Semana santa es
tiempo de penitencia, de recogimiento y de hacer las paces con las diversas
advocaciones, que hay intercesores especializados con atributos específicos
para lo que convenga. Del ramadán a las siete semanas de abstinencia transita
la ostentosa demostración sacrificada de la fe puesta en práctica con
abstinencias varias. La fe se manifiesta con hechos y compromiso alineados con
la purificación de la prisión del alma: el cuerpo, la carne, el pecado o las
debilidades tentadas por una buena mesa bien dispuesta y bien provista de manjares.
Si no tienes bula deberás conformarte con vianda sin aliño y un rancio bocado
de bacalao desalado. Que el sebo no unte los pucheros y que el hambre sea
recompensada con lo felices que seremos en el cielo eterno rodeados de todos
los placeres que nos han de consentir y con una carrocería de lo más
aerodinámica.
Mientras -¡quién
tenga prisa que pase delante!- tendremos que conformarnos con las miserias
humanas y el estricto cumplimiento de los preceptos que nos llevan por el buen
camino -sin atajos- hacia los dioses y sus gracias. Tiempo de duelo, de pasión,
de estaciones por el camino de la cruz y de procesiones. Como indica el nombre,
semana santa. El momento litúrgico más importante del año con la pasión, muerte
y resurrección de Jesucristo.
En Cataluña se
representa todavía en la población de Verges los jueves santos la Danza de la Muerte, un macabro
espectáculo medieval de origen francés que se desarrolló en toda la literatura
europea. El tema de la muerte era un éxito garantizado en la baja edad media,
contra la que no había resignación cristiana, sino terror y nostalgia ante la
pérdida de los placeres terrenales. Presenta, por un lado, una intención
religiosa: recordar que los goces de este mundo tienen fecha de caducidad y que
hay que estar preparado para morir cristianamente; por otra parte, tiene una
intención satírica al representar que todos cesaremos, con independencia de la
edad o de la posición social, debido al poder igualatorio de la muerte, un
punto final de conformidad hacia la trascendencia avalado con cierta equidad
democrática.
Las
manifestaciones religiosas, origen de la dramaturgia profana, son aún una
cantera de actores como los Pastorets
del ciclo navideño o la Pasión de Olesa, la de Esparreguera o todas las que se
representan por el territorio catalán. Se han ido alejando de la estricta
tradición religiosa para acercarse al espectáculo teatral vistoso de primera
categoría -más de butaca que de calle- que se suele redondear con una calçotada, una verdura de temporada y de
kilómetro cero que no rompe con el ayuno vegetariano preceptivo.
Si paseamos por
la piel de toro coincidiremos con la austeridad sobria de la Castilla de los
conquistadores que exhibe las magníficas tallas de enorme valor artístico.
Sentiremos el vacío vibrar en el estómago percutiendo con los tambores en Calanda
y podremos beber -¡y ver!- la procesión del camino al calvario en Cuenca donde
se reproduce la burla de la que fue objeto Jesús mientras era conducido al
Gólgota, los cofrades solían alargar la noche y el aguardiente con los cánticos
místicos de la mañana.
Capítulo
especial merece la semana santa andaluza. La más lucida, sugerente y menos
austera de todas las procesiones. Un Cantar
del pueblo andaluz que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir
a la cruz. Dijo una voz popular con el mismo sentimiento de aquellas
personas -15+1- que empezaron a trasegar
una estampa de la Macarena encima de una mesa de bar por el Hospitalet de Llobregat
de 1977. En la actualidad convertida en una procesión multitudinaria y laica
con imágenes que no están vinculadas ni custodiadas en ninguna iglesia y que no
la preside ningún sacerdote.
Cuestiones de
fe al margen, profundizar en las manifestaciones del ciclo pascual, en la forma
en que se viven y como se concretan en la calle durante la semana santa, sería
un magnífico estudio del temperamento de las tribus que habitan la Península
Ibérica. No me explayaré porque las críticas, las burlas -según la sabiduría
popular- y los reproches son como las procesiones, regresan allá de donde han
salido.
¿Quién me presta una escalera para subir al
madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno? De aquellas
procesiones eternas que irradiaban la programación toda durante el monopolio
estatal en la década de los sesenta y principios del setenta del siglo pasado,
retengo la idea infantil que aquellos soldados desfilando disciplinados venían
a representar a los romanos que crucificaron al Mesías. Iglesia y ejército
caminando acompasadamente en las contundentes afirmaciones de religiosidad
populares.
El buñuelos y
las monas de pascua son también una exquisitez de temporada. ¡Disfrutemos de
ello con mesura!
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