lunes, 30 de junio de 2025

Mapa sudado de la geografía humana.

 

En un mes ya se ha producido la escalofriante cifra de 1.059 incendios -incluida la vegetación urbana-, una cantidad que representa más del doble que el año pasado. Este martes el protagonismo lo sufre la comarca de la Segarra con dos víctimas mortales y más de 5.500 hectáreas quemadas. Vuelve el chamuscado ritual de verano repartiendo las culpas y buscando soluciones ideales. Este año, sin la contumaz sequía de los últimos años, no preveíamos este desastre tan grave que nos ha atacado agravado por la vegetación exuberante. Los fuegos de la Segarra los atribuyen a la “sexta generación”, con una potencia energética tan intensa que evaporan el agua cuando se los intenta remojar. Han producido una nube -la llaman pirocúmulo- que alcanzó los 19.000 metros de altitud y provocó rachas de viento variables de hasta 125 Km/h. Las llamas avanzaban a 30 Km/h. Un infierno literal recalentado por las insólitas temperaturas que achicharran el país.

El cultivo y la ganadería tradicionales -artesanos- llevan décadas reposando en los cementerios románticos de los que no existe constancia de que haya resucitado ningún exquisito cadáver de los que allí descansan en paz. Los panteones o los nichos con los cencerros y las azadas oxidadas a la intemperie, sin manos expertas y abnegadas, pocos las velan para destripar terrones o pastorear recuas de ganado. Rehacer el ecosistema campesino en el contexto actual es un sueño que me atrevería a calificar de inviable. Ni los neorrurales de la lechuga y de la cabra han podido sobrevivir. El desastre y el abandono son monumentales porque las pequeñas tareas que la prevención requiere no son rentables, una obsolescencia funcional difícilmente recuperable de la que nos lamentamos cuando aparece, incendio tras incendio, el lobo en llamas.

Hace días que los hombres del tiempo con la potente capacidad y el altavoz de los que disponen para crear opinión y acojonar a la audiencia van escalando los gráficos con los registros de los récords de temperatura nunca alcanzados hasta estos días Calor, humedad y bochorno en los hornos con cédula de habitabilidad en que se han convertido la gran mayoría de hogares pensados i construidos con materiales y técnicas de antes del cambio climático. Empeñarse en negar este desastre es cada vez más una cuestión de fe. Las evidencias dibujan con sudor un mapa en las espaldas de la geografía humana sin dogmas en la ropa de quien trabaja en el exterior o de los privilegiados que sin más pasean o ejercen de turistas asfixiados en las aceras buscando las sombras esbeltas de un semáforo.

Sufrimos, pues, una ola de calor con temperaturas anormalmente altas durante un período prolongado. Los episodios de este fenómeno meteorológico son cada vez más frecuentes e intensos con impactos significativos en la salud, el medio ambiente y la sociedad. Colectivos como las personas mayores, los niños y las personas con enfermedades crónicas se convierten en el blanco preferido y más débil que deben ser objeto prioritario de espacios acondicionados y con medidas específicas. Dejarles asiento en el transporte público, refrescarlos como geranios de invernadero y ventilarlos cual delicadas alfombras persas evitando la exposición al sol en las horas centrales porque son material demasiado sensible que se puede lastimar.

Habrá que adaptarnos, mejorar los aislamientos en edificios y crear espacios de verdura urbana que reduzcan el impacto del calor. Si fuera posible y si todavía estamos a tiempo, deberíamos combatir el calentamiento global con acciones individuales reduciendo las emisiones o economizando el agua. ¿Seremos capaces de mitigar este fenómeno? Un reto también global que pide urgentemente respuestas en prevención -o de resignación- para protegernos a nosotros mismos y al planeta, un enfermo en las unidades de cuidados intensivos sin un pronóstico esperanzador y con mala cara.

¡Que este verano nos sea llevadero!

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