El verano nos sitúa en modo reposo, de
desconexión, de estar más por la visión corta de un objetivo con el foco
concentrado en pedruscos o en personajes todo epidermis tostándose al sol que
no pendientes de unos pactos imposibles. Hemos achicharrado a ráfagas de flash
lo que nos queremos llevar por demostrarnos, a nosotros mismos, que estuvimos,
paseando y contemplando el hechizo de lo que nos es ajeno. Antes, en verano –cada
rana lava su paño- éramos espectadores, pero ahora -toda mona ronda- también
formamos parte de la coalición, del ejército de depredadores en un safari por
el pacto insólito. Ejercemos de testigos con pruebas de que si no se tocan se
pueden contemplar. He decidido almacenar para el recuerdo los mercados locales
y exóticos cargados de obras de arte geniales y comestibles, naturalezas
muertas de color y aroma que sólo se comportan de ser retratadas.
El paréntesis breve que se convierte en una
especie de eternidad comprimida por países y tierras insólitas, próximos o
lejanas, nos transporta en busca del espejismo saludable -pero quimérico- del
País de Jauja donde todo es posible y consentido menos un acuerdo político
razonable. Algo que también ha empapado mi periplo ha sido la revancha por todo
lo que tolero el resto del año en Barcelona. He capturado idílicas postales de
naturaleza, gárgolas de catedral y me he concentrado a desahogar la tensión que
conlleva vivir acosado por el turismo el resto del curso.
Me explico. Bajo la condición de transeúnte ocasional
con papeles me he dedicado básicamente a estorbar. Los guías locales ya se
encargan de elegir el lugar más propicio para atascar las aceras y los
callejones estrechos mientras nos explican el programa electoral. Me he
convertido en barricada humana de calibre importante, no sin un punto de
temeridad, mientras buscaba el ángulo de ataque y la perspectiva más compensada
entre el semáforo haciéndome guiños, una promesa incierta y un escalón traidor.
Clic!
Ejercer de turista no os penséis que es tarea
fácil. Hay que poner voluntad. Uniformes aparte -boinas y complementos diversos
que no luciríamos en lugares donde nos conozcan- debe existir también una
cierta predisposición mental. Es un estado que requiere de un adiestramiento
previo para que el impacto no nos descoloque logrando los retos del visitante
típico con sandalias. A saber, un veraneante ocasional emblemático que no
decepcione, que lo da todo para estar a la altura de las circunstancias -con o
sin calcetines, a voluntad-.
Regreso del verano a casa con algo que se toca,
cierta pátina de morenez coriácea, una coraza que me protege del ambiente
político que contribuye al calentamiento global pero no al cambio climático en
la piel de toro peninsular. Sin novedades importantes en el frente político
nacional continuamos fosilizados, obstinados y empecinados entre políticos
incapaces de articular un entendimiento pretendiendo que volvamos a llenar las
urnas con barquillos y turrones de los duros, los de Alicante. Algo loable como
pataleta de patío de escuela, pero con un coste social no sostenible. El
prestigio de los políticos, la paciencia de los ciudadanos y los implantes me
temo que no lo soportarán.
Más de lo mismo, los mismos perros con los mismos
collares aullando en las noches de luna llena con el cielo llorando lágrimas de
agosto fugaces como estrellas. Alejados de las radiaciones del plasma estival, Mariano
y un servidor -yo del todo-, me cuentan que me he ahorrado el torpe trotar del
presidente en funciones mientras el tiempo pasa y la responsabilidad de los
políticos suda. Vivimos pendientes de que los resultados electorales -excesivamente
marinados- se concreten, que no se chamusquen en la hoguera de la indecisión
como unas tristes y sufridas sardinas congeladas. Administrar lo que las urnas
han propiciado no debería ser sólo un juego de ping-pong entre reproches y desacuerdos.
Ahora es vuestra responsabilidad, no la de quienes os hemos elegido. ¡No nos rebotéis
la pelota una vez más!
Dejadnos disfrutar de los canelones navideños en
armonía hogareña. ¡Feliz Navidad!
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