domingo, 4 de junio de 2017

La tierra de Jauja en un chip.



A no tardar mucho veremos y sufriremos como la globalidad nos impondrá un sistema universal de identidad, un código alfanumérico personal e intransferible que deberá servir para cualquier interacción con las administraciones y con el mundo exterior. ¿Un chip? ¿Un implante discreto tras de la oreja? ¿Un piercing de diseño adosado a las partes blandas de la anatomía corporal? Deberán situarlo en una parte accesible del cuerpo que permita interactuar con la tecnología de la información y del control de manera eficaz y, a la vez, que sea funcional. No me imagino haberme de descalzar o tener que practicar extrañas contorsiones para habilitarlo. 

Todo llegará, no lo dudemos. Naceremos adosados ​​a un identificador intransferible que personalizará todos nuestros datos y que, con los años, se irá cargando como una mochila virtual cada vez más pesada. Nuestro código único nos capacitará para poder conectarnos a las redes. Informará del nivel de acceso a que tengamos derecho según los privilegios, las restricciones, las circunstancias o las condenas con que se irá abarrotando. Una memoria contra el olvido que convertirá la estadística y el chisme tal como los practicamos ahora en métodos descatalogados.

Ya paseamos con alegría e inconsciencia algún chip presuntamente inocente como el del DNI o el de algunas tarjetas bancarias. Estos son los prolegómenos de la era que se avecina. El Gran Hermano anunciado por Orwell ya ha sido superado. Estamos a un corto trayecto de aquel punto en el cual las cartas de las casas de comida interactivas ya detectarán nuestros apetitos y nos prevendrán de las intolerancias alimentarias que nos acechan. A un paso para que el sistema que nos implantarán nos facilite las relaciones humanas discerniendo también alergias, incompatibilidades y enamoramientos encaminados al fracaso. Cuando dos dispositivos se alineen, así que los circuitos se enamorisquen mutuamente, sabremos que ha saltado la chispa y que aquella es la persona de nuestra vida. Cuántas calabazas y chascos nos ahorraremos... Se habrá acabado errar el tiro y los golpes bajos al amor propio se convertirán en una aventura imprudente de la que ya habremos sido prevenidos. ¡Un mundo feliz, vaya! 

Casi podemos proclamar gozosos que vivimos en las postrimerías del DNI y del pasaporte. A cuatro días para poderlos enmarcar y para guardarlos en el baúl de los recuerdos. No necesitaremos mostrarlos a los funcionarios. Se acabaron las colas de la vergüenza en el aeropuerto del Prat, cruzaremos sin detenernos -como en una autopista de peaje- sólo con el dispositivo empotrado en la osamenta que nos abrirá las puertas y registrará nuestra feliz llegada a la isla tropical de destino. No a las colas colapsadas para renovarlos. No a la fotografía desafortunada que nos acompaña todo un quinquenio o una década ya que en cada control nos retratarán para disponer de un álbum histórico que documentará gráficamente, por ejemplo, el progreso implacable de la pérdida del flequillo o establecerá como son de progresivos, exponenciales y contumaces el peso y la masa corporal sometidos a las leyes de la gravedad.

Estoy para aventurar la decadencia de los nombres y los apellidos. ¿Serán necesarios? Los mantendremos a causa de una especie de lujo prehistórico, un alarde superfluo que debe tener un coste y deberá soportar un canon que cotice a la hacienda pública, como quien disfruta de una segunda residencia o de un vehículo contaminante de combustión fósil con matrícula personalizada -que tampoco será necesario-. ¡Un lujo! Imaginemos cuán útil y cuántas y disputas nos ahorrará -así que sea operativo el sistema- ya que no tendremos que decidir qué apellido ponemos primero a los recién nacidos. Es indudable que será un registro con una codificación sin connotaciones ni privilegios de género hereditarios. Algo que convertirá a los árboles genealógicos en fiables, en matemáticos bosques de ecología algebraica precisa que nos permitirán desplazarnos por las estirpes sin metáforas trepando por la vegetación demasiado espesa y sin agujeros negros ni hojas de parra que tapen las vergüenzas de los antepasados. 

¿Quién, sensatamente, no renunciará de buen grado a la libertad personal para disfrutar de la seguridad que el sistema protector omnipresente nos garantiza? Infalible, paternal y exento de riesgo -una especie de tierra de Jauja en un chip- que deberá garantizar también el recuerdo trascendente después de que las parrillas y las brasas purificadoras del crematorio nos reciclen sólo en una minúscula cápsula ignífuga que contenga -y debe permitir recuperar- la memoria de nuestros destinos.


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