viernes, 6 de enero de 2017

Aquellos Reyes.



Lenci es todavía tan inocente. De siempre, pero ya era un grandullón cuando un año por reyes en vida de su padre, la Máquina de Fer Por y el Butifarra -los mozos de la casa de payés- tuvieron que cubrirse con sábanas y ejercer de magos del oriente aunque los de su edad desde un par de temporadas atrás ya no ponían un plato con maíz para las yeguas cansadas -de labrar- y de acarrear a Sus Orientales Majestades Reales.

            - ¡Que somos los padres, hijo! - repetía cada vez más cabreado Florenci, el padre.
            - ¡Que no! ¡No me engañéis que me moriré! -desesperado y lloroso, el chiquillo.
            - Pero, rey, que no existen, somos los padres -lloriqueaba la Cisqueta, la madre.
            - ¡Si no pasan, me moriré! -suplicaba férrea y sin dejarse convencer, la criatura.

            Como el niño insistía e insistía tan desesperadamente, la Cisqueta, de corazón débil y dada a seguirle todos los cumplidos a su niño, no paró hasta que consiguió que Florenci ordenara disfrazarse de fantasmas, por la sábana blanca, a la Máquina de Fer Por y al Butifarra .

            - ¿Y al Butifarra no le reconoció contraído y mermado como es? -preguntaba impresionada la Quela, la vecina chismosa de la masía cercana.
            - ¡Ca! Le dijeron que era el rey negro, como no ha visto a ningún negro creyó que son paticortos y jorobados ...
            - ¡Ah! Sí que es de tonto, pues! -satisfecha la curiosidad de la Quela.
            - ¡Tampoco lo es tanto, eh! -ofendida la Doloretes, la tía, que le tocan a los propios.
            - ¡A saber, como siempre dices que es un poco bobo!
           
            Un año o dos antes de que Lenciet quedara huérfano aún creía, o quería creer en los reyes. Los niños de su edad ya no se las tragaban estas músicas, pero él sí. Y no habrían conseguido que se desdijese, empeñado. Aquel año el padre Florenci tuvo que obligar a la Máquina de Fer Por a hacer de rey rubio, que tampoco tiene nada de rubio pero con la sábana revestían toda la realidad e incluso aquel espíritu tan oscuro. La magia de los inocentes le volvía rubio como a un niño de casa bien. El Butifarra obraba de corazón y contento de sentirse persona tan importante y de tanta categoría allí en el país de los negros, que quizás son como él de desgraciados y mal vistos. La sábana no le disimulaba, pero, ni la joroba ni lo hacía más alto.

            El niño había puesto un plato de los de comer sopas lleno de maíz y un balde de agua para los animales que habrían tenido que tener alas para subirse al terrado de la casa de campo.

            - ¡Hala! A dormir, guapo, que si no, no pasarán! -dijo la Cisqueta a quien le hacía tanta o más ilusión que a Lenci el asunto aquel.
            - Dos tardes de sábado ... -mientras, Florenci padre negociaba con la Máquina de Fer Por el trabajo que tan a regañadientes le mandaban.
            - ¡Qué dices loco! –exclamo el patrón con la sábana en la mano mientras el Butifarra ensayaba poses majestuosas vestido ya de fantasma.
            - ¡Dos o nada! -amohinado e intransigente como el niño caprichoso.
            - ¡De acuerdo! Pero yo elijo los sábados -accedió Florenci viendo que no había otra salida a la negociación.

            Aquella navidad nevó y hacía tanto frío que se helaban las ideas. Y tan pronto el chaval se fue con la madre a dormir, los tres reyes con mucho cuidado y poco ruido, como contrabandistas de ilusión, salieron fuera, apuntalaron una escala de gatos en la barandilla y esperaron la señal convenida con la Cisqueta, la madre, y la Doloretes, la tía.

            - ¡Qué tonterías! -refunfuñaba la Máquina de Fer Por entre el rey blanco y el rey negro, que sólo tenían el nombre porque los tres monarcas iban vestidos igual, únicamente con la sábana.
            - ¡Va, va! Que ya están aquí los reyes -entró como una chispa de alegría la Doloretes en la habitación donde Lenciet con la Cisqueta rezaban de verdad con un gesto angelical, con las manos juntas y la mirada puesta en la vela que temblaba de frío.

            Al oír las premuras, Florenci tiró el agua y vertió el maíz en la camisa, para aprovecharlo, que no se malmete en tonterías la comida ni que sea la de las gallinas.

            - ¡Baja, Pepet! -el mozo a quien todos llamaban la Máquina de Fer Por saltó la barandilla haciéndose escurridizo el rey rubio por la escalera de gatos hacia las cuadras de las vacas. Luego, Florenci repitió la misma operación teniendo cuidado de que no se le cayera el maíz. Y finalmente el Butifarra, que se recreaba en el papel de rey porque Lenciet, la Doloretes y la Cisqueta habían abierto los postigos del balcón. Unos personajes sorprendidos y crédulos empeñados en hacerle tragar al niño, ya que lo habían montado, que aquellos eran los reyes de verdad.

            El Butifarra confundía el protocolo real y el comportamiento mayestático con una especie de danza que podría suficientemente bien ser la de un país lejano de negros. Meneándose exageradamente se las vio para franquear la barandilla mientras continuaba con el bailoteo real bajando por la escalera de gatos sin perder la sábana.

            - ¡Joder qué batacazo! – refunfuñó la Máquina de Fer Por.
            - ¡Jaumet, Jaumet! -susurró Florenci padre al Butifarra, no sea que el niño los descubra.
            - Nada, no es nada, ya está ...

            Los reyes habían pasado. Se cerraron los postigos de la terraza. Mañana estaría llena de las cosas que suelen traer a los niños que se han portado bien. Tras los cristales de la puerta la escena del rey negro había sido magnífica. ¡Qué realismo había desplegado el Butifarra

            Los barrotes de la escalera mojados del agua para los caballos que acababa de tirar Florenci resbalaban como un cristal. Fue a caer dentro del pilón rompiendo la capa de hielo que cada noche se formaba. Empapado y aterido de frío esperaron un rato que el niño regresara a su cuarto. Producía pavor sentir como al Butifarra le castañeaban los dientes. Acurrucado entre los terneros no amainaban los temblores.

            El Florenci avivó la leña del hogar, una buena hoguera y un buen vaso de coñac para recomponer el rey negro acostumbrado a la calidez tropical más propia de su país. Era como un gato calado.
            ¡Qué negocio acababa de hacer Florenci con las tonterías del niño! Dos sábados por la tarde libres para la Máquina de Fer Por, y el Butifarra en un tris de sufrir una pulmonía doble que estaba por ver si no la palmaba.

            - ¡Bebe, va! -tiritaba todo él como una hoja.

            Al día siguiente los estragos de la fiebre y los gritos de Lenciet lo despertaron. Hecho un ovillo, cubierto de mantas todavía le duraba el escalofrío así que el niño apareció con el presente de los reyes.

            - Mira, Jaumet, también había eso. ¡Te lo han traído los reyes, Jaumet! -el Butifarra entreabrió los ojos brillantes y empequeñecidos a tiempo de esquivar el golpe de la gruesa tableta de chocolate a la taza que el niño blandía.

            La criatura era feliz con unas alpargatas, unas naranjas, unos turrones redondos de almendras enterradas en una pasta blanca y pegajosa; cada porción iba protegida por dos hostias grandes, como las que distribuía Mosén Passerell. Le explicó al Butifarra, más muerto que vivo, dolido por el batacazo y el frío que también había una botella de coñac y una de aguardiente. Que aquello, como le había dicho la Doloretes, era para los mayores porque los reyes no traen estas cosas a los niños. La idea del chocolate en exclusiva para el rey negro era la gratitud especial de la Doloretes, la tía, porque la Cisqueta, la madre, no las tenía esas ocurrencias.

            Fue la última vez que los reyes pasaron por la casa de payés. El caso no era la pérdida de la inocencia de Lenciet sino la imposibilidad de convencer ya no a la Máquina de Fer Por que lo tenía muy claro sino al Butifarra, de culo a tales iniciativas tras la caída como rey negro. No fue la pulmonía lo más grave, que el coñac y las mantas la remediaron en un abrir y cerrar de ojos, lo peor eran los moratones que le florecían en el costillar, en las piernas, en la frente, en la joroba, en todas partes. No había más morados porque no cabían. Anduvo aún más cojo durante una buena temporada y le dolían tanto la osamenta como el resuello.

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