Gisele Bundchen al paso de Garota de Ipanema interpretada por Paulinho da Viola es uno de los
cromos para la eternidad que generó la ceremonia de apertura de los Juegos de
Río. La vistosa voluptuosidad lustrosa -con un sutil punto de estrabismo
sensual ensayado- inauguró la noche carioca con color, música y sabor tropical.
Río 2016 ya suda, sufre, emociona y, sobre todo, compite. Más lejos, más alto,
más fuerte -¿más dopados?-.
Ni los niños ya se tragan que lo importante es
participar, hay que ganar como sea. Para combatir el todo vale la federación
rusa será eliminada de los Juegos Paralímpicos. El Comité Paralímpico ha
decidido en un sentido distinto al del Comité Olímpico, que dejó la decisión de
la prohibición a criterio de cada federación deportiva. Se habría demostrado
una conjura estatal que permite a los deportistas rusos doparse. La idílica
idea de que todas las naciones del mundo pueden reunirse en unos juegos en
igualdad de condiciones para averiguar quién llega más arriba desde más allá
con suficiente fuerza y sin componendas debe ser también un espejismo para
criaturas inocentes.
En esta edición llama la atención y es
significativo ver desfilar el Equipo Olímpico de los Refugiados, una iniciativa
ligada al programa Solidaridad Olímpica
que lidera el manresano Pere Miró, director general adjunto del COI. Se han
seleccionado diez atletas que competirán bajo la bandera y el himno olímpicos.
Se trata de diez personas con estatus de refugiado verificado por la ONU
teniendo en cuenta su situación y la trayectoria deportiva personal. Cinco son
originarios de Sudán Meridional; dos, de Siria; dos, de la República
Democrática del Congo; y uno, de Etiopía. ¡Mucha suerte!
La XXXI Olimpiada, Río 2016, lleva por primera vez
los juegos a América del Sur. La segunda vez para un país latinoamericano;
México 1968 en el recuerdo. A finales de 2009 el COI decidió en Copenhague que
Río se convertiría en la sede de los XXXI juegos. En aquella ocasión la samba
venció Madrid por los pelos, que hizo podio clasificada en segundo lugar; pero
desgraciadamente no los obtuvo. Todavía teníamos que asistir a la ingeniosa
estocada idiomática que Ana Botella perpetró en la posterior candidatura para
el 2020. Instó la entonces alcaldesa de Madrid al comité a tomarse « A relaxing cup of café con leche en Plaza
Mayor ». El jurado olímpico se relajó tanto que se decantó por una ceremonia
del té, pero en Tokio.
¿Si el comité seleccionador de Copenhague -abstemio
de cafeína y de teína- hubiera contado con una buena bola de cristal se habría
decantado por Brasil? No lo sabemos, pero el Brasil con las expectativas de
2009 no es el de estos días de pebetero encendido. Hoy arden los perfumes de la
crisis, de la corrupción y de las favelas
que se empeñan en no transformarse en un parque temático para turistas
nostálgicos que viven la aventura extrema y colorista en la práctica de la selfie étnica. Brasil hierve con el alma
en vilo, para terminar la infraestructura de los juegos, porque algún dirigente
del COI declaró que la organización del evento era de "las peores"
que había visto nunca. Porque los brasileños sufren con más pasión las medidas
de austeridad impuestas que por la celebración de unas olimpiadas que también
han servido para silbar y abuchear la breve -brevísima- intervención del
presidente en funciones Michel Temer declarándolos inaugurados. Ni Dilma Rousseff
ni Lula da Silva asistieron al acto. Contados los jefes de estado que
estuvieron presentes, se trata de la edición con la asistencia más escasa de
dignatarios nunca constatada. Los españoles también hicieron novillos. Y
todavía un temor más les atenaza, repetir la experiencia poco afortunada -¿desastrosa?
- del reciente Mundial de Fútbol con sede en Brasil.
Iniciada la conexión urbi et orbe , con una audiencia potencial de 3.000 millones de
personas a través de la televisión, justo cuando pulían la sombra de ojos con
un sutil punto de estrabismo sensual ensayado de Gisele Bundchen, el estadio de
Maracaná presentaba demasiados huecos de vacío abrumador. Los comentaristas se
cuestionaban si asistiríamos al espectáculo con las gradas medio vacías. Las
colas y la seguridad extrema propiciaron que la fluidez en los accesos no fuera
la que debía. El fantasma del deslucimiento por falta de público sólo se paseó
por Maracaná.
Con todo ello el COI nunca pierde, como la banca
en las casas de juegos. La rentabilidad del evento ya está asegurada al margen
del comportamiento y del furor que emplee la torcida contra Neymar o del boicot y de las protestas que un
pelotón de canganceiros decidan
practicar en contra de la situación política o social que vive el Brasil.
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