Las autoridades
sanitarias advierten que, si la tendencia no cambia, en 2030 tendremos un
problema de sobrepeso. El 80% de los hombres y el 55% de las mujeres en España de
edad adulta sufrirán un exceso de quilos. Un problema de calibre y de masa
corporal en expansión, avasallando espacios comunitarios como la porción del
asiento en los transportes públicos, que medida en volumen -la cantidad de
atmósfera contaminada o de agua de mar microplasticosa que desplazamos-
significa que algunos pasearemos un corpachón el doble o el triple de grueso
que aquellos que no han excedido los cánones que se prescriben para unas
medidas diríamos "normales" o saludables.
Los álbumes históricos de belleza reunidos en
los museos nos ilustran de cómo eran los referentes anatómicos por los que
suspiraban nuestros antepasados. Me pregunto si las tres gracias de Rubens soportarían la visita meticulosa de
una endocrina midiéndoles la altura, el peso y controlando los niveles de
glucosa en sangre. Me imagino el temor y el estupor causado por las amenazas a
las que se exponen provocadas por las profecías de la especialista y por la
gravedad, la enemiga implacable de la corporeidad con más atracción fatal.
Algún estudio con fundamento nos debería desvelar si estas graciosas
protagonistas inmortalizadas por Rubens acabaron desarrollando la diabetes
mellitus o cierto grado de hipertiroidismo.
En las primeras
décadas de la posguerra estar orondo era un indicador de poder y de solvencia
económica, la evidencia de que en casa se comía caliente, abundantemente y con
pan blanco. Algo que la mayoría de mortales no se podían permitir. Sin embargo,
está demostrado que los cánticos patrióticos de la época no engordaban porque
eran muy bajos en calorías sociales y el himno nacional -aún vigente- por no
tener no tiene ni letra. Puede suponerse que un cocido sin verduras ni garbanzos
no tiene demasiada virtud gastronómica.
Hoy en las
sociedades que no padecemos hambre, si olvidamos aquellos países donde el
hambre es endémico o aquellos colectivos cercanos más vulnerables insertados en
la opulencia y el consumo, la imagen contrastada respecto de aquellos es de
escándalo si paseamos por los comercios extraordinariamente bien surtidos con
todo tipo de productos y accesorios muchos de los cuales son prescindibles y
nocivos como los procesados o las bebidas azucaradas. Digamos que en las
cartas y los precios de los restaurantes de referencia gastronómica también
habría que añadir una propina astronómica -y solidaria- por haber cometido
algún pecado capital más al de la gula, el de soberbia.
La amenaza de
la obesidad conlleva un sobrecoste económico, un gasto sanitario que cifran en
un 2% del presupuesto sanitario estatal, el 7% del de la Generalidad de
Cataluña, por las enfermedades que se derivan. ¿Comemos peor o tenemos menos
recursos sanitarios, los catalanes? Los entendidos defienden nuevos impuestos a
los alimentos menos saludables y cierta protección a los que componen las
dietas sanas. Deberíamos engullir menos, mejor y practicar ejercicio
regularmente. La cantinela que tenemos bien aprendida pero que cuesta tanto de
practicar. Vendidos y digeridos los turrones, resucitan las recomendaciones.
Siempre hay quien se anticipa y, preventivamente, ya se toma el carajillo de la
festividad de Reyes con sacarina.
Hagámosles
caso, pues. Moderémonos. Pensemos que si el espíritu o el alma viven
encarcelados en la carne, tengamos los barrotes bien accesibles, fáciles de
romper. Lo dicho, si tenemos que pasar después de un camello por el ojo de una
aguja, que el trance nos encuentre lo más aerodinámicos posible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario