viernes, 6 de octubre de 2017

Vergüenza y tristeza.



Hace días que no tengo el mejor ánimo para escribir acerca de los hechos de octubre en Cataluña. El tobogán de las emociones y la vorágine de los acontecimientos me han superado. El vértigo del momento histórico -¡ahora de verdad!- me sobrepasa. El estado de ánimo, blanco o negro como las opciones de una papeleta de referéndum, oscila suspendido y sorprendido entre la realidad de lo que yo he vivido y las narraciones que la prensa diversa ha proyectado. Desde el día de reflexión al día de hoy toda una eternidad en una inmediatez que no consigo atrapar. Son momentos que te arrastran en una riada de emociones intensas que pensabas imposibles e inverosímiles.

Poner todo en orden es complejo. La primera imagen que preludia lo que aconteció es como una viñeta de El Roto animada y en color. Un personaje jugándose literalmente el físico para arrancar una pancarta en la fachada del Ayuntamiento de la Colau es toda una editorial gráfica en un lienzo blanco donde había escrito "Más Democracia". La furia con que aquel individuo consiguió sólo rasgar el ribete inferior de la pancarta asusta. Reconocer que los responsables de sujetarla hicieron el trabajo a conciencia. O, quisiera pensar, que descolgar la Democracia no es cosa fácil. ¡No lo fue!

El día del referéndum -siguiendo las recomendaciones de Guardiola- comenzó muy temprano. En la madrugada todavía oscura reconfortaba reconocer a vecinos de escalera y a colegas de cola en el supermercado que yo no habría sospechado que estuvieran allí resguardando las urnas y el colegio electoral. Se cumplió lo que algunos negaban porque había urnas, papeletas y una afluencia paciente -con un auténtico aguacero- que no he visto en ninguna otra de las convocatorias electorales que se han hecho y deshecho desde que la urna vuelve a pastar por las praderías de la España democrática. Ahora puedo confirmar que algunos y algunas se la pegaron a la compañera y durmieron con la urna. ¡Cuántas horas fueron necesarias para poder votar! Destacar que los escudos humanos de carrocería delicada tuvimos preferencia en medio de una multitud de contumaces y de constantes.

Había urnas, papeletas y un censo universal decantado por la perversa y poco saludable práctica del coitus interruptus versión digital -¡No funciona! -era el grito de guerra en cuanto a la dinámica electoral que presidió la mañana por excelencia. No pasaba nada, nadie abandonaba. Y lo que se negaba insistentemente se hizo. Había habido referéndum con un resultado abrumador teniendo en cuenta las circunstancias y todos los obstáculos. Votaron -redondeando a la espera de los resultados oficiales- 2,2 millones de personas. Sí: 2.020.000. No: 176.500. Blanco: 45.500. Nulos: 20.100. Calculan que los votos que no se pudieron emitir por las urnas requisadas ascienden a unos 700.000. Un resultado que según la normativa -suspendida por el TC- avalaría la proclamación unilateral de la república catalana. 

Tristemente los resultados, las urnas y las papeletas pasaron a un segundo plano a medida que acaecía el asalto a los colegios electorales efectuado por la policía nacional y por la guardia civil. Lo que podía ser una anécdota con más o menos proporcionalidad por parte de los agentes de las fuerzas públicas se convirtió en portada mundial excepto en muchos medios españoles que la negaban o la adscribían a los pacíficos ciudadanos con las manos alzadas que pretendían sólo votar. Os aseguro que fue horroroso, yo estaba.

Aquello ya no consistía en un juego del gato y del ratón esquivando policías para proteger aquellos contenedores chinos de torpe aliño. Vergüenza y tristeza. Mucha vergüenza y una inmensa tristeza se cernía convertida en un helicóptero más agitando la atmósfera de la mañana. Alertado por los mensajes en las redes me aproximé al colegio cercano donde se acababa de efectuar uno de los múltiples asaltos de las fuerzas del orden. Tras la intimidante comitiva policial quedaba la osamenta de una escuela profanada a golpes de mazo con las puertas despanzurradas en todas las plantas del edificio, cristales rotos y los aseos destrozados, la secretaría era una caos de documentos diversos desparramados con los expedientes de los alumnos vejados.

Vergüenza y tristeza que iba en aumento porque el paisaje humano era aún más dantesco. Sangre y contusiones aderezando la impotencia ante la colosal barbarie desplegada. ¡Cuánta rabia! Cuánta vergüenza y cuánta tristeza. Tras la furia y la extrema violencia contra indefensos y pacíficos ciudadanos no había ninguna explicación que no fuera la de atemorizarlos o la de intimidarlos, pero se les fue la mano en extremo. Aquella actuación acababa de evidenciar para muchos que no se puede vivir con quien nos trata -y nos quiere- como lo hicieron. La desafección de los equidistantes acababa de presenciar una dosis amarga de realidad inverosímil. Aquello no parecía posible, pero lo fue. Sabrá quién ordenó esta carga que la imagen de los cuerpos policiales que la perpetraron ha resultado formidablemente dañada. Algunos sólo obedecían órdenes, otros añadieron un plus de brutalidad que no se puede justificar de manera alguna.

 Y en este doble mundo de declaraciones y de informaciones, la manipulación. No os extrañe amigos de meseta que el grito de "manipuladores" sea tan constante y persistente. Ver para no creerlo. Vergüenza y tristeza sintiendo como los "agresores" son aquellos que se sientan en el suelo con las manos arriba. Si esta era la propuesta contra el referéndum que no existió -según Mariano- estamos aviados. Como campaña de la seducción os confirmo que ha fracasado estrepitosamente.

Y el problema no se ha desvanecido, continúa, se agrava y sale a la calle en un paro laboral -huelga general- transversal, pacífico una vez más, pero muy dolido. Nunca había asistido a una manifestación tan gigantesca -excepto las míticas de la Diada- donde el cuidado para no caer en la provocación sea tan extremo. ¡Qué argumento no sería una respuesta violenta! La marea humana en toda Cataluña exhibe la magnitud del descontento y es la reacción inmediata a la acción policial del domingo.

El conflicto no se pacifica con una esperada intervención fuera de calendario del rey Felipe VI, con una audiencia en Cataluña superior al resto del estado. Algunos querían -todos los catalanes necesitábamos- una salida a escena homologable a la del padre, más campechano y muy oportuno, semejante a aquella del 23-F cuando tranquilizó al Jordi alertándole de que sólo se trataba de la guardia civil -¡cómo han cambiado los tiempos! No le perdonan que no mencionara a los damnificados por la paliza. ¿Qué ingenuos podían esperar presenciar a un monarca poniendo el cuello en una urna llena de papeletas republicanas? ¿Qué otros candorosos esperan aún el apoyo eficaz del nord enllà on diuen que la gent és neta i noble, culta, rica, lliure, desvetllada i feliç! -y donde no aporrean a los vecinos-.

En la banda sonora de los días, con arpegios a golpe de cacerola y mano de almirez, retumba recíprocamente ecuánime la sinfonía nocturna rítmica y desafinada tanto durante el discurso del monarca como durante el del presidente de la Generalidad de Cataluña. Que no anuncien las campanadas a muerte de la convivencia.

¿Dónde estamos? Donde siempre. Quizás Rajoy nos tenía que haber hecho llegar antes que a los policías y a los guardia civiles el corredor mediterráneo, por decir algo. Puigdemont sigue demandando diálogo y haciendo tiempo mientras no aparece el Mesías que no acaba de bajar del cielo para traernos la buena nueva de la negociación. De candidatos vamos sobrados. Los últimos en postularse han sido el Banco Sabadell y La Caixa

¡Buena suerte y que nadie sufra ningún daño!

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