Cuando el desconcierto busca
remedio en la multitud. Cuando la desazón obtiene cierto bálsamo gritando en un
coro de voces anónimas. Cuando la incertidumbre se apoya en el anonimato de una
mano vecina. Cuando la rabia bebe en el odio adverso... es que vivimos un
momento convulso. Extraordinariamente apasionado, pero trastornado. De
conmoción y de gran gesticulación. Inmersos en un estado de permanente
agitación emocional.
Aparece la tentación de
buscar la fortaleza personal aislada del grupo adscribiéndonos en la práctica
insolidaria de una especie de autismo social para salvaguardar las esencias íntimas
aunque difícilmente podamos zafarnos de la presión del entorno. Encapsularse en
el contexto, ignorar el ruido que nos rodea, comprar tapones para los oídos y
gastar gafas con cristal de madera es una incitación que lejos de protegernos
nos lleva por el camino de la inseguridad ciega sin saber de dónde caen los chuzos
de punta. Yo he probado de proteger los excesos que me asedian con un casco
bien grueso que he forrado con papel de plata -del de envolver bocatas- y no lo
he conseguido. La radiación informativa, el eco de los días y de los hechos, ha
traspasado la barretina envuelta en papel de aluminio cuando el rumor de los
helicópteros, aves de malagüero, taladran la paz
del atardecer.
He intentado hacer
pasar por el colador la avalancha de informaciones y de mentiras para no ser
demasiado quisquilloso en un tamiz grueso y tosco. No lo he conseguido,
separando este grano de la paja deduzco que se obtiene una harina que sólo
puede proveer las ruedas de molino con que nos quieren hacer comulgar. Del
vencer al convencer o del humillar al acordar no hay una voluntad inmediata
donde las personas encontremos un estado de confortable sosiego ni tampoco de
respeto mutuo. Por eso en la eucaristía para multitudes, donde muchos nos
sentimos amparados, está el bálsamo destilado a base de las aspiraciones -la
"rabia" individual- en la comunión para crucificar al adversario -“el
enemigo"- sea como sea. Todo vale desde la impotencia hacia el desespero y
en la beligerancia contra la razón y el entendimiento. Y si es necesario, se
tergiversa, se niega o se impone.
Me permito reproducir
la poética imperante de un auto judicial vigente: "Murallas humanas que defendían de manera activa
los centros de votación haciendo retroceder a los cuerpos policiales o forzándolos
a usar una fuerza que habría resultado innecesaria de otro modo son una clara y
plural expresión de esta violencia " .
Vivo un momento social
apasionante pero ciertamente triste. Un confluencia de sensaciones saltarinas
entre el agobio y la esperanza. Un cierto tormento vital que mece los días a
trompicones en contrastes que basculan de la oscuridad al optimismo como quien
caza setas fuera de temporada empapado, básicamente, de vergüenza. A favor de
estas pulsiones salgo a la calle, pero en contra de estas excitaciones intento
de recluirme en mí mismo e insisto a practicar ese autismo social -imposible-
que mentaba. Algún día, extinguida esta cera que arde tan enardecida, nos lo
miraremos y tendremos que rendir cuentas, hacer balance de todo. Si somos
capaces de mirarlo desde la lejanía con la objetividad que aporta el polvillo
del tiempo, tendremos que buscar por qué la vergüenza no pudo detener los
despropósitos ni la falsedad.
Retomo la crónica
tocado por la brisa bélica que generan los pájaros metálicos. La perspectiva
que proyecta la noche es una grieta de claridad en la cuadrícula urbana. Una
multitud desde la oscuridad se ha iluminado con esperanza pacífica.
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