lunes, 14 de julio de 2025

Un asunto de cuernos, San Fermín.

 

Para mantener un nivel alto de emoción hay que sentir que se ejecuta una actividad potencialmente peligrosa que nos pone en riesgo ya que de forma inconsciente -o voluntaria- nos exponemos. La exposición, según el tiempo que dure, también comporta un riesgo más considerable de sufrir sus consecuencias. Por qué nos atraen tanto estas experiencias en las que aventuramos algo más que el galanteo temerario normalmente ante un auditorio que observa maravillado las evoluciones valientes que exhiben. Ser un valiente, un intrépido que se juega el físico sin contemplaciones, acostumbra a la vez a convocar a los cobardes -a los gallinas timoratos- que somos el público incondicional morbosamente pendiente de posibles acrobacias finales dramáticas. Los toros son un paradigma de espectáculo por excelencia de este tipo de conductas.

En el ritual “canónico”, regulado por el reglamento y con permiso de la autoridad competente, que danza con la muerte en las plazas de toros todavía en activo a las cinco en punto -hora lorquiana- de La piel de toro, como dice el poeta, hay que situar el encierro singular de mayor repercusión por San Fermín en Pamplona. En muchos lugares de la meseta y, todavía, en algunas comarcas de las tierras catalanas también se juega a correr frente a los cuernos de un toro fuera de contexto. Existe sin embargo el divertimento más cruel de prenderle los cuernos para mayor lucimiento nocturno. Verdugos de toros en la oscuridad que se exponen. Pamplona debe el prestigio internacional al escritor premio Nobel Ernest Hemingway, un corresponsal estadounidense asiduo de Pamplona, amigo y confidente de toreros, de las siluetas publicitarias con un toro negro gigantesco y del brandy de Osborne que salpican la geografía de La piel de toro exceptuando a Catalunya donde han sido abatidos, como las corridas.

Los encierros gozan algo más de democrático que las aristocráticas corridas de toros con mantilla, mantón de Manila, habano y clavel en la solapa. No tienen un aforo limitado -numerus clausus-, son gratuitos, no debes elegir ni abonar el privilegio de ocupar un asiento de sombra. No hay trofeos ni rankings, no se cuentan las orejas -o el rabo- cortadas por una figura del escalafón taurino si no son las machucadas por una cornada fortuita a un corredor sin reflejos y ahora sin oreja. Puntuales, una escrupulosa característica tradicional en el mundo de los toros bien alejada de la precisión ferroviaria habitual o administrativa; tiran un cohete y se abre la puerta del corral coincidiendo con la señal horaria de Radio Nacional de España. La marea de corredores con el corazón alborotado, piernas socorredme, esquiva el miedo freudiano calle arriba. Unos minutos para echar el hígado por la boca y dejarse atropellar por la riada con un periódico caducado en la mano o -peor- por un animal cornudo de proporciones paquidérmicas mientras los atletas de la temeridad sudan adrenalina pura.

La afición convierte Madrid en la ciudad de los toros de veras, pone la lupa en el toro protestando airadamente en cuanto un animal sale a la plaza con el más leve indicio de cojera atacado por un inoportuno calambre puntual. En Sevilla el foco son los toreros, los maestros del pase i del lucimiento. En Pamplona, seguramente por aquello de la democratización popular de la fiesta nacional, no son tan exigentes ni con los toros ni con los toreadores. Vienen de contrastar el peligro de los encierros en las sesiones matinales, de magrear literalmente la mercancía. Para impresionar las graderías navarras hay que exponerse y llamar mucho la atención del respetable que está más por zamparse unos pantagruélicos tentempiés con exceso de colesterol o interpretar música de charanga frecuentemente ajena a los pasodobles toreros que correspondería. En esta edición ha hecho fortuna la Chica Ye-Ye de la Concha Velasco. La tragedia tragándose la merienda con fundamento o los conciertos sinfónicos para banda sin solfa callejera se imponen al tronío, al donaire y al garbo que pautan el ritual torero sin complementos ordinarios más propios de la vulgaridad populachera.

 Un tronío que no soporta comparaciones entre el traje que ilumina a las figuras con el de los corredores destartalados que ejecutan esforzados estiramientos musculares por si acaso, que la desgracia no los pille fríos y no los acabe enfriando del todo a pesar de la protección del Santo con su capote milagroso. El donaire tiene algo de estatuario, de quietud estática, actitudes que no participan del vapuleo atolondrado de quienes corren sin método ni buenos modales en los encierros; en las últimas ediciones es tendencia, como se dice ahora, hacerse una selfie pegado al resuello de un toro. El garbo viene dibujado por la capacidad de moverse con gracia mesurada, un ballet funerario dedicado a quien sacrificarán a punzadas de espada torpe.

Unos y otros tienen en común -¿un mérito?- que se exponen bien conscientemente al peligro con gran riesgo. Un controvertido asunto de cuernos muy feo en contra de los animalistas antitaurinos que se agrava si añadimos las connotaciones de género que chirrían por la aplastante ausencia de mujeres trotando para huir de la acometida. En la esencia formal debe subyacer la exposición ostentosa del paquete testicular i una coleta adosada al cogote. Dado que nada parece casual lo dejo rumiando a qué lado llevan recogido -arrimado- el paquete al cual aludíamos los maestros de la tauromaquia. Para gallear exponiendo la virilidad se debe de tener, como decía el abuelo entendido, cojones, un atributo bien masculino.

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