"Recuerdo
pasear por Las Ramblas cuando mi madre y mi padre todavía me llevaban de la
manita. Me cogían con fuerza, uno a cada lado, y me elevaban bien arriba,
haciéndome volar por encima de las baldosas de una de las calles más emblemáticas
de mi ciudad. Todos los domingos, cuando estábamos muy cerca de Canaletas, mi
hermano y yo les pedíamos que nos compraran alguno de los bichos expuestos. Y,
sin éxito, seguíamos bajando hasta el mar para regresar a casa.
Aquellos
mediodías en familia eran un ritual. Nos deteníamos a observar a un doble de
Maradona que daba toques a un balón roído, a un faquir que se paseaba como si
nada sobre una cama de clavos y se imponía una parada obligada en la caseta del
Museo de Cera. Cuando ya estábamos cerca de Colón, mi padre desaparecía y
volvía con un cucurucho de nata para cada uno. Sentados bajo los leones, lamíamos
con desazón el helado y contemplábamos las riadas de personas que, como
nosotros, se habían dejado invadir por el encanto de la calle más querida (y
odiada) de los barceloneses.
Esta es y
seguirá siendo mi Barcelona. Por si te sirve de inspiración para Espejos y Titiriteros... Lo escribí ayer
en el bus".
¡Las Ramblas!
He asistido a como las baldosas blancas y rojas se han vuelto con los años de
un color grisáceo, de estera sucia y castigada por el uso. Cuánta suela de
zapato ociosa. Cuántos mirones, simples espectadores de la vida, las hemos
paseado. Qué espectáculo es la Rambla de las flores.
Maria se acuerda
de aquel futbolista acrobático con un balón ruinoso que les maravillaba. Del
faquir tirillas con un ornamento espectacular que a mí personalmente me tenía
el corazón robado. El torso desnudo, el turbante y los bombachos orientales no
lograban disimular su procedencia. Era un maestro del arte escénico por cómo conquistaba la atención de los peatones. Un radiocasete aderezaba la
gesticulación hasta el cenit. Se necesitaba mucha paciencia porque al abrigo de
la cama de clavos sin muelles y nada ergonómica disponía también un lecho de
cristales que iba rompiendo con parsimonia. Después limpiaba con alcohol una ristra
de hojas de afeitar sospechosamente oxidadas o, con cuidado quirúrgico, también
pulía un puñalito decorado con damasquinados toledanos que supuestamente se
tragaría así que todo el largo ritual llegara a buen puerto -uno cercano a las
Golondrinas-. A menudo entre la preparación pausada y solemne -¡se jugaba la
vida en ello! -tenía que cambiar las pilas del radiocasete o aplicarse una friega
preventiva de alcohol sanitario para desinfectar la epidermis en contacto con
los clavos de la cama de faquir. Ya hace tiempo que no he podido disfrutar de
una de sus actuaciones. Estés donde estés, un abrazo, genial faquir de
Oriente.
Rambla arriba
había un abuelo sentado en una silla plegable con cara de persona gastada y aspecto
de bonachón que golpeaba maquinalmente una caña agrietada buscando un ritmo
monótono que llamaba la atención y promovía el intercambio de unas monedas por
un llavero descatalogado sólo unos quinquenios. También, un buen día, lo eché
de menos de entre los habituales.
Recuerdo el
principio de las estatuas estáticas, que ahora son mobiliario urbano
permanente, cómo me impactó la innovación de una presencia que marcaría época,
tendencia y estilo. Era un apuesto soldado romano arrebozado de purpurina y de
ojos azules. Con las décadas la purpurina ha llegado a embadurnar también las
baldosas de las Ramblas.
El genio de la
picaresca, un artista de la empatía en mi opinión, es un personaje que por
primera vez –tú, Maria, acababas de nacer y justo había estallado la guerra del
Golfo- me pidió la hora. Después me preguntó si yo era racista. Representaba el
papel de un joven estudiante en Barcelona que quería llamar a la abuela
residente en el país donde caían las bombas de la coalición. Me aseguré
sobradamente que pudiera hablar con la abuela y me sentí bien de poder ayudar a
aquel presunto estudiante acosado por el desespero y la nostalgia con un punto
de tragedia. Dos décadas y unos años después -lo tenía fácil de calcular-
volvió a acercarse. ¡Debo tener pinta de pardillo! La misma técnica de aproximación,
qué hora es y si yo soy un racista. Le propuse que me explicara cómo había
capeado su existencia. Se negó al trato que yo le ofrecía a cambio de sus
confidencias. Ahora nos saludamos con un gesto cómplice y cuando tiene el día
flojo y coincidimos me cuenta que la vida es muy dura. Ambos nos hemos hecho
mayores. Vive -explica- en un cuarto sin derecho a nada más donde justo le
dejan dormir, después debe largarse. Me habla con propiedad financiera de la
crisis que atenaza a los mendigos de las Ramblas y me pide algo -¡Sólo un euro!
-Suerte, amigo!
La quinta flota
ya no se tambalea en las Ramblas. La marinería global de sangría y paella
precocinada desfila uniformada con bermudas y camisetas llamativas. Han
liberado a los loros de las jaulas mientras las aves tropicales diversas
compiten con las palomas de la próxima Plaza Cataluña por las algarrobas del
turismo.
... ... ...
Unas décadas
después -el día después-. Viernes. Tengo que recoger un encargo en la Plaza
Gran de Ripoll donde hay una multitud sentada en las terrazas de los bares. Las
sillas conforman una especie de platea al aire libre. En el escenario hay dos
furgonetas de los Mossos de Esquadra. La presencia de cámaras y de medios de
comunicación es extraordinaria. Detrás, en la tramoya oscura, están los
actores. La villa de Ripoll, cuna de Catalunya, vive sacudida, sorprendida y
muy aturdida por los protagonistas del horror.
... ...
...
Volveremos a
caminar por las Ramblas, Maria.
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