A septiembre le faltan los guiños de la luminaria intermitente
navideña de andar por casa para convertirse en lo que le correspondería por
mérito, ser la puerta del año real. El sombrío septiembre cierra el círculo de
la naturaleza, pero le escamoteamos la parafernalia de la cuenta atrás poniendo
el reloj a cero inaugurando el año solar oficial. Septiembre nace menospreciado
y deprimido tocado por la desolación molesta de volver a empezar, en el
trabajo, en la escuela, en la monotonía empalidecida y sin la banda sonora de
una canción rumbosa de verano. Es un poco la apertura perezosa -y fúnebre- para
una sinfonía del calendario. El romántico Peppino de Capri, una de las voces
más populares de la canción napolitana, quiso remediarlo; todavía debe ostentar
la patente de una melodía de latir lento y danzar aplomado -Melancolía en septiembre- que triunfaba
como tonada hiperglucémica del bailar pegados durante la década de los
sesenta.
En la rueda vital de la naturaleza otoño es
preludio de frío, de letargo. La antesala de una hibernación reparadora antes
del estallido generoso, luminoso y verde con que nos sorprende y nos redime la
primavera lozana. ¡Cuántos días tendremos que deshojar para alcanzarla! No nos
deprimamos, levantemos los corazones y encendamos las luces. Aprendamos, como
suelen los hombres de campo, a celebrar la cosecha y a mirar con júbilo la
despensa llena con el cereal al amparo y la bodega próspera. ¡Feliz fiesta
mayor de otoño!
Podemos confirmar proclamando que si no estrenamos
año, inauguramos curso. Curso escolar, curso político -inédito-, año fiscal -doloroso-,
año agrícola con el inicio de las labores de la preparación hasta la cosecha,
año judicial ... y el año litúrgico, una
mezcla con el vacilante calendario lunar que determina el ciclo pascual. Os
confieso que de entre todos yo prefiero el año sabático, aquel período en el
que liberaban a un profesor de la enseñanza. ¡Lo reivindico!
Septiembre es el mes de las segundas
oportunidades, del arrepentimiento y la redención cuando tostados por el sol,
excesivamente dorados por como inversamente nos hayamos dedicado, nos pasaban
por la plancha –vuelta y vuelta sin criterio- con los exámenes que nos
recortaban la libertad y el disfrute estivales sin pesar -¡Niño, estudia!-
Melancolía también de aquellos septiembres adolescentes.
Mientras, un curso más. Un septiembre más. Un año
más. Un reto más con el disparo de salida al nuevo curso escolar que nos
condiciona la vida, toda. Llegados a estas fechas debemos un homenaje cargado
de reconocimiento profesional a los maestros en general y uno de entrañable a
los abuelos en particular. Celebremos, pues, el vuelta a empezar con
resignación, con energía y con empuje.
¡Buen curso!
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