El día gira en
torno al anuncio de Mariano Rajoy que se ha comprometido a invertir 4.200
millones hasta 2020 en infraestructuras en Cataluña. La canción enfadosa a
ritmo de corredor mediterráneo, de cercanías precarias, de la estación de la
Sagrera -con un plazo inicial situado en 2004 y que en 2017 no figura ni en el TomTom del ministerio de Fomento- o de
algunas carreteras que no se merecen el calificativo. Ha regresado un
presidente español para seducir a Cataluña. Cuántos ministros y cuántas firmas
se han estampado en papel mojado que prometían exactamente lo mismo -o más aún-
desde hace más de una década y no se han cumplido.
Mariano Rajoy
ha convocado a los pesos pesados de la economía catalana y también a
Florentino, que a pesar de jugar en campo contrario no se descarta su concurso
en la liga regional de las infraestructuras catalanas. Tendremos que ver qué
pesca. Antes, sin embargo, se deberá constatar si las inversiones no vuelven a
ser un farol de tahúr.
La alta
velocidad española es la metáfora que repite los mismos vicios de cuando se
creó la primera red de trenes en el estado. Ay, la Remfle, como llamábamos los lugareños a la velocidad relativa
tirando a lenta de la RENFE en el siglo XX. Estamos donde estábamos con una
concepción de ombligo radial cuando el ministro de los ferroviarios se permite
afirmar que el corredor mediterráneo avanza porque Castellón está más cercana a
Madrid [sic].
Algunos
recordarán la equidad del pastel para todos -con café- que inspiraron las
Olimpiadas de Barcelona en 1992. El eje Sevilla - Madrid - Barcelona focalizaba
el gran salto a la modernidad pos transición. Los historiadores nos deberán
iluminar si aquel 1992 es también la madre del cordero o el punto de partida de
las grandes comisiones y los ponderados porcentajes sombríos que hoy chapotean en
los tribunales. España era una flamante hormigonera de diseño con Calatrava de
maestro de obras.
En un país cuna
de genios nadie se percató de que empezábamos la casa por el tejado. Éramos,
sencillamente, originales y creativos. Desde el envidiado TGV vecino al AVE
actual nos inventamos un nombre y un concepto nuevo de la alta velocidad que
nos tenía que conectar con el ancho de vía europeo. ¿Cuántas décadas han tenido
que transcurrir para llegar a la frontera con Francia? Ahora mismo la línea más
rentable comercialmente vive condenada al limbo. El famoso corredor
mediterráneo que debe acarrear más de la mitad de la producción estatal es una
chapuza que quieren alejar del mar para que no se oxide.
Por eso hoy es
un día histórico para el comercio internacional. En 2020 el corredor
mediterráneo será una realidad de las que se tocan –y con trenes veloces-. Sólo
28 años después de que circulara el primer tren de alta velocidad entre Madrid
y Sevilla, las naranjas valencianas, las hortalizas murcianas o los mejillones
del Delta del Ebro llegarán a Europa con una velocidad y a un coste ambientales
propios del siglo XXI. Viva los genios de la macroeconomía. Hay quien señalaba,
entonces cuando Guerra mandaba mucho, que el trazado primero del AVE era la
solución final contra el miedo a volar del vicepresidente plenipotenciario.
Todo es posible y así lo constataban algunos diarios amarillos de la
época.
Ahora mismo la
estación de la Sagrera es una promesa convertida en paisaje apocalíptico y sin
actividad, abandonada, como una pirámide a medio construir. La red de cercanías
es tercermundista y algunas carreteras nacionales son una temeridad con un
punto suicida. Por eso hoy es un día histórico. Mariano lo ha dicho y lo ha vuelto
a prometer una vez más.
La expectativa
que ha levantado el acto, sin embargo, no apaga ningún fuego ni atiza
demasiadas brasas. Con Puigdemont haciendo las américas, pocos políticos
catalanes estaban presentes transitando por los puentes del diálogo -conectados
al futuro- que parecerían obra del Calatrava, estilizados y muy agujereados. No
sé si habrá seducido a muchos catalanes, el presidente Rajoy, con promesas electoralistas
repescadas del incumplimiento endémico. Reflexionemos... ¿Quién las cumpliría
en medio de esta obsesión por largarse de España?
Las únicas
certezas del día son que el anunciado choque de trenes no se producirá en el
corredor mediterráneo y que la promesa que afecta a los trenes de cercanías la
ha dedicado a un público que nunca será usuario de ese medio.
¡Buen
viaje!
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