En
la literatura para criaturas ha aparecido una nueva versión política de la Cenicienta
que pierde la carroza, el vestido, un zapato y el sentido común en cuanto no regresa
antes de la medianoche al palacio donde habita y a los dominios de su
gobernanza bien surtidos de fuentes que manan cerveza fría y regalada a los
cuatro puntos cardinales. Una meritoria brujita experta en los juegos de manos
de cerca con un punto de trilera ya que adivinar dónde está ubicada la pieza
manipulable -la intención verdadera- es dificultoso, antes pero nos marea con
la confusión de los gestos y de los discursos que no están debajo del cubilete
que creíamos. En esta fiesta mayor de la política autonómica antes del
solsticio de verano se ha instalado una feria -de las vanidades- donde hay un
tenderete de tiro a los catalanes, si aciertas, te puede tocar una Chochona vestida
de pubilla. En el de al lado puedes ganar
un Perro Sánchez con gafas de aviador si tienes la fortuna de
pescar con cierta destreza tres patitos escurridizos de plástico. Calle arriba,
una churrería regentada por un experto en leyes y sentencias tan enmarañadas
como los buñuelos que mercadea.
Tenemos
el mundo de celebración, festivo y espléndido. No escatima en gastos ni hila
fino en armamento, la versión mortífera de unos juegos de artificio que
iluminan el cielo no de admiración sino de terror. Rusia y Ucrania viven una
demostración permanente de la pirotecnia más letal mientras no se vislumbra el
fin de las hostilidades. Hablar de paz acelera y dispara insensatamente la
intensidad. Ofrendas a los dioses de la guerra posponiendo el final mientras
los soldados no se entretienen pescando peces de colores sino jugando a la
ruleta rusa con balas y bombas perdularias. La cantante barbuda, el levantador
de pesas falsas o el domador de esperanzas frustradas distraen a la población
cuando ésta contempla el desenfreno celestial con prevención y mucho miedo.
En
la feria mundial que no está por quemar en las hogueras del próximo solsticio
los malos vientos que soplan, no podía faltar un buen túnel de los horrores, un
pasaje del miedo como es debido. La franja de Gaza despunta por su
espectacularidad y magnitud. Kilómetros de abominación se tragan familias
enteras con las criaturas que han sido engullidas a la fuerza previo
adiestramiento macabro con hambre, sed, epidemias y pasarlas muy magras hasta
el horrible pretendido o programado aniquilamiento. El decorado de la guerra y
el paisaje humano de civiles exasperados que nos dejan ver dañan la vista y el
alma.
Un
cóctel sin cubitos, una gaseosa sin burbujas, un espectáculo geopolítico al
borde del desastre si no fuera por el director del circo que impone cordura y
contención. Has acertado, efectivamente, es el rey del entretenimiento quien
dirige desde Washington -o las Vegas- esta orquestina festiva y jovial mientras
los payasos tristes desfilan pretendidamente cómicos con zapatos de hacer reír
por la pista. Este personaje, un prófugo de un circo itinerante de barriada, se
ha erigido en el gran payaso cara blanca que lidera la tropa de payasos torpes,
ignorantes y bobos que le tienen devoción. Oír sus ocurrencias mientras le
contemplas arrancaría una sonrisa si no fuera por las consecuencias de los desatinos
que firma generosamente con grandilocuencia y gran magnanimidad con el
rotulador hiperbólico con el que escriben -o dibujan- disparates los
comediantes de la carcajada para niños que todavía no han aprendido a leer.
Por
salud mental, lo dejo estar aquí para no caer en indignaciones impulsivas que
nos sobrepasan. Para no sufrir un ataque de impotencia de los que nos
descolocan podríamos cerrar los ojos, taparnos las orejas aplazando la
tentación de zurcirnos la boca -que todo puede llegar: que nos la tapien-
cultivando la técnica del avestruz, esconder la testa, enterrarla, para
protegernos. Excesivos frentes abiertos con demasiados disparates, odio y
demasiada guerra. Podemos, como el avestruz, soterrar la cabeza sin ser
conscientes de que seguimos siendo el blanco aún más fácil de los
despropósitos, a los que se ha abierto la veda, expuestos a la intemperie -con
el culo al aire- en un mundo de torpezas sin verlas venir.
Visto
el panorama, mientras el fuego de San Juan no lo chamusque, he determinado que
en esta feria no compraré palomitas, ni manzanas caramelizadas ni algodón de
azúcar.
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