La
prensa se hace eco de un decreto estrambótico que ha entrado recientemente en
vigor, afecta a la presión del agua en la ducha para poder cuidar el cabello
“precioso” color zanahoria incierto de quien lo ha firmado. Me pregunto si la
medida también nos atañe a los calvos ya que no lo especifica ninguna adicional
que modifique su exposición normativa o los artículos que se despliegan. Si no
hay duchas exclusivas para los que peinan flequillo con prósperas margaritas
colaterales se trataría de un caso de solidaridad capilar “liberando el agua
para que la gente pueda vivir” que me emociona en el supuesto de que me llegara
a afectar por cómo están los asuntos globales, aunque -como dice la sabiduría
popular- agua con la que no te has de remojar, déjala brotar.
Enrique Santos Discepolo el argentino que firma Cambalache,
un manifiesto para bandoneón con armonías de tango, acertaba con precisión ya
en la década de los años treinta del siglo pasado: "Que el mundo fue y
será una porquería, ya lo sé. En el quinientos diez, y en el dos mil también". Nos advertía que "Si
uno vive en la impostura y otro afana en su ambición, da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos, caradura o polizón Qué falta de respeto, qué
atropello a la razón. Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”. Una
melodía triste, como la mayoría de tangos arrabaleros, que nos acercan al
desamor desgarrado o al fatalismo civil como en este caso.
"Por
favor, por favor, señor, haga un trato. Haré lo que sea, señor.
Estos países nos están llamando para lamerme el culo. Se mueren por llegar a un
pacto". Discepolo tenía toda la razón, cualquiera no es un señor.
Los discursos de gran proyección merecen maneras más sutiles aunque sea desde
la hipocresía. La primera línea de la política, la más poderosa y altiva no
puede permitirse la vulgaridad torpe a la pata la llana por evidente que sea. La
oratoria a la brava es más propia del ámbito privado, en zapatillas y sin
corbata, que declamada en un atril rodeado de medios periodísticos. ¡Cierto! De
casta le debe venir al galgo.
El
delirio arancelario de no ser por la angustia comercial que lleva asociada es
un argumento trepidante con mucho juego novelesco, como un libro de
caballerías, con giros de guión asombrosos e imprevisibles que puede
dar juego en muchas temporadas, repleto de personajes que se les ve el plumero
mientras nos dejan con el culo al aire sin lamer un día de tramontana. En el
papel de vocero feriante como acostumbran las tómbolas en la fiesta patronal se
han repartido varapalos económicos -aranceles- vendiendo sin persuasión alguna boletos
aleatorios como quien sortea impulsivamente una muñeca Chochona o
un Perro piloto. Una montaña rusa de impacto voluble sin un
objetivo aparentemente definido o planificado -poca guasa- que puede colapsar
la globalidad económica. China se lleva el trompazo más fuerte con un moratón
en el ojo encaramado en un Dragon Khan de intereses estratosféricos.
Entre
el caos monumental -urbi et orbi- y las pérdidas provocadas, los
razonamientos son de swing con un palo de golf y con una gorra
bien calzada a rosca para no despeinar el hermoso flequillo atacado por la
fuerte presión de la ducha. La recomendación explícita consiste en incitar la
compra de acciones de la bolsa a la baja en una semana muy negra provocada por
ellos mismos. La tormenta perfecta en un océano financiero que justo cuatro horas
más tarde se calmó acto seguido del anuncio de una pausa parcial de los
aranceles. Wall Street resucitaba y cogía oxígeno con una remontada histórica
en el precio de las acciones. ¿Una casualidad? ¿Veleidades bursátiles? ¿Arrebatamientos
o caprichos pasajeros? Los malpensados -siempre los hay- sospechan que se han
manipulado los mercados a favor de sus intereses y beneficios, los de sus
familiares, empresarios y algún político pasavolante afín a quienes les faltan
dedos para contar las ganancias.
Profético
Discepolo: "Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón". Entre
el desconcierto y la incertidumbre habrá que ver hacia dónde evoluciona todo
mientras el rey de bastos cargado de ocurrencias desenfrenadas nos pone los
pelos de punta. Una nueva era claramente posdemocrática asoma los cuernos en un
horizonte con piel de gallina. ¿El mundo castigado por los aranceles será capaz
de plantar cara o detenerlos? Permitidme que recurra al nuevo libro de estilo
vigente, porque los coz en los cojones mercantiles -¡las hostias!- tarde o
temprano también rebotan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario