Una voz femenina aterciopelada, de las que transmiten mensaje y sosiego al mismo tiempo, recibe a los convocados ejecutando estrictamente una planificación extremadamente cuidadosa. Nadie se anticipa o rompe el orden establecido por el que habían sido convocados con una puntualidad sublime. Ya se ve que la convocatoria no es fruto de una improvisación caótica o fortuita, al contrario, el rígido control con protocolos severos no consiente el error.
La voz de efectos balsámicos, a medida que los invitados llegan sin colas ni conglomeraciones, los va distribuyendo por accesos diferenciados desde una antesala de proporciones faraónicas. Un espacio luminoso sin estridencias cromáticas, neutro, que transmite eficiencia y seguridad, que no produce ni frío ni calor, confortable de espíritu. Nadie se atreve a no hacerle caso porque todo ello, la voz sin rostro y la atmósfera, inducen a un estado de relajación venturoso cercano a la felicidad absoluta. Una especie de paz perpetua para los elegidos a la que te aferras anticipadamente sin saber si serás uno de los predestinados. Consiguen, sin embargo, que desde la incertidumbre te creas feliz y seguro; algo, para compararlo con eventos singulares, que ahorra los tumultos y las trifulcas propias del primer día de una campaña de rebajas en unos grandes almacenes, el acceso a un concierto o a un partido de futbol multitudinarios.
La voz, bien asesorada, mejor informada y absolutamente justa, te dirige a unos accesos de medida más humana bien delimitados donde no coincides con nadie. Es el breve instante en el que la soledad desgarradora se percibe más imponiéndose como compañera de viaje a la eternidad hasta que te acoge con los brazos abiertos una silueta blanca y luminosa -también neutra- envuelta en un equipo de protección individual y una pantalla facial borrosa. Con los ojos medio velados se hace difícil saber si se trata de un hombre o de una mujer -o ambas cosas a la vez-. Por un momento he pensado que es la personificación angelical de la voz satinada con las alas replegadas debajo de aquella protección excesiva.
Me hizo desabrochar la manga blanca de la impoluta camisa del color nube Windows y me instaló en la muñeca una pulsera con un código. Previamente tuve que demostrar que era yo mismo y no se trataba de un impostor para que también me entregara una tarjeta con un código QR, aquellos tableros incoherentes de ajedrez que pueden contener tu vida y milagros comprimidos. Tuve que perseguir una línea que flotaba ingrávida hasta una recámara donde otro ángel -o àngela- misterioso introdujo mis datos en la terminal de la supercomputadora más grande de las que catalogan y recuentan. Después con parsimoniosa gestualidad como de algodón me llevó a un espacio abierto ajardinado donde me dejó para que pastara en el césped de un verde también color Microsoft. No sabría decir cuánto tiempo estuve con el corazón encogido mientras no llegaban los resultados de aquella analítica existencial.
-No puede pasar, usted es positivo -dictaminó la voz ya familiar de la recepción. La pulsera había cambiado a un color sospechoso, desvaído, ya no me permitiría acceder. Había probado los prolegómenos pero no tenía acceso al cielo armónico de los justos. Podría disfrutar de una segunda oportunidad si no me emponzoñaba el virus, se lo repensaban o me aceptaban en la próxima edición.
Paralelamente -yo diría que en una dinámica muy similar y plagiada- a los afortunados del Festival Cruïlla les comunicaban que "el resultado de tu test de antígenos es negativo. Hemos vinculado el resultado del test a tu pulsera. Ya puedes acceder al recinto. Recuerda que el uso de mascarilla es obligatorio siempre que no puedas respetar la distancia de seguridad en el festival". Un salvoconducto al paraíso de los conciertos musicales masificados celebrados en la tierra en una estrambótica desescalada postpandémica.
Contrariado en primera instancia, aproveché para echar un vistazo a ese escenario bien alejado de una obsoleta divina comedia dantesca. Nada que ver, se parecen como un huevo a una castaña. Allí arriba, pude comprobar, han integrado la última y novísima tecnología del siglo XXI. De la visión renacentista retorcida de Dante al minimalismo operativo pasando por la posibilidad de hacer turismo -por ahora- sólo con Virgin Galáctico. Yo diría que presencié el vuelo veloz de una nave aerodinámica con un sonriente Richard Branson saludando desde la ventanilla de mando. El magnate pretendía mantener un encuentro de trabajo con el director general, con San Pedro -el de las llaves-, para garantizar el monopolio del servicio, fijar la agenda de los trayectos y concretar las visitas guiadas con el portero celestial en persona. Me parece que no se salió con la suya. Que los altos cargos, de quien todo el mundo habla y pocos conocen, te hagan caso es casi imposible. A pesar de la negativa, Sir Richard Branson ha declarado a la vuelta que mantiene el contacto con San Pedro para tratar de llegar a un acuerdo de mínimos. Algo posible si tenemos en cuenta el dicho: pagando, San Pedro canta.
Superado el trance, soy consciente del privilegio de haber podido curiosear entre los rincones del procedimiento vigente en materia de juicios finales, que son permanentes y muy ásperos. Arrepentíos, pues, porque aunque la supervisión de los pecados vintage por los dioses todopoderosos -y a vosotros hermanos- por culpa mía, de pensamiento, palabra, obra u omisión hayan sido descatalogados casi por completo, ahora es vigente la convalidación del tuiteo y de cualquier interacción azarosa en las redes, cosas de las tecnologías que vienen a reemplazar la confesión y la penitencia.
No me hagais demasiado caso ya que no dispongo de una certeza demostrable, pero yo aseguraría que el peaje hacia el juicio final se ha vuelto ecuménico del todo. La misma ley del embudo para todos, sólo el color de la pulsera delata qué catálogo del arrepentimiento te aplicarán según comulgues con el catolicismo, el islamismo, el hinduismo, el animismo o, en un arrebato prepotente, te declares ateo por gracia divina ya que parecería evidente que la vida eterna está gestionada por voluntades superiores trascendentales -también la posibilidad de la reencarnación aunque sea en un pedrusco de solana en primera línea de mar con bronceadas vistas epidérmicas-.
Me lo estoy inventado un poco a pesar de que el grado de satisfacción por la experiencia limita con la excelencia. ¡Qué organización más esmerada! Me arriesgaría a decir que el Más Allá se fundamenta en un sistema piramidal de accesos entre la multitud de laberintos estancos dispuestos en un edificio de capacidad infinitamente formidable. De los bajos azufrados, malolientes y ajetreados como la sala de máquinas de una nave condenada a navegar eternamente por las entrañas al rojo vivo en los mares de magma incandescente cargados de cadenas gruesas alimentando su voraces calderas sin parar. ¡Ensordecedor, pesado y abrasador!
En la ascensión progresiva las almas remontan levitando hacia el ático donde llevan una existencia etérea y ventilada regaladas en un paraíso reencontrado sin manzanos y con todos los placeres sensuales al alcance que nos podamos imaginar. El cielo de los justos donde al chirriar de las cadenas inaudible se sobrepone la magia de la pulsera dorada contactless del todo incluido. Supondréis que en las plantas intermedias de la gran pirámide van tirando la indecisión, la duda y la parsimonia burocrática mientras el tribunal no acaba de decidir dónde te instalan definitivamente. Aquí reside una gran masa de irresolutos que pasean sus pecados pasillo allá, pasillo acá, cabizbajos con las manos en la espalda, pensativos y arrepentidos. ¿Quién no quiere subir al cielo?
Sin embargo, por si acaso se trata de un espejismo bien ingeniado para aliviar las miserias humanas, ¡quien tenga prisa, que pase delante!
¡Buen verano!
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