En
un mes ya se ha producido la escalofriante cifra de 1.059 incendios -incluida
la vegetación urbana-, una cantidad que representa más del doble que el año
pasado. Este martes el protagonismo lo sufre la comarca de la Segarra con dos
víctimas mortales y más de 5.500 hectáreas quemadas. Vuelve el chamuscado
ritual de verano repartiendo las culpas y buscando soluciones ideales. Este
año, sin la contumaz sequía de los últimos años, no preveíamos este desastre
tan grave que nos ha atacado agravado por la vegetación exuberante. Los fuegos
de la Segarra los atribuyen a la “sexta generación”, con una potencia
energética tan intensa que evaporan el agua cuando se los intenta remojar. Han
producido una nube -la llaman pirocúmulo- que alcanzó los 19.000 metros de
altitud y provocó rachas de viento variables de hasta 125 Km/h. Las llamas
avanzaban a 30 Km/h. Un infierno literal recalentado por las insólitas
temperaturas que achicharran el país.
El
cultivo y la ganadería tradicionales -artesanos- llevan décadas reposando en
los cementerios románticos de los que no existe constancia de que haya
resucitado ningún exquisito cadáver de los que allí descansan en paz. Los
panteones o los nichos con los cencerros y las azadas oxidadas a la intemperie,
sin manos expertas y abnegadas, pocos las velan para destripar terrones o pastorear
recuas de ganado. Rehacer el ecosistema campesino en el contexto actual es un
sueño que me atrevería a calificar de inviable. Ni los neorrurales de la
lechuga y de la cabra han podido sobrevivir. El desastre y el abandono son
monumentales porque las pequeñas tareas que la prevención requiere no son
rentables, una obsolescencia funcional difícilmente recuperable de la que nos
lamentamos cuando aparece, incendio tras incendio, el lobo en llamas.
Hace
días que los hombres del tiempo con la potente capacidad y el altavoz de los
que disponen para crear opinión y acojonar a la audiencia van escalando los
gráficos con los registros de los récords de temperatura nunca alcanzados hasta
estos días Calor, humedad y bochorno en los hornos con cédula de habitabilidad en
que se han convertido la gran mayoría de hogares pensados i construidos con materiales
y técnicas de antes del cambio climático. Empeñarse en negar este desastre es
cada vez más una cuestión de fe. Las evidencias dibujan con sudor un mapa en
las espaldas de la geografía humana sin dogmas en la ropa de quien trabaja en
el exterior o de los privilegiados que sin más pasean o ejercen de turistas
asfixiados en las aceras buscando las sombras esbeltas de un semáforo.
Sufrimos,
pues, una ola de calor con temperaturas anormalmente altas durante un período
prolongado. Los episodios de este fenómeno meteorológico son cada vez más
frecuentes e intensos con impactos significativos en la salud, el medio
ambiente y la sociedad. Colectivos como las personas mayores, los niños y las
personas con enfermedades crónicas se convierten en el blanco preferido y más
débil que deben ser objeto prioritario de espacios acondicionados y con medidas
específicas. Dejarles asiento en el transporte público, refrescarlos como
geranios de invernadero y ventilarlos cual delicadas alfombras persas evitando
la exposición al sol en las horas centrales porque son material demasiado
sensible que se puede lastimar.
Habrá
que adaptarnos, mejorar los aislamientos en edificios y crear espacios de
verdura urbana que reduzcan el impacto del calor. Si fuera posible y si todavía
estamos a tiempo, deberíamos combatir el calentamiento global con acciones
individuales reduciendo las emisiones o economizando el agua. ¿Seremos capaces
de mitigar este fenómeno? Un reto también global que pide urgentemente
respuestas en prevención -o de resignación- para protegernos a nosotros mismos
y al planeta, un enfermo en las unidades de cuidados intensivos sin un
pronóstico esperanzador y con mala cara.
¡Que
este verano nos sea llevadero!
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