Este es el
último Reflejos y Titiriteros de
2016. Vivimos justo en el quilómetro cero de los calendarios de proximidad para
ajustar las cuentas. En el punto de ruptura que hemos aceptado en nuestra cultura
occidental para realizar una simbólica parada de final de etapa. Empieza otro
año y la carrera continúa. Por eso no dejaremos de pedalear a pesar de la golosa
tentación de tirar la toalla ante lo que nos supera, aquellos repechos que
parecen imposibles en los que hay que auparse encima de la bicicleta y no
desfallecer. Continuaremos, insistiremos, levantaremos la vista, miraremos el
reto y plantaremos cara un año más. ¡Próxima parada en 2017!
El decrépito y
asmático 2016 nos ha dejado hitos que recordaremos con momentos que han abierto
los telediarios o han presidido las portadas de los periódicos como el paso al
lado de Artur Mas, el año del desgobierno en España, el doble proceso
electoral, el descalabro socialista, la actividad frenética del Tribunal
Constitucional, el Brexit, el triunfo de Donald Trump, el "no" al
acuerdo de paz en Colombia, el Premio Nobel a Bob Dylan, la mayoría
independentista en el Parlamento catalán, los terremotos, las inundaciones, la
brutalidad de los atentados de Estado Islámico, la guerra en Siria, el camino vetado
hacia Europa para los refugiados, las barcas llenas de personas que mueren
huyendo de la guerra, el asedio de Alepo... Este es, a grandes trazos, el repertorio
del año que hoy termina.
Si en el álbum
de la vida los años fueran cromos, este 2016 lo podíamos haber cambiado por uno
mejor. Uno más coloreado y optimista, uno que tuviera mejor pinta para repasar
y recordar. El 2016 ha sido un año gris con un cielo color a perro apaleado inspirado
en una paleta cromática dominada por la gama del gris plomizo. Un año anodino
que no nos hace sentir orgullosos en demasiados aspectos con un punto de aspereza
que no debería preludiar una tendencia a empeorar.
Se agota este
diciembre con un episodio inédito hasta ahora, la restricción de vehículos en una
gran ciudad española. Madrid -La Manuela, Carmela-
ha vuelto a plantar la pancarta del "no pasarán". La ciudad -el
mundo- acosado por la contaminación y la basura, qué gran metáfora. En la línea
del horizonte, desde el teatro de la vida, la humanidad contempla sentada en el
patio de butacas como hemos expuesto un telón de niebla sucia en un cielo
metálico. Decepcionante y poco estético.
Seguro, hay
hitos positivos y optimistas que se nos escapan porque viven camuflados en las
páginas de los anuncios con la letra muy menuda, porque no venden o no salpican
sangre o morbosidad. Este 2016 ha sido un año insustancial respecto al libro de
los récords de la especie humana. Tenemos muchas plusmarcas pendientes, no
hemos regresado aún a la luna o la Sagrada Familia permanece inacabada a la
espera de una segunda olimpiada.
Debemos
recurrir a la sección de noticias insólitas que nos han hecho sonreír -y
pensar- cuando un adolescente ha desenchufado al abuelo de la máquina de respirar
para cargar el móvil. O la que se refiere a una buena persona solidaria que donó
un riñón al jefe y éste, una vez repuesto, le despidió. También las hay más
simpáticas como la del personaje que se hace una selfie y aparece un fantasma o aquel que denunció contactos eróticos
con un Pokémon. ¡Ocurrencias! Yo
elijo la del temerario que quería viajar en el tiempo y le multaron por exceso
de velocidad.
Un año definido
por algunos como el del "no" -negativo, pues-. La negación a Europa
de los ingleses con la incorrección política grandilocuente de los americanos
que han glorificado al polloperas de Trump parecerían inocentadas que tendremos
que ver y sufrir durante el próximo año 2017 y sucesivos. ¡Toquemos madera!
¡Que el 2017
sea un buen año en todos los sentidos! Brindo porque la predicción del nuevo
fin del mundo no ocurra el 29 de julio.
¡Feliz año,
amigos!
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