domingo, 22 de enero de 2017

Profeta de calamidades.

La manifestación congregada hoy, el día después de la investidura de Donald, supera en número y en color a la que pudimos presenciar ayer desde las pantallas que emitían para el mundo como trinaba una niña de dieciséis años el himno americano. Ha de causar rabia que nadie de los consagrados, ninguna estrella rutilante hollywoodiense, se preste a poner la voz, la morfología o la epidermis retocada a un acto tan importante, la investidura del 45º presidente. Es evidente que en España Rajoy habría seducido a algún Raphael o a algún Bertín sin tener que recurrir a los triumfitos de la academia. Es obvio que Puigdemont podría contar con el apoyo a capella de Nuria Feliu y de Lluís Llach para una versión de Els segadors. ¡Pues Trump no! 

Las caras ilusionadas y esperanzadas con la buena nueva anunciada por un mesías de aureola color zanahoria -el predominante ayer- hoy se han tornasolado con la supremacía del color rosa irritado. Del blanco, color trago de leche con cierto reflejo ario, a la paleta cálida chocolate para unas pinceladas enérgicas sobre el lienzo de la resistencia civil. En el corazón de América y en la periferia global se ha producido un rechazo preventivo y significativo a las maneras que demuestra el nuevo patriarca mundial. La persistencia terca del nuevo líder ha hallado la réplica en un Pontífice conciliador que ha dicho que "no podemos ser profetas de calamidades". ¡Que Dios le oiga y se haga su voluntad -la del Papa!-

Todavía humeaba el cañón de la estilográfica con la que había firmado la investidura que, sin tregua para enfriar la artillería legislativa, el nuevo mandatario estampaba la rúbrica de presidente en rodaje en un decreto para fusilar a la madrugada, antes de que saliera el sol, la reforma sanitaria del antecesor Obama. En la página oficial de la Casa Blanca o de la Presidencia de los Estados Unidos se fundían -a causa de las altas temperaturas insólitas para la época- los enlaces y las referencias al cambio climático. ¡Feo! ¡Feo y poco elegante, Donald! Yo me decanto por aventurar que, incluso los más enconados seguidores incondicionales, lo habrían soportado sin dudar de tus promesas, que hubieras tardado unas semanas -unos días si lo prefieres- a estampar el estigma de la nueva legislatura en la ley. 

Respecto al cambio climático ya es harina de otro costal. No puedo estar más de acuerdo. Yo también soy de los que creen que muerto el perro, aniquilada la rabia. Sabia medida. Negar el concepto y no mentarlo es no conferirle naturalidad. ¿Puede persistir la realidad si no le prestamos atención y nos abstenemos de proclamarla? ¡Pues no! Una decisión acertada que borra el problema de un manotazo. ¡El cambio climático ya no existe! No esperéis que yo aparee nunca más estas dos palabras que Trump ha divorciado por la vía rápida, sin juicios caros ni pleitos innecesarios. Fuentes bien informadas dicen que han visto la veleidad de las borrascas y los pérfidos termómetros largarse de vacaciones acompañando a Obama destino a California con una camisa hawaiana muy llamativa. Se trataba de extravagancias meteorológicas para levantar la audiencia amenazando con olas de frío siberiano para hundir en la miseria al gremio de la hostelería controlado por los chinos. 

Como el Papa Francisco -por la parte que me afecta- yo también te deseo, Donald, suerte y mucho acierto. Seguiré tu ejemplo y tiraré muchas palabras a la papelera y, si con ello no se han de verificar, seré fiel a la promesa de no emplearlas jamás. Por nada del mundo me gustaría conjurarlas para convertirme en un profeta de calamidades.

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