sábado, 31 de julio de 2021

Perfumes de verano.

Amortiguada la uniformidad laboral nos sumergirnos en el tedio estival que rompe algunas rutinas. Básicamente cambiamos la monotonía y los hábitos en un país que durante agosto permanece casi cerrado por vacaciones. Bajamos la persiana y detenemos el tiempo en una contradictoria hibernación estival atenuando la actividad. Un periodo en el que nos hemos que definir, por imperativo vital, necesariamente felices con la panza al sol mientras las rítmicas olas saladas nos relamen y nos acunan el ombligo.

Flota en la brisa marinera una mezcla de olor a mejillón y de alga macerada con aceites de protección solar para combatir el sofoco ultraviolado. El hechizo acompasado del mar, de latido encrespado, sólo perturbado por las atronadoras motos de agua salada, desbrozadoras marinas o serruchos de olas rebeldes que zarandean el medio y vuelven obsoletos los caballos de mar, cabalgadas temerariamente por leñadores inútiles. La playa es el contrafuerte al horizonte rebozada con arena y epidermis pacientemente tostada de lado a lado.

Por contraste, acostumbrados a la montaña, a los pescadores de arroyuelo nos aturde el perfume de la hierba recién cortada de los bancales que desaguan uno encima del otro como saltos de verdura ácida salpicada de amapolas y diente de león. O las riberas con pozas estratégicas donde se sumerge la adolescencia valiente en una danza que marca el territorio de la inocencia encantadora. Si aplicáis el oído, un concierto de cencerros hambrientos de una manada de vacas pasta compitiendo con las campanas a la hora del ángelus, de un sereno repique sagrado. O el ladrar receloso de un chucho que delata la intromisión.

Perfumes de verano un poco marchitos, secos y en decadencia que preludian que el estallido álgido de la naturaleza también está de vacaciones cuando el calor y la poca humedad propagan las cenizas como un enjambre de mariposas grises que atufan el paisaje chamuscado, hecho en la brasa. Una elegía triste, sin color y fúnebre que carboniza la tierra y los bosques.

Maridando el contraste entre la tierra alta y la costa salada, las noches de verano, nos llega puntualmente la cantada de habaneras. Un evento festivo que reúne en la plaza, como las sardanas, a un público concreto que peina canas y está por el compás marinero de pescadores cansados ​​al ritmo isleño cargado de nostalgia indiana. Por la noche demasiado fresca de este inicio de agosto, parece que me alcanza el perfume del ron quemado.

 

 

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