Algunas
sabandijas no necesitan revivir ya que no se han ido nunca, encarnizadas y pringosas
no salen ni con agua caliente y lejía. Son unos parásitos con los que nos hemos
acostumbrado a convivir como los piojos de posguerra difíciles de aniquilar
prosperando hasta nuestros días en las cabecitas angelicales de nuestros niños
cuando regresan infestados de la escuela. Sanguijuelas y afines viven de
chuparnos con más o menos habilidad y diferentes estrategias la sangre. El
sindicato de los buscadores de setas recientemente también nos alerta de las
garrapatas. Con la bonanza, el calor y la humedad estivales éstas se columpian
altivas en las ramas bajas para caer en picado como drones rusos -o ucranianos-
sobre las confiadas nucas desprevenidas, no necesitan ningún tipo de
provocación.
Son
especies de natural vividor expertas en subsistir del sudor ajeno. Los
individuos más exitosos en estas artes gozan de prestigio y llegan a alcanzar
grandes cotas de poder en la colmena con una destreza de admirar para esconder
la miel sustraída. Actúan sigilosamente a espaldas de las abejas obreras embaucadas
por los rituales y el zumbido seductor de esos ladrones espabilados. La fábula
nos muestra que en este país no por cambiar de colmena ni de reina se les pueda
aislar. Algunas obreras hacen más horas que un reloj mientras los zánganos nos
ponen la miel en la boca pero no nos la dejan probar.
Trasladar
la fábula al plano político es un ejercicio tan elemental como pasar el peine
espeso por la cabeza piojosa de nuestras criaturas. Éstos no desaparecen y
algunas garrapatas vuelven cíclicamente. Es el paisaje pintoresco de la
corrupción recurrente. Se les puede detectar en la fotografía de grupo como
zánganos revoloteando al abrigo de los panales donde habitan el poder y la
tentación. No acabamos de entrar en los sobornos “traviesos” para llegar a la
arquitectura “ejemplar” de cómo reescribir las tablas macroeconómicas que un
ministro rompió bajando de la montaña. Como podría proponer Groucho Marx:
Señoras y señores, estas son las leyes. Si no les gustan os puedo ofrecer otras.
La
reina de una colmena autonómica que disfrutó de un chalet con piscina en la
sierra madrileña propiedad de la Comunidad sin estar avalada normativamente se
defiende y exhibe el aguijón. Se ha dedicado a la vida doméstico-contemplativa
sólo dos días, se ha traído la fiambrera de casa y ha cenado en un restaurante
del pueblo. Añade que ha comprado víveres con “mis medios” en un supermercado
local. Modélico. Es de lamentar por cómo la maltrata la oposición. La pregunta
definitiva es si hizo la colada, lavó las sábanas, las planchó y las dejó en el
guardarropa bien dobladas. Incidiendo y retorciendo -que no es mi voluntad- se
la podría recriminar por si no recicló el remanente del táper y no separó
correctamente la basura.
La
vida en una colmena es complicada y muy compleja. Es necesario, en ocasiones,
sacrificar algún soldado con rango. Para no hilar más fino, el crucificado
puede convertirse en el blanco sin más matices. Ya tenemos al culpable en
singular, pero el sistema que lo propicia es poco fiable si no se ampara con
mayor seguridad, transparencia y garantías. El despropósito de la asignación de
los docentes en Catalunya ha sido una sacudida -intencionada o por
incompetencia- muy poco afortunada que tampoco fomenta la confianza en las
instituciones.
Mientras
el sol de julio nos tuesta, las encargadas de producir la miel van laborando
con contenida alegría concentrada. Todo tiene consecuencias. Se producen
reacciones que, por ahora, todavía no alcanzan la categoría de revuelta social.
Sin embargo, se han detectado algunas actitudes que quieren ser el reflejo del
malestar vigente mientras las autoridades, echando balones fuera, atribuyen a
un reto viral. En varias piscinas públicas de pueblos y ciudades diversas se ha
descubierto que presuntos "líderes" de la protesta y de la
reivindicación defecan en ellas. La situación, de hecho, es para cagarse, pero
no en la piscina pública, por favor, que nos remoja -empuerca- a todos, como la
corrupción.
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