La señora Marta
Ferrusola es noticia por una breve nota manuscrita en clave de catequista
dominical en la cual requeriría a un banco andorrano que traspasara dos
millones de las antiguas pesetas al heredero de la saga.
Corría diciembre
de 1995 -cuando redactó la nota- y la lengua catalana vivía un poco en el limbo
entre la ley de normalización lingüística de 1983 y la de política lingüística
del 1998. Un personaje, la Norma del
català es cosa de tots, era todavía una preadolescente; deberían transcurrir
unas décadas hasta el 2005 para que hubiera que dar cuerda a la lengua y
proveerla de una prótesis dental errática, que brincando se desplazaba grácilmente.
Muchos recordamos esas campañas de fomento de la lengua.
¿Qué tienen a
ver el breve y preciso manuscrito de la señora Ferrusola, redactado a la manera
de una inocente indicación de una sacristana que se hace pasar por "madre
superiora" y la digresión histórica del catalán hacia una lengua europea
de pleno derecho? ¡Fácil! Se le han detectado nueve faltas en siete líneas. Un
horror denunciado por los puristas de la ortografía más atentos a la corrección
formal que al propio mensaje. Reconozco que Marta lo habría tenido crudo en los
cursos de reciclaje de la lengua que se impartieron en la década de los
ochenta.
Regresando al
presente yo quiero quitarle hierro al asunto. Quién cuida de la lengua en
escritos intrascendentes, inmediatos y, a menudo, de uso sólo personal de
carácter más memorístico que no comunicativo. Todavía está por estudiar la
gramática de la lista de la compra, la sintaxis del herrero o la morfología del
hortelano. No me imagino un libro de poemas basado en las facturas del mecánico
ni una antología rimada de conversaciones de veterinarios con sus pacientes -loros
al margen-. Una nota de papel -actualmente se trataría de un mensaje
instantáneo de móvil- tiene una intención clara y la finalidad precisa de
requerir o de recordar. Ni el fontanero nos envía pareados ni sus metáforas
futuristas respecto de la cisterna del inodoro nos impresionan, sólo nos
conmueve la cantidad final de la factura -con o sin valor añadido.
Llegado aquí yo
disculpo a la señora Ferrusola. La absuelvo gramaticalmente. ¿Vendrá de una
falta de ortografía? ¡Venga ya! No seamos tiquismiquis ni quisquillosos
ultracorrectos del diccionario. Si repasamos las aplicaciones de mensajes
personales -o estos Reflejos y Titiriteros-
con el mismo rigor, nos escandalizaremos por la manada de errores de todo tipo
que pastan en estas prosas. Marta se ha comido los acentos, la diéresis se ha
descolgado y la ele geminada se columpia feliz sin acogotar la finalidad
comunicativa. La prueba es que todo el mundo ha entendido el mensaje, ¡bien claro!
Esta defensa cojearía
y resultaría injusta de no referirme a la voluntad literaria que la autora le
ha consagrado y que la compensa formalmente con creces. Si renquea
ortográficamente, sobresale por el estilo poético que rezuma. La intención
creativa concretada en la metáfora me ha emocionado. El poder de la lengua -y del
símil- es un hallazgo inédito. "Traspasar misales a la biblioteca"
tiene un poder evocador -y ganancial- de una exquisitez que va más allá de la
aliteración que nos acaricia los oídos reiterando las sonoras eses. Estamos
ante una evocación trazada con una caligrafía de monjas que ha evolucionado y
que eleva a categoría mística -como Santa Teresa- la vulgaridad terrenal de los
ordinarios millones, a pesar de tratarse de las devaluadas y nostálgicas
pesetas de 1995 .
Bienvenidos a
la mística del siglo XXI.
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