Me declaro en
rebeldía por extremista radical, sedicioso, minoritario y adscrito al tumulto.
Me acuso de haber asistido, coreado y dado apoyo muy especialmente a la
consigna del queremos votar -¡Votaremos!
Me contengo y
me ahorro la ristra de calificativos que me han adjudicado desde demasiados
medios que una vez más me han reflejado desde aquel callejón de espejos
esperpénticos por donde vagaba la genialidad tan vigente de la prosa castiza de
Valle-Inclán. Ciertamente que echo de menos hoy desde Madrid la estampa y el
estilo de un Max Estrella entre lo cóncavo y lo convexo que en Cataluña
instalamos en un salón de espejos muy celebrado en el parque de atracciones de
Montjuïc para reírnos de nosotros mismos.
La realidad
desdibujada siempre conduce a la sonrisa y posee un componente, un excipiente
eficaz, que diluye la miseria y la crítica -la autocrítica también- en algo
saludable. Cuando, sin embargo, el esperpento estrambótico y torpe es un espejo
empañado y remendado en el que nos condenan a reflejarnos y nos enmarcan
interesadamente hemos de desconfiar. ¡Ojo, alerta! Me consuela mucho -bien
cierto- que, tras rebajarme a la altura del betún, de tacharme de engañado sin
criterio, de extremista y de bobo convicto por una abducción sideral de
fanatismo, una neumática tertuliana rubia excesiva -en argumentos y calibre- declare
con apasionada vehemencia sincera "quiero firmemente a los
catalanes". Me ahorraré de describir o de hacer apología de la sinuosa -y
dulce- muerte por achuchones asfixiado en un beso de tornillo. ¡Gracias!
La contestación
ciudadana que ha vivido Cataluña estos últimos tres días ha sido monumental. La
sacudida de civilidad donde la misma CUP ha exhibido mesura, habilidad y
ejemplo ante provocaciones al borde de la chispa sólo ha encendido tormentas a
golpe de cacerolas y el cansancio de mucha ciudadanía destilado en
concentraciones "tumultuosas" donde te ofrecían agua y un bocado con
una exquisitez pegajosa que supera el concepto de revuelta. Demasiado azúcar, demasiadas
sonrisas, demasiadas cortesías para los adictos a la revolución de manual como
es debido. Para los profesionales de la asonada esto no va a ninguna parte.
Tienen razón porque estos cobardes turbulentos de la sedición se parapetan tras
criaturas todavía de pecho y recurren a escudos humanos con más currículum
farmacéutico que subversivo. ¡No vamos a ninguna parte, camaradas!
Han conseguido
que la sufrida paciencia de muchos estalle en la calle. Detener esta
determinación no será sólo cosa de las golondrinas amarradas en el puerto de la
represión. Allí con un clavel en los
labios se inspiraba premonitorio el poeta Salvat-Papasseit respecto "de
aquel viejo marinero ... que iba a cacería
de estrellas" donde estos días están abarloados unos barcos
policiales. El órdago a la mayor
violentando la Constitución del 78 ya no clama libertad, amnistía ni estatuto
de autonomía. La gente pide votar cuando el sí o el no es en esta edición algo
fácil de entender, "¿Desea que Cataluña sea un Estado independiente en
forma de república?".
Por ahora los
catalanes estamos solos en un "conflicto" para el consumo interno y
propio -como la deprimida impresora del Rufián en el Congreso-. Recordemos el
papel de estraza de Europa durante la situación dramática en la guerra civil
española o el papel de la comunidad internacional el 1945. Asuntos caseros que
se resuelven con sentidas condolencias cargadas de metáfora y sensiblería.
Acompañamientos y visitas de cortesía sin un triste presente o unas pastitas
para el té. ¿Conseguiremos romper la tendencia? Algunos españoles se darán
cuenta de que esta independencia también va más allá de la mera separación de
España. Este es el verdadero órdago.
Tímidas y mesetarias voces se alzan con una mención de honor para los vascos,
presuntos solidarios, que ya se ven poniendo
los huevos de oro si los catalanes nos vamos.
Recapitulemos.
La marmota momificada. Los puentes por rehacer y sin planos. Cataluña muy y
transversalmente irritada. Vivimos un momento -este de verdad- histórico y
apasionante.
¡Que tengamos
suerte!
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