A no tardar mucho
veremos y sufriremos como la globalidad nos impondrá un sistema universal de
identidad, un código alfanumérico personal e intransferible que deberá servir
para cualquier interacción con las administraciones y con el mundo exterior. ¿Un
chip? ¿Un implante discreto tras de la oreja? ¿Un piercing de diseño adosado a
las partes blandas de la anatomía corporal? Deberán situarlo en una parte
accesible del cuerpo que permita interactuar con la tecnología de la
información y del control de manera eficaz y, a la vez, que sea funcional. No
me imagino haberme de descalzar o tener que practicar extrañas contorsiones
para habilitarlo.
Todo llegará,
no lo dudemos. Naceremos adosados a un identificador intransferible que
personalizará todos nuestros datos y que, con los años, se irá cargando como
una mochila virtual cada vez más pesada. Nuestro código único nos capacitará
para poder conectarnos a las redes. Informará del nivel de acceso a que tengamos
derecho según los privilegios, las restricciones, las circunstancias o las
condenas con que se irá abarrotando. Una memoria contra el olvido que
convertirá la estadística y el chisme tal como los practicamos ahora en métodos
descatalogados.
Ya paseamos con
alegría e inconsciencia algún chip presuntamente inocente como el del DNI o el
de algunas tarjetas bancarias. Estos son los prolegómenos de la era que se
avecina. El Gran Hermano anunciado
por Orwell ya ha sido superado. Estamos a un corto trayecto de aquel punto en
el cual las cartas de las casas de comida interactivas ya detectarán nuestros
apetitos y nos prevendrán de las intolerancias alimentarias que nos acechan. A
un paso para que el sistema que nos implantarán nos facilite las relaciones
humanas discerniendo también alergias, incompatibilidades y enamoramientos
encaminados al fracaso. Cuando dos dispositivos se alineen, así que los
circuitos se enamorisquen mutuamente, sabremos que ha saltado la chispa y que
aquella es la persona de nuestra vida. Cuántas calabazas y chascos nos
ahorraremos... Se habrá acabado errar el tiro y los golpes bajos al amor propio
se convertirán en una aventura imprudente de la que ya habremos sido
prevenidos. ¡Un mundo feliz, vaya!
Casi podemos
proclamar gozosos que vivimos en las postrimerías del DNI y del pasaporte. A
cuatro días para poderlos enmarcar y para guardarlos en el baúl de los
recuerdos. No necesitaremos mostrarlos a los funcionarios. Se acabaron las
colas de la vergüenza en el aeropuerto del Prat, cruzaremos sin detenernos
-como en una autopista de peaje- sólo con el dispositivo empotrado en la osamenta
que nos abrirá las puertas y registrará nuestra feliz llegada a la isla
tropical de destino. No a las colas colapsadas para renovarlos. No a la
fotografía desafortunada que nos acompaña todo un quinquenio o una década ya
que en cada control nos retratarán para disponer de un álbum histórico que
documentará gráficamente, por ejemplo, el progreso implacable de la pérdida del
flequillo o establecerá como son de progresivos, exponenciales y contumaces el
peso y la masa corporal sometidos a las leyes de la gravedad.
Estoy para
aventurar la decadencia de los nombres y los apellidos. ¿Serán necesarios? Los mantendremos
a causa de una especie de lujo prehistórico, un alarde superfluo que debe tener
un coste y deberá soportar un canon que cotice a la hacienda pública, como
quien disfruta de una segunda residencia o de un vehículo contaminante de
combustión fósil con matrícula personalizada -que tampoco será necesario-. ¡Un
lujo! Imaginemos cuán útil y cuántas y disputas nos ahorrará -así que sea
operativo el sistema- ya que no tendremos que decidir qué apellido ponemos
primero a los recién nacidos. Es indudable que será un registro con una
codificación sin connotaciones ni privilegios de género hereditarios. Algo que convertirá
a los árboles genealógicos en fiables, en matemáticos bosques de ecología
algebraica precisa que nos permitirán desplazarnos por las estirpes sin
metáforas trepando por la vegetación demasiado espesa y sin agujeros negros ni
hojas de parra que tapen las vergüenzas de los antepasados.
¿Quién,
sensatamente, no renunciará de buen grado a la libertad personal para disfrutar
de la seguridad que el sistema protector omnipresente nos garantiza? Infalible,
paternal y exento de riesgo -una especie de tierra de Jauja en un chip- que deberá
garantizar también el recuerdo trascendente después de que las parrillas y las
brasas purificadoras del crematorio nos reciclen sólo en una minúscula cápsula
ignífuga que contenga -y debe permitir recuperar- la memoria de nuestros
destinos.
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