Podría explicar
que estoy muy cansado, pero satisfecho. Es la consecuencia de una promesa que,
precisamente por serlo, he tenido que cumplir porqué invocar únicamente a Santa
Bárbara cuando truena no acostumbra a causar efecto. ¡He cumplido! Tengo los
pies destrozados y las piernas que no me sostienen. ¡Qué placer al poder
sentarme -finalmente!- en un banco para acogerme en la paz y en la santidad de
la montaña sagrada. Ya habréis adivinado que me he llegado a Montserrat. Era lo
que comprometía y exponía si el Barça ganaba el partido y remontaba logrando lo
que parecía imposible. ¡Qué milagro atribuible a la Virgen de Montserrat, la
más catalana -y culé- de las divinidades que se veneran!
En sábado la
Escolanía enmudece y no he podido escuchar la Salve ni el Virolai ni
las Vísperas, algo que merma la
solemnidad aportada por las voces blancas a la armonía de la Abadía de
Montserrat. Ha sido, pues, una promesa espartana, cumplida sin banda sonora que
no sea el himno del Barça que, desde la hazaña inédita, me da tumbos por las
meninges como si tuviera empotrado, en la cabeza, a Messi ensayando disparos
directos de falta con barrera.
Exhausto y
contento al mismo tiempo he sido incapaz de seguir los razonamientos místicos
del sacerdote que, con aires reprobatorios por este arrebato de fe súbita, lidiaba
a brazo partido sin demasiado éxito por desbrozar los caminos de la salvación
con pelotas. He mirado a la Virgen con complicidad y se lo he agradecido, que
obrara el milagro, por pitar el penalti a favor de Suárez. ¡Y gol!
Dicen que el
primer cuarto fue muy importante. Podía tratarse de una noche histórica. El
París Saint Germain vestía como el Madrid y como los monaguillos ausentes, de
color blanco. "Somos los de laCaixa
, tu eres la estrella". ¡Gol! ¡Gol! ¡Ha llegado el segundo, de Iniesta! Una
jugada inconmensurable. ¡El gol de la fe! Como inventó para resolver con un
golpe de talón. El guion perfecto. Terminaba la primera parte. ¡Vamos! Estaban
dando forma al sueño. Nos hallábamos a medio camino -yo de Montserrat-.
El juez de
portería lo había pitado. ¡Penalti y gol de Messi! ¡Ya teníamos tres! Quedaban
cuarenta minutos y habíamos entrado en la eliminatoria con un marcador de 3 a
0. No se podían tomar decisiones arriesgadas, había que tener paciencia. Era
clave que no nos marcaran un gol pero los franceses acababan de clavar uno de
un disparo imparable. Así era como perdían los campeones, compensando la
vergüenza del último tango en París. El PSG jugaba atemorizado. En aquel
momento tomé la determinación. ¡Ascendería a Montserrat caminando! De prever lo
que tenía que suceder, me lo habría pensado. Qué cansancio...
¡Gol! ¡Gol de
Neymar! La empotró en la escuadra. El PSG humillado por el marcador que ya era
de 4 a 1. Quedaban sólo tres minutos. ¡Todo era posible! ¡Penalti! ¡Penalti!
Teníamos en los pies la posibilidad de anotar el quinto. El Barça podía endosar
cinco goles al PSG. ¡Quedaba todavía una pizca de prórroga! Neymar chutó y gol.
¡El Barça había marcado el quinto!
Todo el Camp
Nou en pie a un minuto con quince segundos y dispuesto a tocar el cielo con el
Barça comprometido a marcar el sexto. Todos al remate, el portero del Barça
también presente en la frontera francesa. En la última oportunidad, a veinte y
cinco segundos, gol. ¡Gol! ¡Gol! Era el 6 a 1 definitivo. Increíble. ¡Inexplicable!
El Barça había vencido. Qué noche para el barcelonismo. Los jugadores del PSG
abatidos porque Sergi Roberto había puesto sutilmente -¡y solamente¡- la
puntita.
Hoy en
Montserrat, la sucursal barcelonista y pilar
de fortaleza por los buenos, también he coincidido con una larga hilera de
implicados -para los pecadores el puerto
de salvamento- en el juicio por el caso Palau. Una ristra de penitentes
afligidos con Millet portando cirios a la Moreneta para iluminar la catalana tierra.
¡Qué
manifestación de fe y de esperanza en la remontada!
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