Tiempo de setas en una sequía que no las propicia.
Los entendidos -debería decir expertos- dictaminan que esta temporada no será
de las más exitosas. La sequía pertinaz comporta que la humedad necesaria que
requieren todavía no sea lo suficientemente generosa. Demasiados días sin
llover o de hacerlo poco y mal provocan que el bosque no se prodigue. Veremos
cómo evoluciona la colecta, pero por ahora es escasa y muy esporádica.
Cazar setas, estos hongos se cazan como los jabalíes, los torcaces o los conejos, tiene su cosa.
Como no tienen patas para huir de escopetas como cestas, se camuflan. Mimetizadas
en el sotobosque cuestan de ver, algunas desfilan ataviadas con hojas de otoño
en una gama de rojos cobrizos y terrosos que todavía las hacen más escurridizas.
Es una especie de juego detectivesco donde una buena lupa y la intuición se
complementan para detectarlas debajo de una hoja caída que ejerce de sombrero
con formidables diseños ecológicos.
No soy cazador de setas asiduo –un pasavolante de
experiencia oxidada- que podría corroborar que habitualmente son ellas, las
setas, las que salen a mi encuentro. Decepcionante porque si no hay muchas, no solemos
coincidir. Suelo pasar de largo sin acometerlas y ha sucedido -en años de
cosecha generosa- que las he llegado a pisar. Toda una ciencia y un arte, los
del buscador de setas profesional, que desgraciadamente no me asisten. Lo
aseguro apelando a un trauma infantil que me obligaba a buscar setas a mi pesar
bajo la espartana condición de aprendiz desmotivado. Demasiado madrugar,
demasiadas cuestas, demasiados abrojos, demasiado miedo a la fauna salvaje -ardillas,
zorros y tejones- que yo asociaba a las fieras feroces del celuloide con pavor
irracional por las serpientes, los lagartos y otras fieras que se deslizan.
Había que estar alerta poniendo en ello todos los sentidos.
De aquella época aprendí que no hay que fiarse de
los ejemplares petulantes, los que se exhiben altivos. Setas vistosas de
sombreros llamativos, cargados de complementos y esporas suelen decantarse por
la soledad arrogante. Faros soberbios que avisan -¡Eh, soy venenosa!- Alejaos
de ellas.
Hay comunidades de setas modestas sembradas por la
naturaleza con generosidad. Asambleas de ejemplares que viven en urbanizaciones
micológicas que sólo de verlas ya da pereza recogerlas. Abundan para participar
en una especie de socialización gastronómica que se concreta en una tortilla o
en el caos alegre de unos huevos revueltos con una pizca de perejil y un diente
de ajo picado. Gloriosas y, a menudo, poco apreciadas. También existe la tribu
de las que ni pinchan ni cortan -ni envenenan-, son la plebe, las más vulgares de la cesta que
adquieren la virtud cuando se les disfraza la textura -a tapón de corcho- en el festival de sabores de un buen estofado.
¡Setas! De la globalidad hemos aprendido a cultivarlas,
a provocarlas en prisiones ajenas a las ventoleras asesinas y a disfrutarlas
como champiñones de compañía. Esclavas de cocina o mascotas de cazuela. Hemos
aprendido de los vecinos, que suspiraban por especies que nosotros
rechazábamos, a preciar estos préstamos de la tradición francesa u oriental
convirtiéndolos en galicismos exquisitos para menús con pretensiones. ¡Setas!
Mi obsesión infantil con las setas pasaba por capturar
algún duende, estos simpáticos seres minúsculos que habitan en los pies carnosos
de especies singulares. Nunca conseguí cautivar a ninguno. Huidizos se escabullían
antes de que yo les pillara. Máxime hallaba el espacio deshabitado y aseado,
con la cama hecha y la habitación barrida. Incansable y pertinaz tampoco me
desanimaba cuando sólo hallaba un gusano.
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