-¡Qué calorazo!
No nos
alarmemos porque no es el tiempo que corresponde por la época del año ni se
trata de una ola de calor. Tampoco es un efecto del cambio climático ya que Donald
Trump lo ha fulminado por decreto. No hay cambio climático, pues, y si él lo
dice es verdad. Sólo un pico de calor desbocado que hace subir engañosamente
los termómetros y reaviva la sensación de temperatura alta. Que no hace calor,
sólo es sugestión y convencimiento. Yo recomiendo para combatir este canicular
efecto psicológico que no trabemos conversación en el ascensor del calor, del
bochorno ni de cómo de irrespirable es la atmósfera enrarecida con el exceso de
ozono. Si obviamos el sudor y el calor que sube de las entrañas de la tierra
-del infierno- y el que proyecta el sol -del cielo- no lo vamos a sufrir.
Que conste que le
tengo puesta la credibilidad -toda-. A Donald le creo porque se ha pasado al
bando de los ecologistas desde que ha anunciado que el muro con México lo
construirá a base de placas solares. Él lo justifica razonando que cuanto más
alto sea, más bueno y más provechoso resultará. ¡Genial! Hay quien sospecha que
tras el grafiti, un sol enorme, que hace unos días ha decorado la rotonda de la
plaza Francesc Macià -el posible causante de la sensación de calor en la ciudad
de Barcelona- está la mano negra de los agentes medioambientales del presidente
estadounidense. Una performance que anticipa la obra faraónica -un monumento al
solsticio- que Trump ha decidido legarnos justo en la frontera con
México.
Sin sugestiones
ni espejismos, Portugal arde. Treinta mil hectáreas han sido arrasadas por el
fuego purificador, ahora tópico
dantesco. La teoría de la tormenta seca con un rayo incidiendo en un árbol
muerto no se corresponde con las recientes declaraciones del jefe de bomberos.
El fuego se habría iniciado un par de horas antes del temporal eléctrico. Se recela
de una intención -que se ha convertido en asesina- que deberá cargar, si la
tiene, a la conciencia con las consecuencias y la responsabilidad de las pérdidas
en vidas humanas y materiales.
Pirómanos de
todo tipo que la tradición asociaba a la manía histórica de los pastores que
abrasaban los bosques para transformarlos en pastos. Un dato contemporáneo para
el análisis es aquel que liga las alertas mediáticas de prevención con el
número de fuegos que se declaran. Parece que el anuncio del peligro -real- levanta
la veda y promueve el momento idóneo para prender fuego al bosque con eficacia.
Hay zonas de espesura densa donde el mayor riesgo se concentra durante los
meses de enero y de febrero, una época del año en la que nadie afortunadamente
-sensatamente- nos alerta de cómo de elevado es el grado de combustión del
sotobosque.
Un rayo, una
línea eléctrica, un cristal que concentra los rayos del sol y produce el efecto
lupa, una chispa de la maquinaria agrícola... Causas fortuitas y desgraciadas
muy diferentes de las causadas por los miserables que se vanaglorian de los
efectos heroicos con un móvil para hacer ostentación en las redes sociales. ¡No
juguemos con fuego, compañeros! Me ahorraré hablar de petardos y de verbenas
para no dar ideas. Lo dedico también a los que cultivamos el vicio de fumar, ¡no
juguemos con las colillas, colegas!
Una colilla en
un arcén acaba de chamuscar cien hectáreas de cultivo en Sant Fruitós del
Bages. Por fortuna las condiciones de todo tipo han permitido a los bomberos
extinguirlo en pocas horas. Las imágenes de la columna de humo con las llamas
devorando la tierra rápidamente junto a las viviendas ponen los pelos de punta.
Más aterrador ha sido contemplar como las llamas han devastado un rascacielos
en Londres.
Domesticar el
fuego, adiestrar el caos infernal que es capaz de irradiar, convirtiéndolo en
purificador para quemar los pecados y los malos augurios es lo que esta noche
mágica de San Juan conjuraremos saltando las brasas de una hoguera. En esta
edición llevaré la contraria al poeta, Joan Maragall, "Ya se pueden hacer bien altas las hogueras
este año".
-Buena verbena y buen Festival Clownia a Sant Joan de les Abadesses!
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