lunes, 15 de mayo de 2017

Ciberataques.



"Hace unos días que cuando abro el ordenador, así que los chips se han calentado un poco, se aparece una señora muy neumática de voluptuosidad bien puesta que me ofrece su amistad . Tentado, pero temeroso, la mando a la papelera del rechazo -porque las amistades también deben reciclarse- aunque no siempre lo hago bastante convencido. ¿Habrá sido una buena decisión? Me vence la voluntad guiada por la sensación desconcertante de lo que no has elegido y que otros, sin haber levantado el dedo, te ofrecen en una invasión de intimidades que no has pedido. A menudo la privacidad danza al borde de la intromisión no solicitada.

En otras ocasiones me invade, cuando navego por los mares virtuales de la comunicación, la sensación demostrable que recolectan más datos de los que siembro. Detecto, por ejemplo, como la publicidad se vuelve monotemática y reiterativa así que has consultado un producto, visites la página que visites. Se ve que dejamos un amor comercial en cada pantalla donde desembarcamos. Somos predecibles, dejamos un rastro desde el que los sabuesos interesados ​​de todos los ámbitos nos siguen la pista.

A no tardar demasiados años, cuando nuestra vida dependa aún más de lo que físicamente no se toca pero que incide en la realidad, la dependencia virtual de una existencia en línea y sin hilos, tendremos que haber aprendido a gestionarlo. Con unas reglas del juego claras, limpias, transparentes y que nos permitan defendernos. Por ahora, en pañales en esta revolución tecnológica, vivimos la aventura de los primeros exploradores perdidos por las cartas de navegar sugestivas mientras empeñamos la privacidad que ya no somos capaces de controlar.

No quisiera ejercer de cronista profeta en catástrofes. Antes confesaré que existe un amigo entendido que me las inspira. Expone -convencido- los argumentos de los estrategas en la supremacía y cómo de vital será -ya lo es, según él- el control, la defensa, el asedio y la destrucción de la información con los objetivos que se quieran hasta llegar a la ciberguerra. Analiza qué estragos puede producir un apagón cibernético al margen del tradicional incremento de la natalidad.

Este amigo experto en batallas a golpes de ratón describe unos desbarajustes cada vez menos de ciencia ficción dibujando apasionadamente el paisaje posbélico de la III Guerra Mundial. Predica que después de los gases químicos de la primera gran guerra y los efectos de la física nuclear en la segunda, habremos de sufrir la "nada" absoluta con los cajones de datos virtuales revueltos o vacíos. Llegados a este punto impone una pausa dramática, toma un trago lento y continúa el relato. Sin datos bancarios y en la miseria por la bancarrota del plástico, sin semáforos regulando los atascos, sin datos médicos ni aspirinas, con los estantes vacíos de los productos básicos, el panorama es espeluznante; tanto que estoy repensando de retirarle la confianza, al amigo experto, y de aceptar la resplandeciente amistad de la neumática en la pantalla de leds antes de que se derrita".

Permitidme el ataque de inmodestia predictiva. Justo se cumplen dos años y medio cuando escribí esto en Miralls i Espantalls , noviembre de 2014, en una entrada en el blog llamada Ciberbatallas . Tampoco se trata de un brillante ejercicio apocalíptico de profecías porque la amenaza haya comenzado a manifestarse y a inquietarnos. Sólo sentido común en la previsión de un temor que entonces ya era real y que estos días se ha globalizado. Un virus, un achaque de dolor de estómago que afecta a los ordenadores y a los sistemas informáticos conectados de todo el mundo.

Nada nuevo, cambia el contexto. Nos embarga la misma sensación de cuando llegamos a casa y nos lo han revuelto todo. Aunque no hayan encontrado el collar de perlas -de las buenas- de la suegra, aunque no hayan descubierto la medalla de la primera comunión enterrada entre los fideos o el arroz, aunque no se hayan llevado un pequeño cuadro muy preciado, aunque... la percepción consciente de vulnerabilidad se vuelve rabia, impotencia y amargura. Nos han profanado el rincón que creíamos exclusivamente nuestro, el refugio que delata nuestras debilidades porque allí escondemos nuestros secretos. Alguien nos ha revuelto nuestras intimidades y nuestras vergüenzas.

¿Quién no se llevaría a una isla desierta una copia del disco duro en espera de la tabla salvadora -redentora- de un ordenador donde poder volver a reflejarnos en las fotografías, reeditar nuestros recuerdos o poder acceder a nuestros documentos? ¡Ciertamente, una pesadilla!

Esto es lo que está en juego estos días. Es la peste de los tiempos que corren porque los microbios han mutado, se han vuelto virtuales. Un nuevo modelo de epidemia con efectos demoledores. Preguntemos a los pacientes que han sufrido el ataque del sistema sanitario británico. Este es el punto más escalofriante porque algunos de los enfermos ingleses afectados no tienen ordenador ni viven enchufados a las redes sociales. Sufren las consecuencias de un vicio o de un contacto -pecado- que no practican, esta es la perversión de la nueva plaga informática a diferencia de la peste negra que devastó Europa y Asia en el siglo XIV.

Y lo más chocante es que el microbio se ha generado por cultivo en una agencia estatal estadounidense que ha sido incapaz, una vez propagado, de detenerlo. El monopolio Windows sólo es el eficaz agente transmisor de la enfermedad. Volverá a pasar y será difícil estar al corriente del alcance real porque algunas empresas y algunos países se han decantado por pagar a reconocer la peligrosa -vergonzosa- debilidad.

Me temo que los remedios caseros contra esta gripe ya no son lo suficientemente eficaces y que los productos que alivian los síntomas, como los antitusígenos, los mucolíticos, los analgésicos, los antipiréticos... son parches momentáneos. Ya lo advierten los médicos, que los virus no se pueden tratar con antibióticos, sólo podemos amortiguar los síntomas.

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