La
manifestación congregada hoy, el día después de la investidura de Donald,
supera en número y en color a la que pudimos presenciar ayer desde las
pantallas que emitían para el mundo como trinaba una niña de dieciséis años el
himno americano. Ha de causar rabia que nadie de los consagrados, ninguna
estrella rutilante hollywoodiense, se preste a poner la voz, la morfología o la
epidermis retocada a un acto tan importante, la investidura del 45º presidente.
Es evidente que en España Rajoy habría seducido a algún Raphael o a algún Bertín
sin tener que recurrir a los triumfitos
de la academia. Es obvio que Puigdemont podría contar con el apoyo a capella de Nuria Feliu y de Lluís
Llach para una versión de Els segadors.
¡Pues Trump no!
Las caras
ilusionadas y esperanzadas con la buena nueva anunciada por un mesías de
aureola color zanahoria -el predominante ayer- hoy se han tornasolado con la
supremacía del color rosa irritado. Del blanco, color trago de leche con cierto
reflejo ario, a la paleta cálida chocolate para unas pinceladas enérgicas sobre
el lienzo de la resistencia civil. En el corazón de América y en la periferia
global se ha producido un rechazo preventivo y significativo a las maneras que
demuestra el nuevo patriarca mundial. La persistencia terca del nuevo líder ha hallado
la réplica en un Pontífice conciliador que ha dicho que "no podemos ser
profetas de calamidades". ¡Que Dios le oiga y se haga su voluntad -la del
Papa!-
Todavía humeaba
el cañón de la estilográfica con la que había firmado la investidura que, sin
tregua para enfriar la artillería legislativa, el nuevo mandatario estampaba la
rúbrica de presidente en rodaje en un decreto para fusilar a la madrugada,
antes de que saliera el sol, la reforma sanitaria del antecesor Obama. En la
página oficial de la Casa Blanca o de la Presidencia de los Estados Unidos se
fundían -a causa de las altas temperaturas insólitas para la época- los enlaces
y las referencias al cambio climático. ¡Feo! ¡Feo y poco elegante, Donald! Yo
me decanto por aventurar que, incluso los más enconados seguidores
incondicionales, lo habrían soportado sin dudar de tus promesas, que hubieras
tardado unas semanas -unos días si lo prefieres- a estampar el estigma de la
nueva legislatura en la ley.
Respecto al
cambio climático ya es harina de otro costal. No puedo estar más de acuerdo. Yo
también soy de los que creen que muerto el perro, aniquilada la rabia. Sabia
medida. Negar el concepto y no mentarlo es no conferirle naturalidad. ¿Puede
persistir la realidad si no le prestamos atención y nos abstenemos de
proclamarla? ¡Pues no! Una decisión acertada que borra el problema de un
manotazo. ¡El cambio climático ya no existe! No esperéis que yo aparee nunca
más estas dos palabras que Trump ha divorciado por la vía rápida, sin juicios
caros ni pleitos innecesarios. Fuentes bien informadas dicen que han visto la
veleidad de las borrascas y los pérfidos termómetros largarse de vacaciones
acompañando a Obama destino a California con una camisa hawaiana muy llamativa.
Se trataba de extravagancias meteorológicas para levantar la audiencia amenazando
con olas de frío siberiano para hundir en la miseria al gremio de la hostelería
controlado por los chinos.
Como el Papa
Francisco -por la parte que me afecta- yo también te deseo, Donald, suerte y
mucho acierto. Seguiré tu ejemplo y tiraré muchas palabras a la papelera y, si
con ello no se han de verificar, seré fiel a la promesa de no emplearlas jamás.
Por nada del mundo me gustaría conjurarlas para convertirme en un profeta de
calamidades.
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