sirve de inspiración para Espejos y Titiriteros... Lo escribí ayer en el bus".


¡Las Ramblas! He asistido a como las baldosas blancas y rojas se han vuelto con los años de un color grisáceo, de estera sucia y castigada por el uso. Cuánta suela de zapato ociosa. Cuántos mirones, simples espectadores de la vida, las hemos paseado. Qué espectáculo es la Rambla de las flores.

Maria se acuerda de aquel futbolista acrobático con un balón ruinoso que les maravillaba. Del faquir tirillas con un ornamento espectacular que a mí personalmente me tenía el corazón robado. El torso desnudo, el turbante y los bombachos orientales no lograban disimular su procedencia. Era un maestro del arte escénico por cómo conquistaba la atención de los peatones. Un radiocasete aderezaba la gesticulación hasta el cenit. Se necesitaba mucha paciencia porque al abrigo de la cama de clavos sin muelles y nada ergonómica disponía también un lecho de cristales que iba rompiendo con parsimonia. Después limpiaba con alcohol una ristra de hojas de afeitar sospechosamente oxidadas o, con cuidado quirúrgico, también pulía un puñalito decorado con damasquinados toledanos que supuestamente se tragaría así que todo el largo ritual llegara a buen puerto -uno cercano a las Golondrinas-. A menudo entre la preparación pausada y solemne -¡se jugaba la vida en ello! -tenía que cambiar las pilas del radiocasete o aplicarse una friega preventiva de alcohol sanitario para desinfectar la epidermis en contacto con los clavos de la cama de faquir. Ya hace tiempo que no he podido disfrutar de una de sus actuaciones. Estés donde estés, un abrazo, genial faquir de Oriente. 

Rambla arriba había un abuelo sentado en una silla plegable con cara de persona gastada y aspecto de bonachón que golpeaba maquinalmente una caña agrietada buscando un ritmo monótono que llamaba la atención y promovía el intercambio de unas monedas por un llavero descatalogado sólo unos quinquenios. También, un buen día, lo eché de menos de entre los habituales.

Recuerdo el principio de las estatuas estáticas, que ahora son mobiliario urbano permanente, cómo me impactó la innovación de una presencia que marcaría época, tendencia y estilo. Era un apuesto soldado romano arrebozado de purpurina y de ojos azules. Con las décadas la purpurina ha llegado a embadurnar también las baldosas de las Ramblas.

El genio de la picaresca, un artista de la empatía en mi opinión, es un personaje que por primera vez –tú, Maria, acababas de nacer y justo había estallado la guerra del Golfo- me pidió la hora. Después me preguntó si yo era racista. Representaba el papel de un joven estudiante en Barcelona que quería llamar a la abuela residente en el país donde caían las bombas de la coalición. Me aseguré sobradamente que pudiera hablar con la abuela y me sentí bien de poder ayudar a aquel presunto estudiante acosado por el desespero y la nostalgia con un punto de tragedia. Dos décadas y unos años después -lo tenía fácil de calcular- volvió a acercarse. ¡Debo tener pinta de pardillo! La misma técnica de aproximación, qué hora es y si yo soy un racista. Le propuse que me explicara cómo había capeado su existencia. Se negó al trato que yo le ofrecía a cambio de sus confidencias. Ahora nos saludamos con un gesto cómplice y cuando tiene el día flojo y coincidimos me cuenta que la vida es muy dura. Ambos nos hemos hecho mayores. Vive -explica- en un cuarto sin derecho a nada más donde justo le dejan dormir, después debe largarse. Me habla con propiedad financiera de la crisis que atenaza a los mendigos de las Ramblas y me pide algo -¡Sólo un euro! -Suerte, amigo! 

La quinta flota ya no se tambalea en las Ramblas. La marinería global de sangría y paella precocinada desfila uniformada con bermudas y camisetas llamativas. Han liberado a los loros de las jaulas mientras las aves tropicales diversas compiten con las palomas de la próxima Plaza Cataluña por las algarrobas del turismo.

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Unas décadas después -el día después-. Viernes. Tengo que recoger un encargo en la Plaza Gran de Ripoll donde hay una multitud sentada en las terrazas de los bares. Las sillas conforman una especie de platea al aire libre. En el escenario hay dos furgonetas de los Mossos de Esquadra. La presencia de cámaras y de medios de comunicación es extraordinaria. Detrás, en la tramoya oscura, están los actores. La villa de Ripoll, cuna de Catalunya, vive sacudida, sorprendida y muy aturdida por los protagonistas del horror.

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Volveremos a caminar por las Ramblas, Maria.

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