domingo, 4 de septiembre de 2016

Melancolía en septiembre



A septiembre le faltan los guiños de la luminaria intermitente navideña de andar por casa para convertirse en lo que le correspondería por mérito, ser la puerta del año real. El sombrío septiembre cierra el círculo de la naturaleza, pero le escamoteamos la parafernalia de la cuenta atrás poniendo el reloj a cero inaugurando el año solar oficial. Septiembre nace menospreciado y deprimido tocado por la desolación molesta de volver a empezar, en el trabajo, en la escuela, en la monotonía empalidecida y sin la banda sonora de una canción rumbosa de verano. Es un poco la apertura perezosa -y fúnebre- para una sinfonía del calendario. El romántico Peppino de Capri, una de las voces más populares de la canción napolitana, quiso remediarlo; todavía debe ostentar la patente de una melodía de latir lento y danzar aplomado -Melancolía en septiembre- que triunfaba como tonada hiperglucémica del bailar pegados durante la década de los sesenta. 

En la rueda vital de la naturaleza otoño es preludio de frío, de letargo. La antesala de una hibernación reparadora antes del estallido generoso, luminoso y verde con que nos sorprende y nos redime la primavera lozana. ¡Cuántos días tendremos que deshojar para alcanzarla! No nos deprimamos, levantemos los corazones y encendamos las luces. Aprendamos, como suelen los hombres de campo, a celebrar la cosecha y a mirar con júbilo la despensa llena con el cereal al amparo y la bodega próspera. ¡Feliz fiesta mayor de otoño! 

Podemos confirmar proclamando que si no estrenamos año, inauguramos curso. Curso escolar, curso político -inédito-, año fiscal -doloroso-, año agrícola con el inicio de las labores de la preparación hasta la cosecha, año judicial ...  y el año litúrgico, una mezcla con el vacilante calendario lunar que determina el ciclo pascual. Os confieso que de entre todos yo prefiero el año sabático, aquel período en el que liberaban a un profesor de la enseñanza. ¡Lo reivindico! 

Septiembre es el mes de las segundas oportunidades, del arrepentimiento y la redención cuando tostados por el sol, excesivamente dorados por como inversamente nos hayamos dedicado, nos pasaban por la plancha –vuelta y vuelta sin criterio- con los exámenes que nos recortaban la libertad y el disfrute estivales sin pesar -¡Niño, estudia!- Melancolía también de aquellos septiembres adolescentes.

Mientras, un curso más. Un septiembre más. Un año más. Un reto más con el disparo de salida al nuevo curso escolar que nos condiciona la vida, toda. Llegados a estas fechas debemos un homenaje cargado de reconocimiento profesional a los maestros en general y uno de entrañable a los abuelos en particular. Celebremos, pues, el vuelta a empezar con resignación, con energía y con empuje. 

¡Buen curso! 

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