¡Feliz Navidad¡
¡Felices fiestas! Yo también os deseo lo mejor a todos y especialmente a
aquellos que expresamente estos días me han hecho llegar sus mejores presagios.
¡Seamos, sobre todo, felices!
Ya sé que me
excedo en algo casi imposible, ser conscientemente del todo feliz. Intentemos
un plebiscito a mano alzada y veremos cuánta abstención o votos en blanco se
producen. Será porque la felicidad absoluta es patrimonio de los inocentes.
Dejémoslo, pues, en un vivir "cercanos" a la felicidad con cierto
afán por mejorar -o enmendar-, que siempre es posible.
Este año ya
somos un poco más felices porque el día de Navidad no tendremos que ir a votar.
Tampoco nos emplazarán para presidir o para formar parte de una mesa electoral.
Mariano ya nos ha otorgado el primer regalo. No se trata de una cesta a rebosar
con dulces golosinas ni tampoco surtida con una magra paletilla de cerdo del
país -que la administración es muy espartana en detalles y en complementos navideños-,
pero los políticos han tenido un punto de esplendidez ahorrándonos concretar
las disputas de la sobremesa con el cuñado en una urna untada de turrones de
los duros y polvorones espesos. ¡Qué pereza! Plomizos por la celebración
nocturna de la nochebuena y aturdidos por la duración del sermón en la misa del
gallo, las encuestas preveían fuertes atascos -y mucha pandereta- después de la
sobremesa, hacia el atardecer. A unas terceras elecciones consecutivas sólo se
puede concurrir en hora punta, con mucha predisposición y unas cuantas copas de
cava más para no desfallecer. ¡Gracias, políticos! ¡Felices fiestas, padres de
la patria!
¿Y el monarca?
Qué discurso se habría tenido que ingeniar para no caer en el partidismo
electoralista sospechoso. Le veo espoleando la participación proponiendo ir a
votar en familia. En un día tan señero sólo el clan unido puede ejercer el derecho
desde la digestión responsable. Aunque no me lo acabo de imaginar, conciliador
y preclaro, proclamando que: -Si bebes,
no votes -y no conduzcas! -.
Próximos a la
felicidad. Este es mi deseo aunque no hayamos sido bienaventurados en las
loterías diversas. La profética estadística es terca por mucho que los
matemáticos nos alerten a los de letras. Es más fácil que nos caiga un rayo,
que la suegra nos ensalce los canelones, que los reyes magos de oriente nos
vuelvan a traer unos calcetines que no que el azar nos redima de las miserias
humanas. No desfallezcamos porque no seamos ricos de repente, habríamos
traicionado a los colegas sin fortuna. Volvamos al trabajo risueños, consolados
y haciéndoles saber que casi no lo hemos soportado, por no disfrutar de su
compañía, después de tantos canelones y del exceso de turrones.
Junto a la
felicidad. ¡Eso! No es que sea poco generoso, al contrario, bien lejos de mi
intención. Vecinos de la felicidad que tenemos al alcance a menudo sin saberlo.
Conocedores del privilegio de vivir con salud, con amor y con compañía. De
convivir en paz con nosotros mismos y con los demás. ¡Seamos, pues, felices con
moderación, pero seámoslo todo lo que se pueda! ¡Brindemos con y por aquellos
que amamos y nos quieren!
¡Felices
fiestas!
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