viernes, 7 de abril de 2017

Las procesiones regresan allá de donde han salido.



Semana santa es tiempo de penitencia, de recogimiento y de hacer las paces con las diversas advocaciones, que hay intercesores especializados con atributos específicos para lo que convenga. Del ramadán a las siete semanas de abstinencia transita la ostentosa demostración sacrificada de la fe puesta en práctica con abstinencias varias. La fe se manifiesta con hechos y compromiso alineados con la purificación de la prisión del alma: el cuerpo, la carne, el pecado o las debilidades tentadas por una buena mesa bien dispuesta y bien provista de manjares. Si no tienes bula deberás conformarte con vianda sin aliño y un rancio bocado de bacalao desalado. Que el sebo no unte los pucheros y que el hambre sea recompensada con lo felices que seremos en el cielo eterno rodeados de todos los placeres que nos han de consentir y con una carrocería de lo más aerodinámica.

Mientras -¡quién tenga prisa que pase delante!- tendremos que conformarnos con las miserias humanas y el estricto cumplimiento de los preceptos que nos llevan por el buen camino -sin atajos- hacia los dioses y sus gracias. Tiempo de duelo, de pasión, de estaciones por el camino de la cruz y de procesiones. Como indica el nombre, semana santa. El momento litúrgico más importante del año con la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. 

En Cataluña se representa todavía en la población de Verges los jueves santos la Danza de la Muerte, un macabro espectáculo medieval de origen francés que se desarrolló en toda la literatura europea. El tema de la muerte era un éxito garantizado en la baja edad media, contra la que no había resignación cristiana, sino terror y nostalgia ante la pérdida de los placeres terrenales. Presenta, por un lado, una intención religiosa: recordar que los goces de este mundo tienen fecha de caducidad y que hay que estar preparado para morir cristianamente; por otra parte, tiene una intención satírica al representar que todos cesaremos, con independencia de la edad o de la posición social, debido al poder igualatorio de la muerte, un punto final de conformidad hacia la trascendencia avalado con cierta equidad democrática.

Las manifestaciones religiosas, origen de la dramaturgia profana, son aún una cantera de actores como los Pastorets del ciclo navideño o la Pasión de Olesa, la de Esparreguera o todas las que se representan por el territorio catalán. Se han ido alejando de la estricta tradición religiosa para acercarse al espectáculo teatral vistoso de primera categoría -más de butaca que de calle- que se suele redondear con una calçotada, una verdura de temporada y de kilómetro cero que no rompe con el ayuno vegetariano preceptivo.

Si paseamos por la piel de toro coincidiremos con la austeridad sobria de la Castilla de los conquistadores que exhibe las magníficas tallas de enorme valor artístico. Sentiremos el vacío vibrar en el estómago percutiendo con los tambores en Calanda y podremos beber -¡y ver!- la procesión del camino al calvario en Cuenca donde se reproduce la burla de la que fue objeto Jesús mientras era conducido al Gólgota, los cofrades solían alargar la noche y el aguardiente con los cánticos místicos de la mañana. 

Capítulo especial merece la semana santa andaluza. La más lucida, sugerente y menos austera de todas las procesiones. Un Cantar del pueblo andaluz que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. Dijo una voz popular con el mismo sentimiento de aquellas personas -15+1- que empezaron a trasegar una estampa de la Macarena encima de una mesa de bar por el Hospitalet de Llobregat de 1977. En la actualidad convertida en una procesión multitudinaria y laica con imágenes que no están vinculadas ni custodiadas en ninguna iglesia y que no la preside ningún sacerdote. 

Cuestiones de fe al margen, profundizar en las manifestaciones del ciclo pascual, en la forma en que se viven y como se concretan en la calle durante la semana santa, sería un magnífico estudio del temperamento de las tribus que habitan la Península Ibérica. No me explayaré porque las críticas, las burlas -según la sabiduría popular- y los reproches son como las procesiones, regresan allá de donde han salido. 

¿Quién me presta una escalera para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno? De aquellas procesiones eternas que irradiaban la programación toda durante el monopolio estatal en la década de los sesenta y principios del setenta del siglo pasado, retengo la idea infantil que aquellos soldados desfilando disciplinados venían a representar a los romanos que crucificaron al Mesías. Iglesia y ejército caminando acompasadamente en las contundentes afirmaciones de religiosidad populares.

El buñuelos y las monas de pascua son también una exquisitez de temporada. ¡Disfrutemos de ello con mesura!

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