martes, 14 de noviembre de 2017

EL 11-N, un resquicio luminoso de esperanza pacífica.



Cuando el desconcierto busca remedio en la multitud. Cuando la desazón obtiene cierto bálsamo gritando en un coro de voces anónimas. Cuando la incertidumbre se apoya en el anonimato de una mano vecina. Cuando la rabia bebe en el odio adverso... es que vivimos un momento convulso. Extraordinariamente apasionado, pero trastornado. De conmoción y de gran gesticulación. Inmersos en un estado de permanente agitación emocional. 

Aparece la tentación de buscar la fortaleza personal aislada del grupo adscribiéndonos en la práctica insolidaria de una especie de autismo social para salvaguardar las esencias íntimas aunque difícilmente podamos zafarnos de la presión del entorno. Encapsularse en el contexto, ignorar el ruido que nos rodea, comprar tapones para los oídos y gastar gafas con cristal de madera es una incitación que lejos de protegernos nos lleva por el camino de la inseguridad ciega sin saber de dónde caen los chuzos de punta. Yo he probado de proteger los excesos que me asedian con un casco bien grueso que he forrado con papel de plata -del de envolver bocatas- y no lo he conseguido. La radiación informativa, el eco de los días y de los hechos, ha traspasado la barretina envuelta en papel de aluminio cuando el rumor de los helicópteros, aves de malagüero, taladran la paz del atardecer.

He intentado hacer pasar por el colador la avalancha de informaciones y de mentiras para no ser demasiado quisquilloso en un tamiz grueso y tosco. No lo he conseguido, separando este grano de la paja deduzco que se obtiene una harina que sólo puede proveer las ruedas de molino con que nos quieren hacer comulgar. Del vencer al convencer o del humillar al acordar no hay una voluntad inmediata donde las personas encontremos un estado de confortable sosiego ni tampoco de respeto mutuo. Por eso en la eucaristía para multitudes, donde muchos nos sentimos amparados, está el bálsamo destilado a base de las aspiraciones -la "rabia" individual- en la comunión para crucificar al adversario -“el enemigo"- sea como sea. Todo vale desde la impotencia hacia el desespero y en la beligerancia contra la razón y el entendimiento. Y si es necesario, se tergiversa, se niega o se impone. 

Me permito reproducir la poética imperante de un auto judicial vigente: "Murallas humanas que defendían de manera activa los centros de votación haciendo retroceder a los cuerpos policiales o forzándolos a usar una fuerza que habría resultado innecesaria de otro modo son una clara y plural expresión de esta violencia " .

Vivo un momento social apasionante pero ciertamente triste. Un confluencia de sensaciones saltarinas entre el agobio y la esperanza. Un cierto tormento vital que mece los días a trompicones en contrastes que basculan de la oscuridad al optimismo como quien caza setas fuera de temporada empapado, básicamente, de vergüenza. A favor de estas pulsiones salgo a la calle, pero en contra de estas excitaciones intento de recluirme en mí mismo e insisto a practicar ese autismo social -imposible- que mentaba. Algún día, extinguida esta cera que arde tan enardecida, nos lo miraremos y tendremos que rendir cuentas, hacer balance de todo. Si somos capaces de mirarlo desde la lejanía con la objetividad que aporta el polvillo del tiempo, tendremos que buscar por qué la vergüenza no pudo detener los despropósitos ni la falsedad.

Retomo la crónica tocado por la brisa bélica que generan los pájaros metálicos. La perspectiva que proyecta la noche es una grieta de claridad en la cuadrícula urbana. Una multitud desde la oscuridad se ha iluminado con esperanza pacífica.

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