lunes, 14 de enero de 2019

Un asunto de peso.


Las autoridades sanitarias advierten que, si la tendencia no cambia, en 2030 tendremos un problema de sobrepeso. El 80% de los hombres y el 55% de las mujeres en España de edad adulta sufrirán un exceso de quilos. Un problema de calibre y de masa corporal en expansión, avasallando espacios comunitarios como la porción del asiento en los transportes públicos, que medida en volumen -la cantidad de atmósfera contaminada o de agua de mar microplasticosa que desplazamos- significa que algunos pasearemos un corpachón el doble o el triple de grueso que aquellos que no han excedido los cánones que se prescriben para unas medidas diríamos "normales" o saludables.

 Los álbumes históricos de belleza reunidos en los museos nos ilustran de cómo eran los referentes anatómicos por los que suspiraban nuestros antepasados. Me pregunto si las tres gracias de Rubens soportarían la visita meticulosa de una endocrina midiéndoles la altura, el peso y controlando los niveles de glucosa en sangre. Me imagino el temor y el estupor causado por las amenazas a las que se exponen provocadas por las profecías de la especialista y por la gravedad, la enemiga implacable de la corporeidad con más atracción fatal. Algún estudio con fundamento nos debería desvelar si estas graciosas protagonistas inmortalizadas por Rubens acabaron desarrollando la diabetes mellitus o cierto grado de hipertiroidismo. 

En las primeras décadas de la posguerra estar orondo era un indicador de poder y de solvencia económica, la evidencia de que en casa se comía caliente, abundantemente y con pan blanco. Algo que la mayoría de mortales no se podían permitir. Sin embargo, está demostrado que los cánticos patrióticos de la época no engordaban porque eran muy bajos en calorías sociales y el himno nacional -aún vigente- por no tener no tiene ni letra. Puede suponerse que un cocido sin verduras ni garbanzos no tiene demasiada virtud gastronómica.

Hoy en las sociedades que no padecemos hambre, si olvidamos aquellos países donde el hambre es endémico o aquellos colectivos cercanos más vulnerables insertados en la opulencia y el consumo, la imagen contrastada respecto de aquellos es de escándalo si paseamos por los comercios extraordinariamente bien surtidos con todo tipo de productos y accesorios muchos de los cuales son prescindibles y nocivos como los procesados ​​o las bebidas azucaradas. Digamos que en las cartas y los precios de los restaurantes de referencia gastronómica también habría que añadir una propina astronómica -y solidaria- por haber cometido algún pecado capital más al de la gula, el de soberbia. 

La amenaza de la obesidad conlleva un sobrecoste económico, un gasto sanitario que cifran en un 2% del presupuesto sanitario estatal, el 7% del de la Generalidad de Cataluña, por las enfermedades que se derivan. ¿Comemos peor o tenemos menos recursos sanitarios, los catalanes? Los entendidos defienden nuevos impuestos a los alimentos menos saludables y cierta protección a los que componen las dietas sanas. Deberíamos engullir menos, mejor y practicar ejercicio regularmente. La cantinela que tenemos bien aprendida pero que cuesta tanto de practicar. Vendidos y digeridos los turrones, resucitan las recomendaciones. Siempre hay quien se anticipa y, preventivamente, ya se toma el carajillo de la festividad de Reyes con sacarina.

Hagámosles caso, pues. Moderémonos. Pensemos que si el espíritu o el alma viven encarcelados en la carne, tengamos los barrotes bien accesibles, fáciles de romper. Lo dicho, si tenemos que pasar después de un camello por el ojo de una aguja, que el trance nos encuentre lo más aerodinámicos posible. 

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