jueves, 15 de julio de 2021

Entrenadores sin banquillo.

La vida sin campeonatos de fútbol resueltos en el último segundo es menos llevadera. Volvemos a la cotidianidad insípida sin entusiasmos musculados. Despojados de emociones, ya podemos lavarnos la cara y planchar la camiseta con la esperanza trepando en la bolsa de los hitos deportivos pendientes. ¿Y el himno? No ha sido un talismán que conjurara jugadas que se concretan en goles a pesar de la retórica inmortal cuando es recitado -aquellos que tienen letra- con una pompa y un furor casi bélicos. En esta edición de la Eurocopa he echado de menos a Sergio Ramos, el paradigma de la solemnidad máxima en estos rituales por como mira al infinito convocando a los espíritus de la patada con la mano en el pecho.

Creo que este deporte, que se juega fundamentalmente con las extremidades inferiores, ha entrado en un nuevo ciclo. Después de este campeonato de alcance continental la dinámica del juego permanecerá asociada -también lo ha sido la final- a las prórrogas y a los penaltis. Se abre una nueva época que reescribe las estrategias del juego cuando la gloria deportiva pasa por adivinar por donde llegará el cañonazo envenenado del valiente de turno. Estos, el responsable último con el portero, ya no están sometidos al juego de conjunto, se trata de la responsabilidad unipersonal sin jugadas ensayadas. Son sólo el lanzador y el portero, aislados, en la inmensidad de la portería en un duelo intimidatorio con saltitos ornitológicos, mensajes hirientes y miradas amenazantes que fulminan.

El mundo para de dar vueltas por unos instantes al compás de unas zancadas con el estilo de un bailarín y con el vuelo airoso de un gigante enguantado que si la acierta, la atina. Con un carácter cercano al lanzamiento de una moneda a cara o cruz -esta por los perdedores- se resuelve un resultado que a menudo no es de justicia estrictamente redonda -por la pelota- con la alegría desatada de los afortunados y el desplome emocional de los derrotados. Justo en ese instante, el último, el mundo retoma la rotación y vuelve a respirar contagiado por cómo les ha ido a los semidioses del fútbol. Del desespero a la celebración porque la pelota como un Sputnik fuera de control agujerea la red o sale disparado por la atmósfera hacia la oscuridad sideral donde dicen que no existe la gravedad ni el consuelo.

En el contexto, me tienen el corazón robado los profetas del fuera de juego, los entrenadores sin banquillo y los profesionales de la retransmisión deportiva en directo. Con un punto de parcialidad casera se desgañitan interpretando la partitura con una única nota: ¡Gol! ¡Cuánta capacidad para dilatar el alarido o los reproches a un pase torpe! Unos doctorados en estrategia que nos ilustran, a los ignorantes en materia deportiva, sin los cuales no podríamos disfrutar de la letra pequeña de la jugada o de las espesas sutilezas del reglamento. Se convierten en unos jueces de sentencia improvisada como los árbitros, pero sin silbato.

Lo que más me inquieta es como aquel clásico "pan y circo" de los emperadores romanos tuvo y tiene toda la vigencia a lo largo de la historia de la humanidad. Si no existiera la válvula que descomprime las tensiones sociales, incluso las injusticias y la misma pobreza -con menos pan con tomate que espectáculo- deberíamos inventarla. Qué empuje fundamental a la pizza, a pesar de ser un plato imprescindible de sofá y de día de partido, ahora con el campeonato en el bolsillo. Este manjar tradicionalmente de pobres, pan con queso básicamente, se ha legitimado haciéndonos sentir, al mismo tiempo, un poco italianos y vencedores mediterráneos contra la pérfida Albión con el Brexit consumándose.

La repercusión en la calle, en los centros neurálgicos y en todos los ámbitos que comparten la victoria del equipo se convierten en césped sagrado mientras que las camisetas, las bufandas y las gorrillas, en escapularios o reliquias curativas para mayor gloria pagana del santo patrón.

 

 

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