Proceden por estas fechas
los cuentos de navidad. Una historia corta, un relato breve para arrullar
criaturas aliviando las pesadillas que velan las noches frías y oscuras del
invierno. Edulcoradas y calóricas narraciones como la de Charles Dickens proponiendo
la conversión del avaro y solitario señor Scrooge. Se describe el milagro del
espíritu navideño imponiéndose felizmente. Deseos, promesas de enmienda, buena
voluntad, recuento del año que se acaba con la esperanza en que el que empieza
sea mejor y venturoso –decíamos-. Se acerca la Navidad o el solsticio de
invierno.
Es actualidad del día un
hecho ominoso en el cual el protagonista es un niño de doce años, un candidato
a personaje actualizado de Dickens, que ha puesto una bomba chapuza -no ha estallado-
en un mercado de navidad en una localidad de Alemania.
En la otra orilla,
queriendo cruzar la mar -poco acogedora- terrible y asesina, un coro de más
niños es el protagonista desvalido en medio del horror. Malviven un invierno
demasiado frío y largo atrapados en las calles de Alepo o en las áreas para
desplazados sin comida ni medicamentos. Una periodista siria, autora del
relato, ponía la letra al villancico: "Hemos perdido nuestro país,
nuestras esperanzas, nos han arrebatado todo lo que soñábamos". Hay
fantasmas que no se extinguen con la luz del día.
Lejanos, a este lado, en
un escenario la cantinela del azar redime sólo a un pobre, aquel a quien el
estado sienta a la mesa por navidad rescatado por un décimo premiado de la
lotería. Como suele -según ilustran los titulares salpicados de desenfreno- la
suerte practica la equidad, el gordo ha sido tan repartido como lo es la
indigencia y la miseria de los más vulnerables.
Ahora y aquí, a una
semana de las vacaciones escolares, los niños pretenden apalear un tió disfrazado de maestro con gafas de
miope para que cague notas sin excelentes ni suspensos, insisten también a
hacerlo constar en la carta a los reyes, una especie de convenio cargado de
esperanzas en el mundo de la educación.
La mañana ha sido fría,
lluviosa y de invierno. Los jueces estudian. ¡Fum, fum, fum! Monotonía de lluvia tras los cristales del Palacio
de Justicia. Mil veces ciento, cien mil... La Forcadell vendrá y nos traerá
cositas, a la butxaqueta torrons i a les mans
avellanetes. Panses i figues i nous i olives. Panses i figues i mel i mató. El espíritu navideño te asalta
donde menos te lo esperas, en las esquinas judiciales.
Un reality show monárquico incendia los medios. Desavenencias en la
casa real de la ilusión porque el rey negro -Obama- se las tiene con el rubio
-Trump- por las travesuras del blanco -Putin-. Un desorden en el pesebre
mundial que ha trascendido en horario de máxima audiencia y sin la presencia de
bestias domésticas debido a la movilización de los agricultores catalanes por
la proliferación de animales salvajes y por los recortes en las indemnizaciones
compensatorias. Pobres agricultores, en el pesebre tienen asegurado el papel del
borricote que paga los platos rotos.
¡Alcancemos, pues, la excelencia! Acabemos con
un sueño navideño como una burbuja donde nieva con nieve manual de sacudir antes
de usar, como si se tratara de un zumo de niñez recién exprimido. ¡Burbujas!
Doradas, de cava y bohemia. Panzudas redondeces perfectas que nos llevan al
mundo de los cuentos con final feliz. Delicadas con un punto de fragilidad
extrema. Quebradizas y sutiles. Esta es la pretensión poética del pesebre que
el Ayuntamiento ha montado en la plaza Sant Jaume de Barcelona con el pretexto
de materializar unos versos de JV Foix. Algo que "lo sabe todo el mundo y
debería ser profecía". Los artistas creadores han ideado el montaje
avalados por la maestría en erigir santos que reafirma la olotina capital de la
Garrotxa. Todo porque "en casa del carpintero habrá novedad".
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