¿El nombre hace
la cosa o, al contrario, es el invento que se impone al concepto? ¿Dónde radica
la causa primera, en el huevo o en la gallina? No buscaré el desenlace a una
cuestión filosófica que todavía nos hace cavilar. Recuerdo como unas
décadas atrás, a finales de los años ochenta del siglo pasado, oí la palabra " virtual " por primera vez en
referencia a lo que hoy todo el mundo admite sin confusión. La realidad virtual -¡qué contradicción
aparente!- Se ha convertido en dueña de lo etéreo que no se toca para
anticiparse a lo que es real. El impacto es extraordinario, el mundo ha
evolucionado con avances importantes en actividades como el diseño, el
adiestramiento, la formación, la simulación o la previsión de datos científicos
en todo tipo de sectores. Incide en la calidad y en la productividad, en la
reducción de gastos y en la detección anticipada de errores en los proyectos.
Es una herramienta fundamental para las empresas, en las escuelas o en los
centros de investigación donde se usan programas y aplicaciones que la
desarrollan. ¿Alguien podía imaginar que podríamos recrear mundos virtuales?
Sólo necesitamos desplegar un catálogo de videojuegos. Llegados a este punto os
ahorraré la eclosión de opciones y suspiros que nos ofrece el profiláctico
mundo del cibersexo con la debida prevención para no electrocutarnos mientras
regresamos al hogar sin sospechosas manchas de carmín en el cuello de una
camisa.
De la
prehistórica virtualidad nació a la vez la necesidad de revertirla en corpórea.
Imprimir una hoja de papel o una fotografía redondeaban el reto que hoy ya no
nos impresiona ni nos inmuta. La impresora tradicional también ha tenido que
reinventarse para volver a sorprendernos con la opción 3D, en tres dimensiones. Imprimir para personalizar en un
"hágalo usted mismo" que nos permite tejer un vestido, fabricar un
mueble o replicar cualquier pieza. De la magdalena al pastel o a un órgano
humano. ¡Es la tecnología! Curiosamente -o nostálgicamente- estos días está de
rabiosa moda eso que se conoce como Mannequing
Challenge. Consiste en ejercer de pasmarote mientras te filman en un vídeo.
¡Qué invento! Cierto, qué invento sin ton ni son. A esto lo llamábamos retrato,
fotografía o instantánea cuando aquellas se revelaban y éstas se imprimían.
Podríamos volver a preguntarnos qué fue primero: ¿el huevo o el pollito? Todo
evoluciona, a veces para llegar al punto de donde habíamos partido. Ahora progresamos
de la esferificación de la caduca selfie
a la foto aplomada con un maniquí que palpita.
Este año el
prestigioso diccionario Oxford ha elegido un concepto que también impacta y
está relacionado con la evolución del mundo virtual, o con sus consecuencias. El
término ganador, la palabra a la que han otorgado la tercera estrella Michelin -por asociarlo al sector
comestible- es "postverdad".
Los sabios ya la refieren como el hito de la nueva era de la postverdad. La verdad virtual englobaría la verdad y la
mentira de toda la vida en una misma cosa. La postverdad, afirman, circunscribe
a las circunstancias en las que los hechos objetivos -la verdad de veras-
importan menos que la emoción o las creencias personales. Cuestión de fe, pues.
Visto así podríamos pensar que tampoco han inventado nada de revolucionario,
tal vez sólo una palabra altisonante: ¡Postverdad! Larga y contundente como un
agudo puñetazo léxico.
La han registrado
porque los analistas han tenido que explicar el sonoro fiasco de la prospectiva
electoral. ¿Por qué las encuestas son papel mojado? Alguien miente o nos
engaña. Y aquí es donde la teoría de la postverdad intenta razonar como es que
Donald Trump ha ganado las elecciones o como los ingleses decidieron marcharse
de la Unión Europea cuando los expertos de la estadística y de la predicción
anunciaban lo contrario. Cuestión de fe, repiten los apóstoles de la postverdad.
Es la creencia, la pulsión no racional, y no los hechos o los datos
contrastados lo que determina si algo es percibido como una verdad o una
mentira ya que las creencias y las emociones no se razonan. Los sondeos no
sirven cuando la percepción se alimenta en vena de una realidad virtual en la
que lo cierto y lo falso son lo mismo y no se distinguen. La nueva era de la
postverdad es una mentira a medias muy útil para disimular lo políticamente
incorrecto o lo inconfesable.
O cuando una
verdad no lo es del todo. Una estrategia que tampoco es nueva ni recién
estrenada. Finamente lo llamábamos demagogia, discursos o promesas de no fiar.
Traducido al microclima de la política esta táctica se denomina populismo, muy
rentable cuando el descrédito y el desencanto en la política consolidada y
profesional es extraordinario. Nada nuevo bajo la capa del sol, como los
figurantes estafermos simulando la pose congelada de una fotografía. La
postverdad quiere describir un proceso de siempre insertado en un nuevo
contexto donde el papel de las redes sociales y de la tecnología tienen más
peso que los tradicionales medios donde las vetustas encuestas y sondeos
electorales fracasan clamorosamente. Facebook
y sus herederos serán profetas en tendencias y en intenciones de voto si no es
que ya reinan en el paraíso de la predicción acertada y aun no publicitada.
Los nuevos
discursos crean realidades virtuales admitidas y compartidas desde el corazón.
Afinidades cordiales que no se rompen ni apelando a la ciencia porque mi credo susurra
al oído que me engañan. La irracionalidad emotiva desde la afinidad del clan
virtual donde navego me hace decantar a favor de rumores, o preferir las mentiras.
Mi grupo, mis amigos virtuales, mis "me gusta", mis Tweets no serán compartidos por los
elementos ajenos y contrarios por muy argumentados y fundamentados que sean.
Blanco o negro sin grises donde una falsedad bien difundida es una palanca que
subleva continentes.
La postverdad pretende
explicar porque la realidad virtual azuza el caldo viscoso de los sentimientos
espesos. También el miedo. Una virtualidad donde la mentira bien divulgada es
una potente arma electoral. Que ya ha llegado el día que no emitamos un voto,
pulsaremos a ojos cerrados y compartiremos un "me gusta"
introduciéndolo en la urna de quien nos hace cooperar en su perverso universo
virtual. Yo también podría creer que el cambio climático es cosa del malévolo
Fumanchú, que Europa es el aguafiestas para los espirituosos británicos o que
el partido más votado lidere el ranking de las corruptelas. Postverdades o
postmentiras. ¿El huevo o la gallina? Me es indiferente, lo que me espanta es
que de ello nazcan viejos fantasmas disfrazados de pollitos inocentes. ¡Nada
nuevo! Sin novedad en el frente mediático, sólo un reflejo donde se peinan
demasiados espantajos seductores.
¡Eh! No te
olvides de hacer clic a "me gusta".
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