Esta mañana se
ha producido un hecho insólito. Se ha congregado la agricultura catalana en el
paseo de María Cristina, junto a las fuentes de Montjuïc, en Barcelona. Como
agricultor emérito, desconozco si el estatus tiene algún reconocimiento, me he
asomado al evento. Supongo que los desertores del terruño podríamos haber
llenado el Camp Nou. Ha sido un placer asistir a una pasarela de modelos de
todo tipo -con predominio del verde John
Deere- desfilando ordenados y orgullosos en el corazón de la ciudad. Una
tractorada desafiando a la nieve, a la lluvia, a los peajes y a los radares de
velocidad llegada de todas las comarcas de Catalunya. Una hilera de máquinas payesas
al compás de una procesión con cadencia funeraria.
-¿Qué cuesta
todo esto? -parece que soltó Josep Pla, un payés del Ampurdán con mucha letra,
admirado por la luminaria nocturna de los rascacielos de la ciudad de Nueva York.
¿Quién paga la luz? Yo me he preguntado quién puede pagar estos tractores. El
catálogo de máquinas expuesto en el ferial de Barcelona ha sido espectacular.
El corazón futurista en el campo es, sin lugar a dudas, el tractor. El motor
descapotable o capotado y dotado de los avances más actuales que podamos
imaginar los urbanitas palpitaba exhibiéndose hoy en la ciudad. Un tractor
magnífico llevaba un cartel adosado al parabrisas -¡Soy del banco!- Entre los
más fotogénicos había otro ejemplar altivo y robusto que lucía un mascarón
macabro, un ataúd adornado con flores de cementerio -y de plástico-.
El hecho
insólito radica en la voluntad de reunirse de un colectivo precisamente no
demasiado dado a las manifestaciones colectivas. La individualidad campesina ha
vivido tradicionalmente recluida en una dinámica particular, a "su"
tierra y en "su" explotación ganadera familiar. Una singularidad
difícil de romper. Insólita concentración, pues, la que se ha presenciado hoy
en Barcelona. Los agricultores con vacas u olivos no se corresponden con el
apelativo de rústico a secas -sin vacas, olivos ni tractor- con que los de la
villa nos solían menospreciar sin mucho respeto ni consideración, al contrario.
Ya se ha encargado la alcaldesa de darles la bienvenida y de diluir el tópico
del agreste campesino que no ha visto nunca el mar.
La exhibición
de raíz agraria denuncia la situación del sector que en 15 años ha perdido el
40% de su riqueza, la renta agraria, y el 27% de los puestos de trabajo. Unas
cifras que dan la razón al tractorista tarambana que paseaba el florido ataúd.
Yo no he oído nunca a un campesino confesar que ha sido un buen año, pero la
frialdad de las cifras y la situación actual del sector se alinea objetivamente
con el talante pesimista y quejoso del gremio del cencerro y de la azada.
Escuchando los
parlamentos de los sindicatos que apoyaban a Unión de Pagesos he recordado aquel abuelo que se desgañitaba en el
mercado dominical proclamando la fuerza de la tierra, un patriarca destronado
casado con una heredera lozana que proponía cerrar el grifo a la producción
para desatar el hambre y el caos en el mundo. El mismo ingenuo desconfiado
firmemente convencido de que el día que dejó de sembrar trigo ya no podría
comer pan.
El veto ruso,
la meteorología, los recortes del gobierno -del 47% en los últimos años- han
propiciado el milagro de esta mañana. Piden unos precios justos contra la gran
distribución para vivir con dignidad y poder modernizar -mantener- las
explotaciones, reclaman poder controlar la fauna externa o las arbitrariedades
urbanísticas que hacen más daño que las plagas de jabalíes. Sólo se han
olvidado de mencionar las denuncias por el repicar nocturno de cencerros o por
el perfume que indigna y ofende tanto al turismo rural.
La tierra es
muy importante y los agricultores son el agente que la custodia. Hagámosla
sostenible con una política alimentaria de proximidad para que el relevo
generacional sea posible.
Dedicado a los
temerarios agricultores jóvenes con empuje y vocación.
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