sábado, 12 de abril de 2025

Por favor, señor, haga un trato.

 

La prensa se hace eco de un decreto estrambótico que ha entrado recientemente en vigor, afecta a la presión del agua en la ducha para poder cuidar el cabello “precioso” color zanahoria incierto de quien lo ha firmado. Me pregunto si la medida también nos atañe a los calvos ya que no lo especifica ninguna adicional que modifique su exposición normativa o los artículos que se despliegan. Si no hay duchas exclusivas para los que peinan flequillo con prósperas margaritas colaterales se trataría de un caso de solidaridad capilar “liberando el agua para que la gente pueda vivir” que me emociona en el supuesto de que me llegara a afectar por cómo están los asuntos globales, aunque -como dice la sabiduría popular- agua con la que no te has de remojar, déjala brotar.

Enrique Santos Discepolo el argentino que firma Cambalache, un manifiesto para bandoneón con armonías de tango, acertaba con precisión ya en la década de los años treinta del siglo pasado: "Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos diez, y en el dos mil también". Nos advertía que "Si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón Qué falta de respeto, qué atropello a la razón. Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”. Una melodía triste, como la mayoría de tangos arrabaleros, que nos acercan al desamor desgarrado o al fatalismo civil como en este caso.

"Por favor, por favor, señor, haga un trato. Haré lo que sea, señor. Estos países nos están llamando para lamerme el culo. Se mueren por llegar a un pacto". Discepolo tenía toda la razón, cualquiera no es un señor. Los discursos de gran proyección merecen maneras más sutiles aunque sea desde la hipocresía. La primera línea de la política, la más poderosa y altiva no puede permitirse la vulgaridad torpe a la pata la llana por evidente que sea. La oratoria a la brava es más propia del ámbito privado, en zapatillas y sin corbata, que declamada en un atril rodeado de medios periodísticos. ¡Cierto! De casta le debe venir al galgo.

 El delirio arancelario de no ser por la angustia comercial que lleva asociada es un argumento trepidante con mucho juego novelesco, como un libro de caballerías,  con giros de guión asombrosos e imprevisibles que puede dar juego en muchas temporadas, repleto de personajes que se les ve el plumero mientras nos dejan con el culo al aire sin lamer un día de tramontana. En el papel de vocero feriante como acostumbran las tómbolas en la fiesta patronal se han repartido varapalos económicos -aranceles- vendiendo sin persuasión alguna boletos aleatorios como quien sortea impulsivamente una muñeca Chochona o un Perro piloto. Una montaña rusa de impacto voluble sin un objetivo aparentemente definido o planificado -poca guasa- que puede colapsar la globalidad económica. China se lleva el trompazo más fuerte con un moratón en el ojo encaramado en un Dragon Khan de intereses estratosféricos.

Entre el caos monumental -urbi et orbi- y las pérdidas provocadas, los razonamientos son de swing con un palo de golf y con una gorra bien calzada a rosca para no despeinar el hermoso flequillo atacado por la fuerte presión de la ducha. La recomendación explícita consiste en incitar la compra de acciones de la bolsa a la baja en una semana muy negra provocada por ellos mismos. La tormenta perfecta en un océano financiero que justo cuatro horas más tarde se calmó acto seguido del anuncio de una pausa parcial de los aranceles. Wall Street resucitaba y cogía oxígeno con una remontada histórica en el precio de las acciones. ¿Una casualidad? ¿Veleidades bursátiles? ¿Arrebatamientos o caprichos pasajeros? Los malpensados ​​-siempre los hay- sospechan que se han manipulado los mercados a favor de sus intereses y beneficios, los de sus familiares, empresarios y algún político pasavolante afín a quienes les faltan dedos para contar las ganancias. 

Profético Discepolo: "Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón". Entre el desconcierto y la incertidumbre habrá que ver hacia dónde evoluciona todo mientras el rey de bastos cargado de ocurrencias desenfrenadas nos pone los pelos de punta. Una nueva era claramente posdemocrática asoma los cuernos en un horizonte con piel de gallina. ¿El mundo castigado por los aranceles será capaz de plantar cara o detenerlos? Permitidme que recurra al nuevo libro de estilo vigente, porque los coz en los cojones mercantiles -¡las hostias!- tarde o temprano también rebotan.

 

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