martes, 9 de mayo de 2017

Misales traspasados.



La señora Marta Ferrusola es noticia por una breve nota manuscrita en clave de catequista dominical en la cual requeriría a un banco andorrano que traspasara dos millones de las antiguas pesetas al heredero de la saga. 

Corría diciembre de 1995 -cuando redactó la nota- y la lengua catalana vivía un poco en el limbo entre la ley de normalización lingüística de 1983 y la de política lingüística del 1998. Un personaje, la Norma del català es cosa de tots, era todavía una preadolescente; deberían transcurrir unas décadas hasta el 2005 para que hubiera que dar cuerda a la lengua y proveerla de una prótesis dental errática, que brincando se desplazaba grácilmente. Muchos recordamos esas campañas de fomento de la lengua.

¿Qué tienen a ver el breve y preciso manuscrito de la señora Ferrusola, redactado a la manera de una inocente indicación de una sacristana que se hace pasar por "madre superiora" y la digresión histórica del catalán hacia una lengua europea de pleno derecho? ¡Fácil! Se le han detectado nueve faltas en siete líneas. Un horror denunciado por los puristas de la ortografía más atentos a la corrección formal que al propio mensaje. Reconozco que Marta lo habría tenido crudo en los cursos de reciclaje de la lengua que se impartieron en la década de los ochenta.

Regresando al presente yo quiero quitarle hierro al asunto. Quién cuida de la lengua en escritos intrascendentes, inmediatos y, a menudo, de uso sólo personal de carácter más memorístico que no comunicativo. Todavía está por estudiar la gramática de la lista de la compra, la sintaxis del herrero o la morfología del hortelano. No me imagino un libro de poemas basado en las facturas del mecánico ni una antología rimada de conversaciones de veterinarios con sus pacientes -loros al margen-. Una nota de papel -actualmente se trataría de un mensaje instantáneo de móvil- tiene una intención clara y la finalidad precisa de requerir o de recordar. Ni el fontanero nos envía pareados ni sus metáforas futuristas respecto de la cisterna del inodoro nos impresionan, sólo nos conmueve la cantidad final de la factura -con o sin valor añadido. 

Llegado aquí yo disculpo a la señora Ferrusola. La absuelvo gramaticalmente. ¿Vendrá de una falta de ortografía? ¡Venga ya! No seamos tiquismiquis ni quisquillosos ultracorrectos del diccionario. Si repasamos las aplicaciones de mensajes personales -o estos Reflejos y Titiriteros- con el mismo rigor, nos escandalizaremos por la manada de errores de todo tipo que pastan en estas prosas. Marta se ha comido los acentos, la diéresis se ha descolgado y la ele geminada se columpia feliz sin acogotar la finalidad comunicativa. La prueba es que todo el mundo ha entendido el mensaje, ¡bien claro!

Esta defensa cojearía y resultaría injusta de no referirme a la voluntad literaria que la autora le ha consagrado y que la compensa formalmente con creces. Si renquea ortográficamente, sobresale por el estilo poético que rezuma. La intención creativa concretada en la metáfora me ha emocionado. El poder de la lengua -y del símil- es un hallazgo inédito. "Traspasar misales a la biblioteca" tiene un poder evocador -y ganancial- de una exquisitez que va más allá de la aliteración que nos acaricia los oídos reiterando las sonoras eses. Estamos ante una evocación trazada con una caligrafía de monjas que ha evolucionado y que eleva a categoría mística -como Santa Teresa- la vulgaridad terrenal de los ordinarios millones, a pesar de tratarse de las devaluadas y nostálgicas pesetas de 1995 . 

Bienvenidos a la mística del siglo XXI.

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