La
línea de tren R3, que permite conectar Barcelona con Ripoll, Puigcerdà y la Tor
de Querol se ultimó durante la segunda década del siglo XX. Nació con vocación
internacional porque enlaza Puigcerdà con la Tor y la red francesa de caminos
de hierro. Más allá de Ripoll resulta una obra compleja de la que destaca el
famoso túnel del Cargol, un diseño helicoidal de más de un kilómetro con un
radio que sobrepasa los doscientos metros para superar el desnivel considerable
del collado de Toses. La actual línea R3 no ostenta el prestigio por la gran
obra de ingeniería que representa sino que se ha convertido en el modelo
deplorable por los tramos precarios de la vía y los convoyes reutilizados de
segunda mano con una única vía muy caprichosa y extremadamente delicada con
tendencia enfermiza a atrapar todos los achaques ferroviarios en el extenso
catálogo de epidemias carrileras con los retrasos infalibles como una afección crónica.
Este
túnel del Cargol -el de Toses- ha trascendido a la memoria puntual del territorio
porque el ingeniero, desolado, acabó su vida electrocutándose después de tres
años de trabajo duro cuando las dos bocas del túnel debían coincidir en un
punto intermedio. Desconocían qué cálculos habían sido erróneos. El punto para
sobreponerse al descrédito y al fracaso le llevó al pequeño cementerio de Sant
Cristòfol de Toses donde descansa. El ingeniero Hilario Jesús Retuerta Toledano
nunca supo que tres días después de la desgracia las dos máquinas que horadaban
la roca se encontraron completando el túnel con un margen de error
insignificante, sólo de 7 cms.
Mi
primer viaje en tren transcurrió de Sant Joan de les Abadesses a Ripoll, un
servicio que se inauguró a la manera de un afluente de la actual R3 en 1880 con
una terminal en Toralles, donde se halla el muelle de carga para el carbón que
bajaban las vagonetas desde las minas de Ogassa y de Surroca. En 1967 las minas
dejaron de ser explotadas y la línea de ferrocarril entre Ripoll y Sant Joan de
les Abadesses fue clausurada por Renfe en 1980. Actualmente la antigua vía del
carbón es una magnífica vía verde para pedalear o pasear al alcance de todos,
la Ruta del Ferro, donde el retraso sólo se puede achacar al estado de forma de
cada cual.
En
los setenta mis trayectos trimestrales fundamentalmente nocturnos y eternos me
llevaban a Madrid y a Toledo. De regreso, de Barcelona al Ripollès, yo y la
maleta de plástico que simulaba la piel de un paquidermo -y por cómo pesaba-
acabábamos el trayecto en el tren de Sant Joan de les Abadesses una vez
atravesada media Península durante ocho cursos. De todas las peripecias
ferroviarias que pude disfrutar en esa etapa sólo un tren, precisamente de esta
línea, descarriló a medio camino, en Centelles, sin heridos ni contusionados
graves por fortuna.
Por
razones laborales, durante ocho años, fui un usuario de Cercanías con el
privilegio de dar tumbos por la primera vía de ferrocarril que se construyó en
el país, de Barcelona a Mataró. Mientras era usuario alivié las esperas y el
trayecto salpicado de paradas con la lectura. Algo que he echado de menos, no
así la incertidumbre de no saber nunca por qué vía aparecería el convoy desde
Mataró hacia Barcelona. Una aventura que asociaba al recuerdo de la primera vez
que viajé en tren, la máquina era de vapor y los asientos de madera. Nos
asustaba en cuanto cruzaba un túnel oscuro lleno de humo y de ruido. En uno de
los viajes, llegando a la capital del Maresme, donde la vía efectúa equilibrios
temerarios sobre las rocas a orillas del mar, una ola superó el techo del
vagón. El estrago provocado en la catenaria y el susto de los viajeros fue
mayúsculo. Yo que tenía -y tengo, si cabe- el hábito de sentarme en los
asientos de espaldas en las ventanas, los menos castigados como reposapiés por
los compañeros incívicos de trayecto, no vi venir esa ola. Reparar los
estragos, recuperar el sobresalto y la circulación supuso alteraciones en el
servicio durante tres días.
La Remfla -como
decía aquél- se ha convertido en una pesadilla para los catalanes del siglo
XXI. Llevamos días -demasiado tiempo, años- con un cúmulo de incidencias a
menudo diarias y reiteradas. Desplazarse en tren es una aventura. Un desastre
de funcionamiento y de mantenimiento en las infraestructuras -obsoletas-. Dejo
el corredor mediterráneo y las obras del Escorial en la estación de la Sagrera
al margen mientras acabamos de presenciar a unos pasajeros caminando con
maletas por las vías trompicando las traviesas de una vía verde sin asfaltar ni
acondicionar. No pido una implicación tan letal como la del ingeniero del túnel
de Toses, sí la dimisión por incompetencias y la inversión que correspondería
en un servicio que se ha convertido en un problema también crónico o de cuando
la movilidad se convierte en una yincana con los concursantes superando la
prueba cotidiana con dificultades y mucha angustia. Ahora mismo viajar con el
servicio de Cercanías es practicar un deporte de riesgo.
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