Ya
lo decía aquél: cuando todo va bien, ¡se va la luz! Seguramente existe un
exceso de optimismo en este “todo va bien” visto el panorama. Empantanados en
las guerras habituales y sin papa, mientras el Real Madrid cae humillado en el
pozo de la derrota, da la impresión de que nada funciona como solía. Un
desastre que se ha encarnado desde la ausencia -ya es una ironía- ensombrecida
con la oscuridad literal de un apagón en la red eléctrica que ha comportado que
el ovillo de las redes de la comunicación y de la información se haya enmarañado
de mala manera.
Ahora
mismo es el evento del siglo hasta que el equipo blanco no vuelva a ganar la
Champions. Una distopía -como dice el otro- que nos ha inquietado por el
aislamiento vulnerable ocasionado. La cosa tiene un aire de novela negra en un
formato de serie con un argumento bien resuelto que ha de permitir segundas temporadas
con más intriga aún. Todos coinciden, fueron cinco segundos -una eternidad por
como de rauda viaja la luz- fatales i largos como un bolero o una crónica
desafinada de un desamor en alta tensión con cuernos como protagonista.
Tampoco
yo me resistiré ni os privaré del momento justo, pasado mediodía, así que he
perdido la conexión a la red. La primera reacción ha sido maniobrar para intentar
volver a conectarme desde el ordenador. He comprobado la salud del rúter, no es
un problema doméstico, viene de ellos. Sufre una especie de parada
cardiorrespiratoria, un paro repentino, inesperado y potencialmente reversible
de la circulación eléctrica espontánea a causa de un proceso patológico.
Resumiendo, ¡se ha ido la luz! Que el fluorescente de la escalera no permanezca
encendido y que el ascensor no funcione indican que el percance puede ser
considerado agudo.
El
optimismo -por ignorancia- en materia tecnológica me induce a pensar que se trata
de un corte preventivo por el mantenimiento de la línea de la calle o que los
albañiles, empeñados a derribar el tabique de una vivienda en obras del
edificio, han cortado el suministro un rato. Hay que esperar, ya volverá la luz
pronto como ha sucedido en otras ocasiones. Tengo esta esperanza porque la
abuela -95 años en las piernas- acaba de bajar a la calle con un andador
destino al banco de las ausencias, un espacio donde el destino pasa lista a
diario a los convocados. Me inquieta que el ascensor no funcione.
Pasa
el tiempo y no hay indicios de que la avería se va a solucionar en un tiempo
prudencial. Sin redes vivo en la oscuridad informativa más absoluta hasta que
he recordado que tengo un transistor a pilas, un trasto olvidado en algún
rincón. Lo recupero para enterarme de que toda la Península, toda, sufre los
efectos del fallo eléctrico. El asunto ya evoluciona gradualmente de grave a muy
grave y a gravísimo. Salgo a la terraza para comprobar cómo los semáforos no
parpadean y en parte alguna se ve un escaparate iluminado mientras las amas de
casa todavía siguen en la calle.
Escucho
a Ricard Ustrell en plena maratón en la radio nacional catalana, habla más que informa
de la situación. Testigos que explican su caso, su anécdota -tragedia personal-
del momento. También entrevista a expertos -jubilados la mayoría- que aportan
estupefacción y se niegan desde su dilatada experiencia a hacer suposiciones.
Habrá que esperar, analizar el alcance y las carretadas de datos que tendrán
que revisar y estudiar por si es posible desenredar el entramado. ¿Qué ha
pasado, cuál ha sido la causa? Un misterio en las primeras horas que no se
resuelve a lo largo del día. El locutor se convierte en un vendedor eficaz de
transistores, la radio analógica con pilas, que nos permite no sentirnos tan solos
y menos acojonados. Aquellos que sonreímos ante el chiste del hatillo de
supervivencia ahora nos arrepentimos. Sí que era necesario un transistor cuando
la nevera se convierte en un termómetro emocional que no perdemos de vista sin
abrirla para comprobar si los pollos vuelven a cantar o si las hamburguesas ya
han empezado a deambular como zombis comestibles.
El
andador de la suegra, de líneas deportivas aerodinámicas, plegable,
turbo-estático y con extraordinaria capacidad de maniobra y de giro preciso,
todavía no levita ni sube escaleras. Pasado un buen rato, ellas han llegado a
casa, un alivio extraordinario. La considero una heroína subiendo las escaleras
hasta un noveno piso sin ascensor. Una hazaña que, espero, le haya cargado el
ánimo y la confianza en sí misma. Toda una proeza. Con todo, me ha enternecido
que los hijos, ambos, hayan pasado por casa en una visita relámpago para
comprobar que no se nos han agotado las pilas del transistor y no hemos abierto
las puertas de la nevera en vano.
El
panorama intimida. Testimonios de gente varada en las estaciones. Servicios que
no funcionan. La imagen de la petroquímica en Tarragona encendiendo antorchas
olímpicas sucias o la falta de efectivo para comprar un bocadillo o pagar un
taxi nos hace bien conscientes de lo frágiles y expuestos que vivimos. Talmente
unos turistas de la vida un día sin GPS preguntando cómo llegar a la
Sagrada Familia.
No
me he podido contener, ante la oscuridad informativa que los gobernantes
también comparten respecto de las causas del grave accidente sin precedentes,
de imaginar a los culpables. Seguramente animado por el formato de intriga que
presenta el asunto. Primero he pensado que podía tratarse de una revancha de
los servicios israelíes -el Mossad- amparados en la tecnología para sabotear al
país que les ha desahuciado unos contratos millonarios por la venta de armas.
Luego, influenciado por la monserga radiofónica diversa, que podría tratarse de
los tentáculos bélicos rusos. Tampoco excluyo una repentina oscilación a causa
de la tensión arancelaria. El presidente del país no descarta ninguna opción.
Todo es, pues, posible. A medida que los tertulianos -jubilados, ya que los
especialistas en activo tienen trabajo a espuertas-, revelan la desaparición
brusca de 15 gigavatios, el equivalente al 60% de la electricidad que habría de
consumirse en estos instantes, lo tengo clarísimo. Se trata del robo del siglo.
¿Cuánto valen al por menor, contador a contador, 15 GW de energía eléctrica?
Unos espabilados han birlado esa energía que venderán en el mercado negro entre
consumidores de malvivir a precios reventados. ¡Una millonada! Ojo, un consejo,
no cambiéis de compañía ni os paséis a ninguna distribuidora sospechosa medio
pirata.
Identificados
los presuntos culpables he reflexionado respecto de las posibles consecuencias
que se tendrán que contabilizar. Las pérdidas económicas también pueden ser
astronómicas, como el apagón que sufrimos. En el otro platillo de la balanza
pondré lo positivo. Pocas cosas, mencionaré sólo un par, nos ha enseñado que
detrás de las pantallas hay vida y podemos subsistir gozosamente tomando una
cerveza en una terraza pagando con calderilla. La segunda, un efecto demostrado
en otros apagones históricos, el incremento de la natalidad, ya que la
oscuridad prende la alegría conyugal.
Afortunadamente
en casa se ha recuperado la relativa normalidad con el regreso de la luz
pasadas las diez de la noche. Sólo hemos tenido tiempo de cenar al albor de las
candelas. Me aventuraré, el santoral se decantará a la hora de poner nombre a
algunos mocosos que han sido concebidos al amparo de una vela aromática.
Próximamente oiremos llamar a las criaturas recién nacidas con el nombre de
Clara, Sol, Candela, Lucía, Luz, Aurora, Blanca...
A
las diez y media ha vuelto la luz. He dejado la caja de cerillas debajo de la
almohada y, como acostumbraba de pequeño en Can Francó de Cavallera, la
palmatoria en la mesita de noche. He soplado la vela y se han encendido las
estrellas.
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