jueves, 13 de marzo de 2025

Trenes.

 

La línea de tren R3, que permite conectar Barcelona con Ripoll, Puigcerdà y la Tor de Querol se ultimó durante la segunda década del siglo XX. Nació con vocación internacional porque enlaza Puigcerdà con la Tor y la red francesa de caminos de hierro. Más allá de Ripoll resulta una obra compleja de la que destaca el famoso túnel del Cargol, un diseño helicoidal de más de un kilómetro con un radio que sobrepasa los doscientos metros para superar el desnivel considerable del collado de Toses. La actual línea R3 no ostenta el prestigio por la gran obra de ingeniería que representa sino que se ha convertido en el modelo deplorable por los tramos precarios de la vía y los convoyes reutilizados de segunda mano con una única vía muy caprichosa y extremadamente delicada con tendencia enfermiza a atrapar todos los achaques ferroviarios en el extenso catálogo de epidemias carrileras con los retrasos infalibles como una afección crónica.

Este túnel del Cargol -el de Toses- ha trascendido a la memoria puntual del territorio porque el ingeniero, desolado, acabó su vida electrocutándose después de tres años de trabajo duro cuando las dos bocas del túnel debían coincidir en un punto intermedio. Desconocían qué cálculos habían sido erróneos. El punto para sobreponerse al descrédito y al fracaso le llevó al pequeño cementerio de Sant Cristòfol de Toses donde descansa. El ingeniero Hilario Jesús Retuerta Toledano nunca supo que tres días después de la desgracia las dos máquinas que horadaban la roca se encontraron completando el túnel con un margen de error insignificante, sólo de 7 cms.

Mi primer viaje en tren transcurrió de Sant Joan de les Abadesses a Ripoll, un servicio que se inauguró a la manera de un afluente de la actual R3 en 1880 con una terminal en Toralles, donde se halla el muelle de carga para el carbón que bajaban las vagonetas desde las minas de Ogassa y de Surroca. En 1967 las minas dejaron de ser explotadas y la línea de ferrocarril entre Ripoll y Sant Joan de les Abadesses fue clausurada por Renfe en 1980. Actualmente la antigua vía del carbón es una magnífica vía verde para pedalear o pasear al alcance de todos, la Ruta del Ferro, donde el retraso sólo se puede achacar al estado de forma de cada cual.

En los setenta mis trayectos trimestrales fundamentalmente nocturnos y eternos me llevaban a Madrid y a Toledo. De regreso, de Barcelona al Ripollès, yo y la maleta de plástico que simulaba la piel de un paquidermo -y por cómo pesaba- acabábamos el trayecto en el tren de Sant Joan de les Abadesses una vez atravesada media Península durante ocho cursos. De todas las peripecias ferroviarias que pude disfrutar en esa etapa sólo un tren, precisamente de esta línea, descarriló a medio camino, en Centelles, sin heridos ni contusionados graves por fortuna.

Por razones laborales, durante ocho años, fui un usuario de Cercanías con el privilegio de dar tumbos por la primera vía de ferrocarril que se construyó en el país, de Barcelona a Mataró. Mientras era usuario alivié las esperas y el trayecto salpicado de paradas con la lectura. Algo que he echado de menos, no así la incertidumbre de no saber nunca por qué vía aparecería el convoy desde Mataró hacia Barcelona. Una aventura que asociaba al recuerdo de la primera vez que viajé en tren, la máquina era de vapor y los asientos de madera. Nos asustaba en cuanto cruzaba un túnel oscuro lleno de humo y de ruido. En uno de los viajes, llegando a la capital del Maresme, donde la vía efectúa equilibrios temerarios sobre las rocas a orillas del mar, una ola superó el techo del vagón. El estrago provocado en la catenaria y el susto de los viajeros fue mayúsculo. Yo que tenía -y tengo, si cabe- el hábito de sentarme en los asientos de espaldas en las ventanas, los menos castigados como reposapiés por los compañeros incívicos de trayecto, no vi venir esa ola. Reparar los estragos, recuperar el sobresalto y la circulación supuso alteraciones en el servicio durante tres días.

La Remfla -como decía aquél- se ha convertido en una pesadilla para los catalanes del siglo XXI. Llevamos días -demasiado tiempo, años- con un cúmulo de incidencias a menudo diarias y reiteradas. Desplazarse en tren es una aventura. Un desastre de funcionamiento y de mantenimiento en las infraestructuras -obsoletas-. Dejo el corredor mediterráneo y las obras del Escorial en la estación de la Sagrera al margen mientras acabamos de presenciar a unos pasajeros caminando con maletas por las vías trompicando las traviesas de una vía verde sin asfaltar ni acondicionar. No pido una implicación tan letal como la del ingeniero del túnel de Toses, sí la dimisión por incompetencias y la inversión que correspondería en un servicio que se ha convertido en un problema también crónico o de cuando la movilidad se convierte en una yincana con los concursantes superando la prueba cotidiana con dificultades y mucha angustia. Ahora mismo viajar con el servicio de Cercanías es practicar un deporte de riesgo.

 

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