viernes, 20 de junio de 2025

Entrañables corruptos.

 

Las cloacas políticas se han desbordado salpicando de lleno a los socialistas. El batacazo, el dolor de oídos, causado por las grabaciones recién salidas a la luz, efectuadas por un aventajado discípulo de Villarejo, han explotado de lleno en los morros de Pedro Sánchez. Personajes muy cercanos a él de gran responsabilidad en el partido se han dedicado al próspero arte de la corrupción que, en este país, parecería bien arraigado, casi estructural, como uno de los pilares sin el que la gobernanza no pudiera funcionar. Qué dolor causa a algunos afiliados y simpatizantes -del partido que sea- tener que escuchar el reproche de “todos son iguales” en las carreras por el poder donde algunos atletas profesionales de la política hacen trampas y manipulan los registros.

¿Desde qué preeminencia ética, cuando el asunto sale en las portadas informativas coincidiendo con la campaña de recaudación de impuestos anual, se puede aclamar lo de Hacienda somos todos? Un eslogan ligado tradicionalmente a favor de no defraudar a las arcas estatales. Como ciudadanos al margen de las luchas intestinas de los partidos tenemos esa obligación, de jugar limpio con las contribuciones. La otra gran responsabilidad es la de elegir a los políticos que nos deben gobernar para que gestionen bien las astronómicas cantidades que cada uno -granitos de arena- aportamos a los impuestos que deberían aprobarse y distribuirse para cada curso político.

Quien anda entre miel algo se le pega. La sabiduría popular convierte lo atávico y transversal en refrán. Pecados ancestrales que hemos sido incapaces de atajar. Tentaciones humanas congénitas que algunos desarrollan con mayor o menor pericia. De nuevo ha vuelto a suceder. "Ladrones de saqueo, que nos ponen la cueva en casa y desde ella nos gobiernan", cantaba el grupo valenciano Al Tall. Ahora, las ondas radiofónicas van cargadas con este trío impresentable de políticos mientras el socialismo cruza los dedos, que no se convierta en una coral polifónica numerosa ensayando la misma partitura.

Quien ostenta el poder por una moción de censura a un gobierno con las manos pringadas con miel, no puede caer en el mismo pecado. No seamos negativos, sin embargo. Qué son cuatro sobres repletos de calderilla en la inmensidad extraordinaria de lo que tienen atribuido como representantes y administradores del bien común. Ellos han sido los escogidos, elegidos y ungidos por nosotros. Son humanos convencidos de su papel del cual sólo pasan factura porque el mundo sin ellos y su presunta vocación de servicio público no iría a ninguna parte. Se merecen, a su juicio, lo que han robado y mucho más.

Será muy difícil -casi imposible- estar atentos al simple servidor público que arrambla para su casa la grapadora o una caja de aspirinas a hurtadillas. Ha dispensado tantas que cree que tiene derecho, son los pequeños privilegios malentendidos de ocupar un puesto en la administración similar al de favorecer a conocidos o a familiares. Dinámicas del enchufe que propician prácticas endogámicas muy contrarias a la igualdad de condiciones y de oportunidades para acceder a ellas. La cosa se magnifica cuando te llevas el camión de las fotocopiadoras o una tonelada -no una caja- de analgésicos -al por mayor- con voluntad de revenderlo en el mercado dominical o en los Encants. Qué embrollo, cuánto trabajo, por eso lo más fácil es el sobre bien repleto de billetes camuflado entre el jamón pata negra y la botella de vino del bueno en el lote navideño, más funcional y discreto que la propia mercancía o el servicio en agradecimiento al favor obtenido por una concesión amañada. La responsabilidad de las grandes empresas habitualmente permanece diluida en medio del eco periodístico o al margen de las sentencias. ¿Retornará alguna vez al lugar de donde no debería de haber salido ese dinero?

Poner en marcha un partido político es un proceso encabezado por un líder que va delegando funciones y responsabilidades entre un ejército numeroso de cargos de confianza con supuesta capacidad y eficiencia para desempeñarlos. Los cambios de gobierno llevan asociados un baile de sillas y frustraciones que acaban en el médico de cabecera con una depresión laboral y de amor propio electoral que requiere medicación -¡ahora sí, una aspirina, doctora!-. En el despliegue de los grandes partidos en cuanto les toca mandar, está la selección de esos cargos de confianza por méritos, empatías o parentesco ideológico. Algunos son grises e incompetentes, pasan sin pena ni gloria, otros disputan con el líder su condición, a estos les delata la escalera de bomberos como una mochila adosada a sus espaldas; otros están ahí para sacar provecho. Afortunadamente la gran mayoría -quiero creer- de las personas que se dedican a la política son honestas y comprometidas. Qué daño no hace un atajo de ovejas negras que pasta a sus anchas comisiones en los prados verdes de la corrupción.

El trabajo del político no debe resultar demasiado grato, siempre tiene una oposición empeñada en llevarle la contraria, en criticar o no valorar nada de lo que el gobierno de turno proponga y lleve a cabo. Cada formación política juega con su camiseta, su color y su escudo tirando pelotas hacia adelante, a veces jugando sucio o impactando contra el larguero. Una dedicación que debería ser vocacional más allá de pulsar un botón para votar en los plenos aquello que las directrices marcan sin salirse del carril establecido. Las sedes parlamentarias también cuentan con un coro significativo de extras que al margen de votar -en alguna ocasión la erran, aunque sea sólo al 50% del blanco o del negro, “a favor” o “en contra”. Estos corifeos aparentemente son el decorado humano, la mayoría casi anónimos de muchos de los cuales no hemos oído su voz en todo el mandato, que tienen su minuto de gloria aplaudiendo las intervenciones de los protagonistas, fomentando el tumulto, el griterío, la pataleta, las zapatiestas i los insultos, aquello que en la escuela rural de antes el maestro reprendía poniéndonos de cara la pared con los brazos en cruz soportando un fajo de boletines oficiales con las palmas de las manos hacia arriba.

El prestigio de la clase política vive uno de los peores momentos desde que se recuperó la democracia. Los disparates que hemos visto, los excesos de todo tipo ligados a la impunidad en muchos de los casos han hecho que difícilmente hallemos alguna criatura que se decante por convertirse en político cuando sea mayor. Antes se animan por ser influencers, tertulianos o futbolistas pese a las ventajas -nada que ver con una hipoteca, por ejemplo- que conlleva la financiación de los partidos por los bancos que han condonado sus deudas sin repercusión alguna. Un homenaje a la sinceridad de Jesús Gil y Gil, un referente ejemplar que afirmaba sin tapujos que pensaba enriquecerse como alcalde de Marbella y, a pesar de que lo hizo con todo tipo de trapicheos fraudulentos, elección tras elección fue revalidado por el electorado. 

Qué contraste con la imagen que proyectaban aquellos “señores” diputados de la democracia aún en pañales que hablaban con propiedad y se las tenían con estilo, el propio de un parlamento, sin insultos ni patochadas groseras u ordinarias excesivas. Cómo ha cambiado el manual de corrección desde que Aznar se asomó en sede parlamentaria para derrotar a Felipe González. Entonces la derecha recuperó iniciativa -y maneras- arrinconando el temor y la prevención por los lazos demasiado cercanos a un pasado inmediato. Con aquél “váyase señor González”, se empezó a abrir tímidamente la veda a las formas que hoy hacen fortuna amplificadas a gritos. Son tendencias -como los pantalones acampanados o las camisetas imperio- que irradian muchos parlamentos en el mundo con una bajada alarmante del tono en la cortesía, la educación y el talante de no pocos líderes mundiales. El populismo posdemocrático se ha decantado por la calle de en medio sin metáforas ni florituras estilísticas.

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