Los efectos de la visita del Papa, León XIV, como jefe
de estado y jefe de una iglesia, en Catalunya, han impactado también por
partida doble en la vida política y ciudadana. La derecha y la izquierda se han
acercado. Unos como el representante netamente social en favor de la acogida de
inmigrantes, de la paz y de una economía a favor del servicio a las personas.
Alejado -como Pedro Sánchez- del trumpismo y de la ultraderecha catalana y
española.
En Catalunya teníamos la duda, fomentada por Omella,
del uso del catalán. Un calculado recuento lingüístico que el Papa León ha
respetado en Montserrat y en la Sagrada Família mientras hacía visibles a los
presos y a los desfavorecidos -Brians y la parroquia de Sant Agustí del Raval-.
A una corta distancia de la catedral, los maestros con camiseta amarilla se
manifestaban mientras los estudiantes de las pruebas de selectividad acudían
temerosos a los exámenes. Detrás, un conglomerado puramente vaticano que el
Papa impulsa a lo largo de los distintos parlamentos y de sus respuestas. Era
evidente cómo el aborto y las medidas discretas contra la pederastia en la
propia iglesia han salido sutilmente. Sin embargo, la mujer continúa en su
sitio -ahora sin tener que limpiar altares como sucedió en la anterior visita
de Benedicto XVI- soportando el papel subalterno de ellas en la institución que
encabeza León XIV.
Del discurso inicial en la sede del Congreso de los
Diputados destaco la apropiación y los siete minutos de aplausos eternos que se
disolvieron en la nada durante la primera sesión sin la tutela papal con las
contundentes bofetadas dialécticas habituales. En las sedes oficiales
importantes de Cataluña hemos visto colgadas banderas vaticanas. Si se desea,
pequeñas aportaciones más al gasto real de esta visita que difícilmente
conoceremos.
Hemos asistido a la puesta en marcha, una vez más, de
la maquinaria vaticana engrasada por una excelente capacidad para generar un
espectáculo que ha coincidido en el aniversario de la muerte de Antoni Gaudí y
la bendición de la torre de Jesús. El punto clave de esta visita. Barcelona se
proyectará aún más en el centro de atracción turística. Algunos osados
comentaristas ya proponían desmontar la Sagrada Familia almacenando las
piezas -como un puzle de Lego- en un Bluespace.
Obtendríamos un solar de muchos metros cuadrados donde edificar pisos
turísticos para acoger a los visitantes.
De regreso al Vaticano, el Papa habrá dejado un
recuerdo muy entrañable para muchos. Se marchará bajo el impacto espectacular y
estético de haber bendecido la cruz del templo de la Sagrada Familia. Una cruz
con la que el pontífice aspira a iluminar el mundo con un mensaje de paz,
tolerancia y justicia para los más necesitados. Quiero destacar que en la
construcción del templo de la Sagrada Família no se ha empleado ningún tipo de
capital público.
Yo personalmente destacaría la sensación de ahogo y
encapsulamiento en las vías por las que él se ha desplazado. Las he sufrido en
propia carne indefenso para saltar de lado a lado, uno y otro de la calle
ocupados por la fe y la ilusión, para poder llegar a casa después de una visita
médica en una clínica relativamente cercana a la sede de la Sagrada Família. La
médica, por ejemplo, llegó tarde durante un par de horas por las dificultades
expuestas. La presencia papal comportó el cierre por seguridad sufrido por
algunos barceloneses. Después de la experiencia, creo que lo liberador ha sido
seguir los acontecimientos desde las televisiones que los retransmitían en
directo. La televisión estatal convertida literalmente en Vaticana.
La TV1 sigue, también desde Canarias, todos los
pasos santos del protagonista, misas, actos diversos y bendiciones con o sin
papamóvil de un protagonista con poca prisa, como eterno. Hemos asistido a las
numerosas pausas del ritual mientras el vehículo descapotable se detenía para
bendecir a un niño ajeno a la ceremonia en el que estaba inmerso por la familia
mientras le depositaba en los brazos bien entrenados de la policía vaticana
sosteniéndolo cuidadosamente mientras el Papa le dibujaba una cruz en la
frente. Como ha dicho el Papa en Canarias, el mar no puede convertirse en un
cementerio sin lápidas, inspirado en la recopilación de relatos fantásticos y
de terror escrito por Neil Gaiman.
Curiosamente, la televisión -vaticana estatal-
interrumpe la programación para empezar el mundial de fútbol. Cortan
abruptamente la misa, desde un estadio de fútbol en Las Palmas de Gran Canarias,
para iniciar este nuevo y largo campeonato mundial de fútbol. Trump gana en
audiencias y gestos inoportunos. Las restricciones de entrada impuestas por
Estados Unidos han provocado, incluso, que el árbitro somalí Omar Artan,
considerado el mejor árbitro de África, tuviera que dar media vuelta porque le
denegaron la entrada en el país que preside Trump porque no pudieron constatar
si tenía o no antecedentes. Asimismo, buscando un refugio para que Irán, uno de
los participantes en el torneo, pudiera estar presente a pesar de la guerra con
Estados Unidos. Por último, la expedición se instala en Tijuana, en la frontera
mexicana, con visados de 24 horas para ir a la sede del partido y regresar al
hotel. Una solución de urgencia que no ha evitado otros escenarios polémicos
como el que vivió Aymen Hussein, la estrella de la selección iraquí, que fue
retenido durante horas en Chicago y que dijo que le habían "tratado como
un terrorista".
Aquí hemos asistido a rituales diversos mezclando la
condición papal y de jefe de estado, del Vaticano. Todo perfecto si no fueran
los problemas técnicos del avión que debía trasladarle a Roma. Finalmente, el
Papa, con una corte reducida con menos cardenales y obispos a bordo, ha
aceptado el avión -mucho más pequeño- que Felipe VI le ha cedido para poder
llegar al Vaticano. Entre los Cercanías en Barcelona el día de su visita y el
avión papal de regreso a Roma, estoy seguro de que el pontífice se decantará
próximamente por el papamóvil, un buen medio de transporte, más fiable.
¡Beatus ille!
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