sábado, 17 de diciembre de 2016

Burbujas.



Proceden por estas fechas los cuentos de navidad. Una historia corta, un relato breve para arrullar criaturas aliviando las pesadillas que velan las noches frías y oscuras del invierno. Edulcoradas y calóricas narraciones como la de Charles Dickens proponiendo la conversión del avaro y solitario señor Scrooge. Se describe el milagro del espíritu navideño imponiéndose felizmente. Deseos, promesas de enmienda, buena voluntad, recuento del año que se acaba con la esperanza en que el que empieza sea mejor y venturoso –decíamos-. Se acerca la Navidad o el solsticio de invierno. 

Es actualidad del día un hecho ominoso en el cual el protagonista es un niño de doce años, un candidato a personaje actualizado de Dickens, que ha puesto una bomba chapuza -no ha estallado- en un mercado de navidad en una localidad de Alemania. 

En la otra orilla, queriendo cruzar la mar -poco acogedora- terrible y asesina, un coro de más niños es el protagonista desvalido en medio del horror. Malviven un invierno demasiado frío y largo atrapados en las calles de Alepo o en las áreas para desplazados sin comida ni medicamentos. Una periodista siria, autora del relato, ponía la letra al villancico: "Hemos perdido nuestro país, nuestras esperanzas, nos han arrebatado todo lo que soñábamos". Hay fantasmas que no se extinguen con la luz del día. 

Lejanos, a este lado, en un escenario la cantinela del azar redime sólo a un pobre, aquel a quien el estado sienta a la mesa por navidad rescatado por un décimo premiado de la lotería. Como suele -según ilustran los titulares salpicados de desenfreno- la suerte practica la equidad, el gordo ha sido tan repartido como lo es la indigencia y la miseria de los más vulnerables. 

Ahora y aquí, a una semana de las vacaciones escolares, los niños pretenden apalear un tió disfrazado de maestro con gafas de miope para que cague notas sin excelentes ni suspensos, insisten también a hacerlo constar en la carta a los reyes, una especie de convenio cargado de esperanzas en el mundo de la educación. 

La mañana ha sido fría, lluviosa y de invierno. Los jueces estudian. ¡Fum, fum, fum! Monotonía de lluvia tras los cristales del Palacio de Justicia. Mil veces ciento, cien mil... La Forcadell vendrá y nos traerá cositas, a la butxaqueta torrons i a les mans avellanetes. Panses i figues i nous i olives. Panses i figues i mel i mató. El espíritu navideño te asalta donde menos te lo esperas, en las esquinas judiciales.

Un reality show monárquico incendia los medios. Desavenencias en la casa real de la ilusión porque el rey negro -Obama- se las tiene con el rubio -Trump- por las travesuras del blanco -Putin-. Un desorden en el pesebre mundial que ha trascendido en horario de máxima audiencia y sin la presencia de bestias domésticas debido a la movilización de los agricultores catalanes por la proliferación de animales salvajes y por los recortes en las indemnizaciones compensatorias. Pobres agricultores, en el pesebre tienen asegurado el papel del borricote que paga los platos rotos. 

 ¡Alcancemos, pues, la excelencia! Acabemos con un sueño navideño como una burbuja donde nieva con nieve manual de sacudir antes de usar, como si se tratara de un zumo de niñez recién exprimido. ¡Burbujas! Doradas, de cava y bohemia. Panzudas redondeces perfectas que nos llevan al mundo de los cuentos con final feliz. Delicadas con un punto de fragilidad extrema. Quebradizas y sutiles. Esta es la pretensión poética del pesebre que el Ayuntamiento ha montado en la plaza Sant Jaume de Barcelona con el pretexto de materializar unos versos de JV Foix. Algo que "lo sabe todo el mundo y debería ser profecía". Los artistas creadores han ideado el montaje avalados por la maestría en erigir santos que reafirma la olotina capital de la Garrotxa. Todo porque "en casa del carpintero habrá novedad".

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