El huracán
Ophelia amenaza los flancos gallegos. La globalidad meteorológica es cada vez
más ecuánime y nos empapa con furia caribeña. Días calientes, más que tropicales,
soplan y emborrascan este otoño atípico. Una contradicción a las temperaturas
inusuales y a la sequía pertinaz con una magra -aunque pródiga-
cosecha estacional de castañas. Desconcertado -por un si acaso- yo he
recuperado la camiseta imperio del fondo de armario. Decidir cómo me visto cada
mañana es todo un reto. ¿Con la camisa es suficiente o acarreo también una
pieza ligera por si el día se vuelve desapacible y acaba un pelín gélido?
Ya veis, la
cosa se ha decantado hacia el textil de temporada. Llegados a este punto
propongo un estudio de carácter científico respecto de los metros cuadrados de bandera
que se han comercializado en la efervescencia de calle o han terminado colgados
en los balcones en una soledad melancólica atacada por el sol y por los
elementos. Se deberá seguir la evolución del Ophelia por si los acaba
deshilachando. Este indicador, la superficie total de las banderas, podría
dilucidar -a falta de un referéndum acordado- cómo están las fuerzas que se
miden y se alternan en las calles barcelonesas, para acotarlo. Ha trascendido
que ayer, en Madrid, los vendedores ocasionales no daban abasto a reponer la
mercadería.
La edición de
este año de la fiesta de la Hispanidad también ha batido otros récords. Cabe
destacar el meritorio concurso y el protagonismo de entrañables mascotas en el
desfile. Los observadores objetivos cifran en un 50% el incremento -una
innovación loable- en la participación de bestias suntuarias de las que no se
pueden cabalgar o no tiran carretas cuarteleras. Este año un temerario perro
motorizado -sin casco ni gafas protectoras- compite por las simpatías que desde
tiempos inmemoriales monopolizaba la marcial cabra legionaria. Habría que
analizar cómo se decantan las preferencias entre los partidarios de uno o de
otro ente. Ya hay varios grupos de chats en las redes -una animalada-
compitiendo por los "me gusta" para con el chucho con monopatín o a
favor del doméstico mamífero artiodáctilo rumiante comúnmente conocido como la
cabra.
Volviendo al
textil -si aún no lo han deslocalizado- debo prevenir que estoy muy intrigado, ávido
del papel satinado que ha de documentar las tendencias que han sido paradigma
de elegancia y han sobresalido en la audiencia real del 12-O. Descartados por
razones obvias el economista Sala-i-Martín y Jaime de Marichalar, el Duque de
Lugo, que podían aportar color y excentricidad en asuntos de indumentaria,
deberé centrarme en la diversidad del sector femenino. No estoy todavía en
condiciones de emitir una crónica con fundamento, sólo un breve esbozo -una primicia-
focalizada en el bolso de la presidenta de la Comunidad de Madrid que, al mismo
tiempo, me viene a cuestionar el recuento del metraje en la aritmética de las
banderas. ¿Cómo validar este estampado en los diversos complementos? ¿Cuentan
igual, por metro cuadrado, o tienen un plus de calidad que debe comportar una
bonificación ponderada de superficie? Lo consultaré a los estadísticos. Por
ahora, en ayunas de las revistas del corazón -la guía que debe depurar el
análisis detallado y me ha de iluminar la mirada- declaro solemnemente mi
debilidad por el vestido negro con guantes color burdeos hasta el codo de la
vicepresidenta. Un destilado subliminal de alto octanaje entre Rita Haywoorth y
Jacqueline Kennedy.
¡Ojo, Mariano!
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