En medio de la
complicada movilidad de los días, ha sido noticia que Joan Gaspart, el magnate
hotelero que ejerció de presidente del Barça, a los 74 años ha cogido el metro
por primera vez. Ha declarado que "no es tan trágico". Ilustra la
noticia una fotografía del personaje literalmente aferrado a la maleta, que la
sostiene firmemente con ambas manos, y sentado. No hay indicios de si el asiento
es una plaza reservada a personas sensibles, por la edad o por la condición. La
cara de susto delata el momento dramático, el trance, por el que ha tenido que
pasar. Una nueva experiencia vivida en un ruta siniestra desde el aeropuerto al
centro de Madrid. Una emoción ciertamente intensa a pesar de los trayectos que
no ha saboreado con un punto más de adrenalina, la de las líneas con un
microclima más canalla, con compañeros de viaje que no te ceden el asiento y
sólo mirarte te hielan el coraje mientras estás dispuesto a entregarles el
equipaje o la cartera sin aspavientos. La emoción fuerte de elegir entre la
maleta o la vida.
¡Ay, las
primeras veces! Como ver el mar. Yo conozco a un abuelo del Ripollès que no la
ha visto nunca, la mar. No ha tenido la necesidad de llegar hasta Roses a
remojarse los tobillos o de probar las exquisiteces de palangre que sirven en algún
establecimiento de comida en la costa. Y también ha sobrevivido, como Gaspart.
He tenido la tentación de llevarlo a visitar la balsa inmensa donde, según él,
podríamos abrevar a todos los borricos de la partida montañesa si el agua no
poseyera el regusto salobre que produce en el paladar. Todo lo que tiene de
encantador, lo tiene de amargo.
Las primeras
veces... Lo que nos maravilla y nos sorprende, que se fija en la memoria como
un hito existencial, una referencia vital con un punto de melancolía que ya no
se volverá a repetir con la misma intensidad. Hago al nómada Joan Gaspart, así
que termine la tregua del taxi, camuflado de viajero anónimo sin equipaje
quemando unas T-10 convertido en un arriesgado aventurero del subsuelo
metropolitano barcelonés. Me lo figuro mecido por la atmósfera espesa en un
convoy prieto desafiando los servicios mínimos de la huelga durante la semana
del congreso mundial de los móviles. ¡Menuda vivencia!
Las primeras
veces... Que subimos a un vehículo, por ejemplo. El vértigo, el ruido y, sobre
todo, la temeridad de cruzar un puente o de penetrar un túnel. La incertidumbre
de si aquellos avances de la ingeniería soportarían el peso del coche o de si
el agujero en la montaña no era el atajo que nos llevaba de golpe al infierno.
Cuántas criaturas nacidas en las últimas décadas tienen la conciencia de la
primera vez que montaron en un coche, por ejemplo. Los bebés de finales del XX
ya nacieron todos con ruedas, como los del XXI lo hacen adosados a un
patinete.
Sin embargo
algunos recordamos con la nitidez propia de los aparatos de la época la primera
vez que vimos un televisor. A los niños de pueblo estas maravillas nos llegaban
más tarde y mal. Se tenía que adivinar qué era lo que entre el chisporroteo
gris, una nevada electrónica permanente, emitían. O la llegada del primer
magnetófono que registraba la voz, un loro enchufado que repetía la cantinela
de groserías o los chistes que se le dictaban. ¡Qué risa! -¡Capullo! -¡Capullo!
Chillaba el chisme de la voz metálica.
Llegados a
cierta edad me pregunto qué o qué primera vez de la que aún estamos en ayunas
tenemos pendiente. Bienaventurado Joan Gaspart a quien el conflicto del taxi le
ha ofrecido esta oportunidad. Me doy cuenta de que en el catálogo de primeras
veces por resolver suele pastar la frustración. Seamos osados, atrevámonos a
desafiar la inmensidad del horizonte salado. Hagamos cola en el andén de la
esperanza sintiéndonos privilegiados de poder coger el metro en hora punta o el
cercanías con destino a Ocata Beach.
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