Calma. Mucha calma. Ya
sé que cuesta mucho mantenerse con la cabeza fría ante la respuesta con la que
los aparatos judiciales del estado contestan a los silencios políticos de este.
La asepsia independiente del poder ejecutivo respecto del judicial mantiene un
equilibrio de funámbulo temerario y muy en precario. Las maneras como se han
encerrado los representantes de las sociedades civiles, los consejeros y el
vicepresidente del gobierno catalán cuestionan sino esta imparcialidad, la
estética judicial en caída libre sin red y sin proporcionalidad . Ya lo explican y lo argumentan los entendidos en
leyes y los abogados de los encausados ante el trato procedimental de que han
sido objeto. Me lo ahorro.
No por posible -así ha
sido- la sacudida emocional, la impotencia, la tristeza y la rabia nos han
atacado tras trascender la noticia. Con un "¡Todos a la cárcel!" premonitorio y vergonzoso los técnicos
hacían pruebas de sonido en una de las sedes judiciales protagonistas de
Madrid. ¡Feo! Hoy algunos tertulianos en los medios -insólitamente también en TV1- no han podido sustraerse a la
pregunta del día después respecto de para qué sirve la furibunda y desmedida
acción judicial de la Audiencia Nacional. ¿A qué contribuye este despropósito?
La respuesta inmediata han sido las rabiosas caceroladas y las diversas
concentraciones tumultuarias, que se
permitían cinco gramos de siesta, aparentemente aturdidas con los brazos un
poco decaídos.
Al error grueso, en mi
opinión, que ha retroalimentado la causa catalana existen efectos colaterales y
gestos que hieren el elemental comportamiento que las personas nos merecemos.
Al talante estético -el diseño nos enamora-, que nos caracterizó a los
catalanes en aquellas manifestaciones de los 11-S, podemos contrastar algunas
maneras burdas que intensifican los gestos volviéndolos más dolorosos. Las
redes están llenas de descalificaciones mutuas mientras se ha helado la
revolución de las sonrisas y los claveles se han marchitado en las aceras. Las
cámaras carroñeros de alguna cadena televisiva persiguiendo a los hijos de
Junqueras en la escuela justo el día siguiente al que les han encarcelado al
padre. Los personajes que celebraban con banderas la llegada de los detenidos y
las detenidas a la cárcel. Los gritos de Viva
España que no podían encarcelar los muros de la penitenciaría emitidos por
algunos reclusos. Los comentarios denigrantes de unos agentes mofándose de los
detenidos cuando custodiaban la salida del convoy de la Guardia Civil hacia
varios centros penitenciarios de Madrid en una dispersión nada inocente
-aplicada a los terroristas- que durante el recorrido se repensó.
Cómo puede llegar a
convertirse en miserable la reacción humana respecto de aquellos con los que
hemos decidido declararnos enemigos sin habernos mirado a los ojos ni
compartido una arroba de sal. Y lo que más me inquieta como catalán es que la
mínima comprensión de una parte muy importante de España parece tan muda y
esporádica como la reacción de aquellas voces autorizadas -a quien también se
nos ha marchitado el flequillo desde la movida
madrileña- cuando clamábamos por la libertad y en contra de la injusticia
de todo tipo. “Ya no me escandaliza la represión del estado español contra
Cataluña. Me escandaliza el silencio cómplice de millones de españoles",
reproducen las redes. Yo se lo agradezco a aquellos españoles que sí se han
escandalizado y a los que quizás lo acabarán haciendo cuando esta cera catalana
-la que estos días arde tan inflamada- se apague y vean sus libertades
amenazadas.
Ya dije -y reitero- que
no esperaba demasiado de Europa, la oficial del club de estados, a favor del
problema interno que debe resolverse con un "diálogo" imposible. Ahora mismo la conversación y el acuerdo
es un monólogo para cazuelas.
Calma. No seamos el
pretexto para la represión violenta que algunos querrían.
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