Optimismo y bienaventuranza. Vivimos en un mundo feliz justo el primer día de primavera a pesar de la niebla y del viento molesto que sopla. Empieza la estación en la cual la verdura y la naturaleza renacen en un estallido vital que nos permite contemplar el milagro, todo funciona con los pantanos llenándose sin estragos ni maldades causadas por los elementos, con nieve en la montaña que se derretirá para engrosar los caudales de los ríos y alejar las restricciones en los grifos.
Hace
cinco años de la pandemia y de la reclusión forzada que tuvimos que sufrir. Una
lección que nos ha llevado al reconocimiento por el esfuerzo con el compromiso
de resistir por salir mejores. Desde el cautiverio hemos aprendido a valorar la
solidaridad, los pequeños detalles, la gratitud, a ser buenas personas entre
otras virtudes que han propiciado el actual entendimiento respetuoso del que
disfrutamos. Ha sido el punto de inflexión que ha apartado de los estantes la
chatarra armamentista porque sin demanda no se necesitan las ofertas ni los
descuentos. Un trasiego en los escaparates de los supermercados que deben
llenar el vacío con flores de primavera. Definitivamente hemos entendido
aquella disyuntiva que nos proponía hacer el amor y no la guerra. Cuánta paz y
armonía no se habrán esparcido estos últimos cinco años.
Los
gobernantes modélicos que mandan mucho se encuentran, se llaman, se
intercambian regalos con abrazos y pasteles azucarados rellenos de buenas
intenciones y mucha generosidad. Sensatos, arreglan los pequeños malentendidos.
Han dejado de pactar treguas por una paz definitiva con milimétricos acuerdos
respetados escrupulosamente por los bandos que ya no se apedrean con bombas
asesinando a criaturas inocentes.
Sólo
se oyen los estallidos festivos en el horizonte mediterráneo celebrando la
noche de San José quemando los malos augurios y el espíritu de la desgracia
materializados en muñecos caricaturescos sin indultar. Fuego y tracas de júbilo
y fiesta para celebrar que todo funciona. También el cambio climático es agua
pasada, se ha decretado que no existe negando la causa para empequeñecer sus
efectos o esquivar su responsabilidad.
Tampoco
se lleva firmar decretos con pavoneo público empleando el rotulador grueso. En
este estado de bienaventuranza alcanzado se ha desterrado la letra pequeña que
es donde anidaba la perversión y algunas tentaciones anacrónicas que
actualmente ya no tienen vigencia y, por tanto, no se practican. Fuentes bien
informadas han confirmado que ya existe un borrador, un anteproyecto de ley
para aplacar eventuales tentaciones, en los Tribunales Internacionales de
Derechos Humanos en virtud del cual a los mentirosos interesados, a los
embaucadores y a los hipócritas -entre otros- se les condenará a resaltar luciendo
unas orejas de burro de tamaño considerable con intermitentes luminosos de bajo
consumo para que les podamos detectar sin complicidades no apoyando sus
maniobras peligrosas.
En
el panorama presente hemos pasado a viajar con medios que no contaminan, son
meticulosamente puntuales y confortables. ¿Quién nos lo iba a decir? Las colas
y los retrasos son anécdotas de abuelo catalán cascarrabias -un exadicto a los
antidepresivos- durante las sobremesas de un domingo de Pascua. Ahora somos la
envidia del transporte público y unos héroes, empedernidos usuarios, de la vía
estrecha.
Sin
embargo asistimos con los brazos abiertos a acoger a personas que huyen de la
sequía, de la guerra y de la pobreza. Es un gozo ver cómo se les facilita
alojamiento, cómo responden con agradecimiento a su afán por encontrar trabajo
y poder integrarse en las sociedades de acogida también con alegría y
reconocimiento. Un deleite ver cómo nos los disputamos y reclamamos su concurso
para reavivar -con sangre nueva de primavera- las sociedades desarrolladas cada
vez más envejecidas y con baja natalidad. En este panorama de pujanza no dudéis
que volverá la alegría conyugal que como las flores estalla y se reanima con la
primavera, la estación más fantástica -como
esta quimera-.
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