Efectivamente,
esto va de huevos específicamente americanos, de huevos trumpistas. A los
múltiples problemas de gobernabilidad a resolver o a emprender por la nueva
administración americana hay que añadir la crisis de los huevos. Un quebradero
de cabeza más para Trump que debe solucionar la falta de este producto en los
supermercados. Una seria contrariedad asociada a la gripe aviar ya ha causado
que más de 130 millones de aves hayan sido sacrificadas para no propagar este
virus emplumado entre la población. La alta demanda de los fotogénicos huevos
revueltos para el desayuno y la falta de oferta han hecho que la docena haya
duplicado el precio de venta si es que se pueden localizar todavía en los
estantes de Oklahoma del Norte. ¡La gripe aviar y la inflación han convertido
los huevos en un objeto de deseo y de opulencia para el consumo ya que los
americanos no tienen huevos!
En
el imperio de la iniciativa privada, la empresa Rent the Chicken -Alquila un
pollo- ofrece una solución -de estado- para resolver el contratiempo. Con
aproximadamente unos 400 dólares, según el destino, los potenciales
clientes pueden realizar un pedido básico que incluye un gallinero portátil,
dos gallinas ponedoras, pienso, accesorios diversos e instrucciones para su
cuidado. En un par de días, la empresa facilita que los nuevos polleros urbanos
ya dispongan de huevos frescos directamente de su jardín o de la terraza
del rascacielos. Tal y como especifica la emprendedora empresa Alquila
un Pollo son huevos con menos colesterol y grasas saturadas, con
muchos ácidos grasos -aquí los catalogaríamos de ecológicos o de gallinas en
libertad que hacen gimnasia o practican Pilates-. La empresa promueve que los
clientes puedan adoptar las gallinas al final del contrato o devolverlas
pasados los seis meses de alquiler estipulado. ¿Quién no desarrollará apego
por unos animales domésticos tan simpáticos -y productivos-? La ventana de
oportunidades comerciales que se abre con la venta de accesorios para gallinas
es tremenda, desde gabardinas para la lluvia a bufandas, de zapatitos de
fantasía a correas para llevarlas a pasear. Todo un mundo gallináceo por
explorar.
En
Catalunya las personas que prevén como máximo 30 gallinas para la cazuela o un
máximo de 70 pollos a l’ast, un autoconsumo ávido, deberían registrarlos como
una explotación ganadera desde el año 2014. Esto significa que no se puede obtener
un beneficio económico aprovechando la actual crisis de ultramar. Infringir la
normativa puede acarrear sanciones desde los 600 a los 3.000 euros. ¡Un buen
pico! Pero en Catalunya tenemos huevos. Siempre los hemos tenido, y, en
consecuencia, gallinas, no entraré en cuál es el origen primero en los ponederos,
el huevo o la gallina. Hace años estas aves de corral, como los patos, las ocas
o los hermanos pequeños, los picantones, retozaban zampando felizmente el maíz
sin tanta regulación administrativa. Existía una tradición muy nuestra, ahora
perdida o en desuso, entre las vecinas de las masías cercanas, consistía en
llevar una gallina blanca para hacer un buen caldo que era un remedio muy
eficaz para producir leche en las madres primerizas que debían dar de mamar a
los bebés. Según la costumbre, sólo la gallina blanca posee dicha virtud.
En
el repique ensordecedor de los tambores de guerra ha nacido el concepto de hatillo
de supervivencia, un morral donde ubicar una garrafa de agua, latas de
sardinas, una penca de bacalao salado, el remanente de morcillas, velas,
papeles de identidad, salvoconducto o, entre otros si tenéis, una radio.
Además, la comisaria europea de gestión de crisis ha explicado en las redes
sociales que también habría que tener a mano dinero en efectivo -a tocateja- y
un cuchillo bien afilado habiendo recogido hierbas medicinales diversas.
Europa,
que también tiene huevos -un poco poché- está por reforzar los
ejércitos y aceitar las escopetas para prepararnos mentalmente ante una guerra,
una catástrofe medioambiental o una epidemia como la de los pollos de Trump.
También para un más menester respecto del expansionismo ruso -con huevos
cuadrados de plomo- y el abandono de Estados Unidos que nos ha dejado huérfanos
y desamparados en asuntos de seguridad. No está el mundo para demasiadas
alegrías con el panorama que se dibuja. Por eso, queriendo aportar mi granito
de arena, propongo que en el fardo de supervivencia canjeemos los chuchos y
animales de compañía diversos e inútiles por unas gallinas. Olvidaos de la tropa
que parásita la vida doméstica, acoged -o alquilad- las productivas gallinas
que siempre nos las podremos zampar si dejan de poner, al mismo tiempo, como los
canarios de la mina, han de alertaros de potenciales peligros invisibles si
estáis atentos a la pérdida de plumas, a la ufana o al languidecer mustio de
las crestas.
¡Adoptad,
pues, una gallina!
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