Hace días que
no tengo el mejor ánimo para escribir acerca de los hechos de octubre en
Cataluña. El tobogán de las emociones y la vorágine de los acontecimientos me
han superado. El vértigo del momento histórico -¡ahora de verdad!- me
sobrepasa. El estado de ánimo, blanco o negro como las opciones de una papeleta
de referéndum, oscila suspendido y sorprendido entre la realidad de lo que yo
he vivido y las narraciones que la prensa diversa ha proyectado. Desde el día
de reflexión al día de hoy toda una
eternidad en una inmediatez que no consigo atrapar. Son momentos que te
arrastran en una riada de emociones intensas que pensabas imposibles e
inverosímiles.
Poner todo en orden
es complejo. La primera imagen que preludia lo que aconteció es como una viñeta
de El Roto animada y en color. Un personaje jugándose literalmente el físico
para arrancar una pancarta en la fachada del Ayuntamiento de la Colau es toda
una editorial gráfica en un lienzo blanco donde había escrito "Más
Democracia". La furia con que aquel individuo consiguió sólo rasgar el ribete
inferior de la pancarta asusta. Reconocer que los responsables de sujetarla
hicieron el trabajo a conciencia. O, quisiera pensar, que descolgar la
Democracia no es cosa fácil. ¡No lo fue!
El día del
referéndum -siguiendo las recomendaciones de Guardiola- comenzó muy temprano.
En la madrugada todavía oscura reconfortaba reconocer a vecinos de escalera y a
colegas de cola en el supermercado que yo no habría sospechado que estuvieran
allí resguardando las urnas y el colegio electoral. Se cumplió lo que algunos
negaban porque había urnas, papeletas y una afluencia paciente -con un
auténtico aguacero- que no he visto en ninguna otra de las convocatorias
electorales que se han hecho y deshecho desde que la urna vuelve a pastar por
las praderías de la España democrática. Ahora puedo confirmar que algunos y
algunas se la pegaron a la compañera y durmieron con la urna. ¡Cuántas horas
fueron necesarias para poder votar! Destacar que los escudos humanos de
carrocería delicada tuvimos preferencia en medio de una multitud de contumaces
y de constantes.
Había urnas,
papeletas y un censo universal decantado por la perversa y poco saludable
práctica del coitus interruptus
versión digital -¡No funciona! -era el grito de guerra en cuanto a la dinámica
electoral que presidió la mañana por excelencia. No pasaba nada, nadie
abandonaba. Y lo que se negaba insistentemente se hizo. Había habido referéndum
con un resultado abrumador teniendo en cuenta las circunstancias y todos los
obstáculos. Votaron -redondeando a la espera de los resultados oficiales- 2,2
millones de personas. Sí: 2.020.000. No: 176.500. Blanco: 45.500. Nulos:
20.100. Calculan que los votos que no se pudieron emitir por las urnas
requisadas ascienden a unos 700.000. Un resultado que según la normativa
-suspendida por el TC- avalaría la proclamación unilateral de la república catalana.
Tristemente los
resultados, las urnas y las papeletas pasaron a un segundo plano a medida que acaecía
el asalto a los colegios electorales efectuado por la policía nacional y por la
guardia civil. Lo que podía ser una anécdota con más o menos proporcionalidad
por parte de los agentes de las fuerzas públicas se convirtió en portada
mundial excepto en muchos medios españoles que la negaban o la adscribían a los
pacíficos ciudadanos con las manos alzadas que pretendían sólo votar. Os
aseguro que fue horroroso, yo estaba.
Aquello ya no
consistía en un juego del gato y del ratón esquivando policías para proteger
aquellos contenedores chinos de torpe aliño. Vergüenza y tristeza. Mucha
vergüenza y una inmensa tristeza se cernía convertida en un helicóptero más agitando
la atmósfera de la mañana. Alertado por los mensajes en las redes me aproximé
al colegio cercano donde se acababa de efectuar uno de los múltiples asaltos de
las fuerzas del orden. Tras la intimidante comitiva policial quedaba la
osamenta de una escuela profanada a golpes de mazo con las puertas
despanzurradas en todas las plantas del edificio, cristales rotos y los aseos destrozados,
la secretaría era una caos de documentos diversos desparramados con los expedientes
de los alumnos vejados.
Vergüenza y
tristeza que iba en aumento porque el paisaje humano era aún más dantesco.
Sangre y contusiones aderezando la impotencia ante la colosal barbarie
desplegada. ¡Cuánta rabia! Cuánta vergüenza y cuánta tristeza. Tras la furia y
la extrema violencia contra indefensos y pacíficos ciudadanos no había ninguna
explicación que no fuera la de atemorizarlos o la de intimidarlos, pero se les
fue la mano en extremo. Aquella actuación acababa de evidenciar para muchos que
no se puede vivir con quien nos trata -y nos quiere- como lo hicieron. La
desafección de los equidistantes acababa de presenciar una dosis amarga de
realidad inverosímil. Aquello no parecía posible, pero lo fue. Sabrá quién
ordenó esta carga que la imagen de los cuerpos policiales que la perpetraron ha
resultado formidablemente dañada. Algunos sólo obedecían órdenes, otros
añadieron un plus de brutalidad que no se puede justificar de manera alguna.
Y en este doble mundo de declaraciones y de
informaciones, la manipulación. No os extrañe amigos de meseta que el grito de
"manipuladores" sea tan constante y persistente. Ver para no creerlo.
Vergüenza y tristeza sintiendo como los "agresores" son aquellos que
se sientan en el suelo con las manos arriba. Si esta era la propuesta contra el
referéndum que no existió -según Mariano- estamos aviados. Como campaña de la seducción
os confirmo que ha fracasado estrepitosamente.
Y el problema
no se ha desvanecido, continúa, se agrava y sale a la calle en un paro laboral
-huelga general- transversal, pacífico una vez más, pero muy dolido. Nunca
había asistido a una manifestación tan gigantesca -excepto las míticas de la
Diada- donde el cuidado para no caer en la provocación sea tan extremo. ¡Qué
argumento no sería una respuesta violenta! La marea humana en toda Cataluña exhibe
la magnitud del descontento y es la reacción inmediata a la acción policial del
domingo.
El conflicto no
se pacifica con una esperada intervención fuera de calendario del rey Felipe
VI, con una audiencia en Cataluña superior al resto del estado. Algunos querían
-todos los catalanes necesitábamos- una salida a escena homologable a la del
padre, más campechano y muy oportuno,
semejante a aquella del 23-F cuando tranquilizó al Jordi alertándole de que
sólo se trataba de la guardia civil -¡cómo han cambiado los tiempos! No le
perdonan que no mencionara a los damnificados por la paliza. ¿Qué ingenuos
podían esperar presenciar a un monarca poniendo el cuello en una urna llena de
papeletas republicanas? ¿Qué otros candorosos esperan aún el apoyo eficaz del “nord enllà on diuen que la gent és neta i
noble, culta, rica, lliure, desvetllada i feliç!” -y
donde no aporrean a los vecinos-.
En la banda
sonora de los días, con arpegios a golpe de cacerola y mano de almirez, retumba
recíprocamente ecuánime la sinfonía nocturna rítmica y desafinada tanto durante
el discurso del monarca como durante el del presidente de la Generalidad de
Cataluña. Que no anuncien las campanadas a muerte de la convivencia.
¿Dónde estamos?
Donde siempre. Quizás Rajoy nos tenía que haber hecho llegar antes que a los
policías y a los guardia civiles el corredor mediterráneo, por decir algo. Puigdemont
sigue demandando diálogo y haciendo tiempo mientras no aparece el Mesías que no
acaba de bajar del cielo para traernos la buena nueva de la negociación. De
candidatos vamos sobrados. Los últimos en postularse han sido el Banco Sabadell y La Caixa .
¡Buena
suerte y que nadie sufra ningún daño!
No hay comentarios:
Publicar un comentario