viernes, 16 de junio de 2017

Urnas.



Han transcurrido 40 años desde las primeras elecciones en democracia. ¡40! Esto quiere decir que los que actualmente tienen 50 no son demasiado conscientes del momento, tal vez un vago recuerdo, que han asistido a una batallita de abuelo en blanco y negro, de cuando Íñigo lucía tupé -sospechoso o no- y exhibía un mostacho envidia de los mozos que le imitaban en las discotecas derrumbados en la barra con un combinado de ron en la mano. Corría el 1977. Ya ha llovido mucho y nos hemos habituado a un artefacto que, entonces, era una novedad, una especie de caja transparente con una ranura donde se depositaban unos insólitos papeles. 

Madrid 1977. El meollo político -y de la movida aún sin nombre-. Fue mi primer año en la Universidad Complutense y el único curso que acampé en un colegio mayor junto al complejo de la Moncloa. Administrar una beca con el colegio mayor era incompatible con el remanente para invertir en vida social nocturna. Los primeros tres días de curso fueron muy duros porque las bajas en la tropa estudiantil eran espeluznantes, salíamos a estudiante muerto por día. Las carreras con un dorsal de color gris, las vapuleadas discrecionales, las agresiones a tiros de la ultraderecha, los atentados semanales de ETA, la legalización del PCE durante las vacaciones de semana santa, la rumores a sable permanentes... Visto desde la óptica de la batallita, cuarenta años después, aquella época fue fascinante, de poder vivir en Madrid en directo -la llamada transición- justo hasta el asalto al congreso de Tejero. Cinco cursos intensos, entre el 15J y el 23F en pleno coraje vital -y con margaritas en el flequillo-.

¡Cuatro décadas! Se dice pronto. O cómo vuela el tiempo... En aquellas primeras elecciones no pude votar porque no tenía la edad legal, 21 años. El paternalismo del régimen que pasaba página nos tenía tutelados hasta que éramos hombres de verdad porque la mayoría de los chicos cumplíamos con el inexcusable ritual iniciático del servicio militar. Otra batallita, esta con escopetas de verdad -donde algunos sufrimos heridas de verdad-, triunfaba como centro de interés narrativo masculino y protagonizaba muchas sobremesas mecidas por la melancolía y el carajillo. ¿De qué hablan ahora los hombres de verdad?

El vidente Marhuenda -que podría haber sido cabo furriel de milicias- desde el diario la Razón vaticina en portada que "Fraga ganaría hoy las elecciones". No lo dudo como tampoco lo dudé durante la primera edición electoral de la democracia. La campaña que desplegó en Madrid Alianza -partido- Popular, liderada por Fraga, era de ganador. Los recursos, los mítines, las vallas, los anuncios de todo tipo eran arrolladores. Por doquier las huellas de quien se postulaba como vencedor sin lugar a dudas. Tras las puertas de los aseos en la facultad también había adhesivos que competían con propuestas menos electoralistas. La ciudad latía en una campaña asaltada por ristras de vehículos con remolques y grandes paneles anunciando la buena nueva del continuismo más claramente franquista representado por Alianza Popular, pisaban fuerte como el caballo ganador en el hipódromo de la Zarzuela. 

La larga noche de la democracia en el colegio mayor donde yo representaba a la minoría catalana -¡era el único!- la viví con interés y sin entender demasiado qué se cocía. El galimatías del socialismo auténtico, popular o histórico era un puzle que acabó encajando como el alcalde Enrique Tierno Galván con la teta de Susana Estrada o Felipe González con el descamisado Alfonso Guerra. Se trataba de una alianza entre la intelectualidad de izquierdas y la epidermis -de la que andábamos bastante cortos- y entre el carisma simpático del Felipe con la pana populista del Guerra. 

¿Y si Marhuenda acierta? Ahora mismo gobierna la antigua Alianza Popular a pesar de la corrupción que en lugar de castigar la formación presidida por Mariano Rajoy la reaviva. En junio de 1977 la sorpresa -el batacazo- se iba recontando mientras el programa de Íñigo la aderezaba con entretenimiento y rancheras. Fraga se clasificaba, pero de los últimos en la carrera electoral. Para que los populares alcanzaran una mayoría absoluta habría de derrumbarse el centro coyuntural de Suárez y tenía que llegar un líder que arrollara a los socialistas y pusiera en valor sin complejos el pasado -con Fraga incluido-. ¡El hombre de las Azores! 

Venció Adolfo Suárez con un cóctel de colaboradores moderados del franquismo, de demócratas cristianos, también de políticos cercanos a Alianza Popular pero con una visión oportunista para tocar poder y un grueso importante de personajes que habían sido procuradores en las cortes franquistas. Unión de Centro Democrático (UCD), hoy mitificada y glorificada como su líder, Suárez, pilotó la transición concretándose en la Constitución de 1978 de la que Manuel Fraga fue uno de los padres en destilar a la criatura, algo que no impidió que un gran número de diputados de su grupo votaran en contra de la obra magna del momento político que ahora exhiben como sagrada intocable e inviolable. 

Este año la celebración ha coincidido con el Corpus Christi, uno de esos jueves que empalidecen la luz del sol. De hecho ha sido más la representación de un velatorio que un acto solemne para la conmemoración de la efeméride. ¿Habremos asistido a una especie de exequias de la transición? Salvo la predicción del preclaro Marhuenda, el eco ha sido discreto, de tono bajo. Los titulares que ha fraguado la gran casa de los representantes del pueblo, el Congreso de los Diputados, se refieren a la moción de censura que ha sufrido la sintaxis oratoria de Mariano Rajoy. Un ejercicio desde la transitoriedad nostálgica a la actualidad política que soportamos.

De la corrupción alfabéticamente sistematizada a la torpeza machista de un político en una réplica desafortunada, la moción ha sido previsible. También han sido predecibles las referencias a Cataluña tras conocerse cuál será la fecha y la pregunta del referéndum. Destaco una intervención: "Su proyecto de España contra Catalunya sólo puede dar lugar a un proyecto de Catalunya sin España". Habrá tiempo para glosarlo.  


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