martes, 6 de diciembre de 2016

Postmentiras a medias.



¿El nombre hace la cosa o, al contrario, es el invento que se impone al concepto? ¿Dónde radica la causa primera, en el huevo o en la gallina? No buscaré el desenlace a una cuestión filosófica que todavía nos hace cavilar. Recuerdo como unas décadas atrás, a finales de los años ochenta del siglo pasado, oí la palabra " virtual " por primera vez en referencia a lo que hoy todo el mundo admite sin confusión. La realidad virtual -¡qué contradicción aparente!- Se ha convertido en dueña de lo etéreo que no se toca para anticiparse a lo que es real. El impacto es extraordinario, el mundo ha evolucionado con avances importantes en actividades como el diseño, el adiestramiento, la formación, la simulación o la previsión de datos científicos en todo tipo de sectores. Incide en la calidad y en la productividad, en la reducción de gastos y en la detección anticipada de errores en los proyectos. Es una herramienta fundamental para las empresas, en las escuelas o en los centros de investigación donde se usan programas y aplicaciones que la desarrollan. ¿Alguien podía imaginar que podríamos recrear mundos virtuales? Sólo necesitamos desplegar un catálogo de videojuegos. Llegados a este punto os ahorraré la eclosión de opciones y suspiros que nos ofrece el profiláctico mundo del cibersexo con la debida prevención para no electrocutarnos mientras regresamos al hogar sin sospechosas manchas de carmín en el cuello de una camisa. 

De la prehistórica virtualidad nació a la vez la necesidad de revertirla en corpórea. Imprimir una hoja de papel o una fotografía redondeaban el reto que hoy ya no nos impresiona ni nos inmuta. La impresora tradicional también ha tenido que reinventarse para volver a sorprendernos con la opción 3D, en tres dimensiones. Imprimir para personalizar en un "hágalo usted mismo" que nos permite tejer un vestido, fabricar un mueble o replicar cualquier pieza. De la magdalena al pastel o a un órgano humano. ¡Es la tecnología! Curiosamente -o nostálgicamente- estos días está de rabiosa moda eso que se conoce como Mannequing Challenge. Consiste en ejercer de pasmarote mientras te filman en un vídeo. ¡Qué invento! Cierto, qué invento sin ton ni son. A esto lo llamábamos retrato, fotografía o instantánea cuando aquellas se revelaban y éstas se imprimían. Podríamos volver a preguntarnos qué fue primero: ¿el huevo o el pollito? Todo evoluciona, a veces para llegar al punto de donde habíamos partido. Ahora progresamos de la esferificación de la caduca selfie a la foto aplomada con un maniquí que palpita. 

Este año el prestigioso diccionario Oxford ha elegido un concepto que también impacta y está relacionado con la evolución del mundo virtual, o con sus consecuencias. El término ganador, la palabra a la que han otorgado la tercera estrella Michelin -por asociarlo al sector comestible- es "postverdad". Los sabios ya la refieren como el hito de la nueva era de la postverdad. La verdad virtual englobaría la verdad y la mentira de toda la vida en una misma cosa. La postverdad, afirman, circunscribe a las circunstancias en las que los hechos objetivos -la verdad de veras- importan menos que la emoción o las creencias personales. Cuestión de fe, pues. Visto así podríamos pensar que tampoco han inventado nada de revolucionario, tal vez sólo una palabra altisonante: ¡Postverdad! Larga y contundente como un agudo puñetazo léxico. 

La han registrado porque los analistas han tenido que explicar el sonoro fiasco de la prospectiva electoral. ¿Por qué las encuestas son papel mojado? Alguien miente o nos engaña. Y aquí es donde la teoría de la postverdad intenta razonar como es que Donald Trump ha ganado las elecciones o como los ingleses decidieron marcharse de la Unión Europea cuando los expertos de la estadística y de la predicción anunciaban lo contrario. Cuestión de fe, repiten los apóstoles de la postverdad. Es la creencia, la pulsión no racional, y no los hechos o los datos contrastados lo que determina si algo es percibido como una verdad o una mentira ya que las creencias y las emociones no se razonan. Los sondeos no sirven cuando la percepción se alimenta en vena de una realidad virtual en la que lo cierto y lo falso son lo mismo y no se distinguen. La nueva era de la postverdad es una mentira a medias muy útil para disimular lo políticamente incorrecto o lo inconfesable. 

O cuando una verdad no lo es del todo. Una estrategia que tampoco es nueva ni recién estrenada. Finamente lo llamábamos demagogia, discursos o promesas de no fiar. Traducido al microclima de la política esta táctica se denomina populismo, muy rentable cuando el descrédito y el desencanto en la política consolidada y profesional es extraordinario. Nada nuevo bajo la capa del sol, como los figurantes estafermos simulando la pose congelada de una fotografía. La postverdad quiere describir un proceso de siempre insertado en un nuevo contexto donde el papel de las redes sociales y de la tecnología tienen más peso que los tradicionales medios donde las vetustas encuestas y sondeos electorales fracasan clamorosamente. Facebook y sus herederos serán profetas en tendencias y en intenciones de voto si no es que ya reinan en el paraíso de la predicción acertada y aun no publicitada.

Los nuevos discursos crean realidades virtuales admitidas y compartidas desde el corazón. Afinidades cordiales que no se rompen ni apelando a la ciencia porque mi credo susurra al oído que me engañan. La irracionalidad emotiva desde la afinidad del clan virtual donde navego me hace decantar a favor de rumores, o preferir las mentiras. Mi grupo, mis amigos virtuales, mis "me gusta", mis Tweets no serán compartidos por los elementos ajenos y contrarios por muy argumentados y fundamentados que sean. Blanco o negro sin grises donde una falsedad bien difundida es una palanca que subleva continentes.

La postverdad pretende explicar porque la realidad virtual azuza el caldo viscoso de los sentimientos espesos. También el miedo. Una virtualidad donde la mentira bien divulgada es una potente arma electoral. Que ya ha llegado el día que no emitamos un voto, pulsaremos a ojos cerrados y compartiremos un "me gusta" introduciéndolo en la urna de quien nos hace cooperar en su perverso universo virtual. Yo también podría creer que el cambio climático es cosa del malévolo Fumanchú, que Europa es el aguafiestas para los espirituosos británicos o que el partido más votado lidere el ranking de las corruptelas. Postverdades o postmentiras. ¿El huevo o la gallina? Me es indiferente, lo que me espanta es que de ello nazcan viejos fantasmas disfrazados de pollitos inocentes. ¡Nada nuevo! Sin novedad en el frente mediático, sólo un reflejo donde se peinan demasiados espantajos seductores. 

¡Eh! No te olvides de hacer clic a "me gusta".

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