domingo, 23 de marzo de 2025

Un mundo feliz.

 Optimismo y bienaventuranza. Vivimos en un mundo feliz justo el primer día de primavera a pesar de la niebla y del viento molesto que sopla. Empieza la estación en la cual la verdura y la naturaleza renacen en un estallido vital que nos permite contemplar el milagro, todo funciona con los pantanos llenándose sin estragos ni maldades causadas por los elementos, con nieve en la montaña que se derretirá para engrosar los caudales de los ríos y alejar las restricciones en los grifos.

Hace cinco años de la pandemia y de la reclusión forzada que tuvimos que sufrir. Una lección que nos ha llevado al reconocimiento por el esfuerzo con el compromiso de resistir por salir mejores. Desde el cautiverio hemos aprendido a valorar la solidaridad, los pequeños detalles, la gratitud, a ser buenas personas entre otras virtudes que han propiciado el actual entendimiento respetuoso del que disfrutamos. Ha sido el punto de inflexión que ha apartado de los estantes la chatarra armamentista porque sin demanda no se necesitan las ofertas ni los descuentos. Un trasiego en los escaparates de los supermercados que deben llenar el vacío con flores de primavera. Definitivamente hemos entendido aquella disyuntiva que nos proponía hacer el amor y no la guerra. Cuánta paz y armonía no se habrán esparcido estos últimos cinco años.

Los gobernantes modélicos que mandan mucho se encuentran, se llaman, se intercambian regalos con abrazos y pasteles azucarados rellenos de buenas intenciones y mucha generosidad. Sensatos, arreglan los pequeños malentendidos. Han dejado de pactar treguas por una paz definitiva con milimétricos acuerdos respetados escrupulosamente por los bandos que ya no se apedrean con bombas asesinando a criaturas inocentes.

Sólo se oyen los estallidos festivos en el horizonte mediterráneo celebrando la noche de San José quemando los malos augurios y el espíritu de la desgracia materializados en muñecos caricaturescos sin indultar. Fuego y tracas de júbilo y fiesta para celebrar que todo funciona. También el cambio climático es agua pasada, se ha decretado que no existe negando la causa para empequeñecer sus efectos o esquivar su responsabilidad.

Tampoco se lleva firmar decretos con pavoneo público empleando el rotulador grueso. En este estado de bienaventuranza alcanzado se ha desterrado la letra pequeña que es donde anidaba la perversión y algunas tentaciones anacrónicas que actualmente ya no tienen vigencia y, por tanto, no se practican. Fuentes bien informadas han confirmado que ya existe un borrador, un anteproyecto de ley para aplacar eventuales tentaciones, en los Tribunales Internacionales de Derechos Humanos en virtud del cual a los mentirosos interesados, a los embaucadores y a los hipócritas -entre otros- se les condenará a resaltar luciendo unas orejas de burro de tamaño considerable con intermitentes luminosos de bajo consumo para que les podamos detectar sin complicidades no apoyando sus maniobras peligrosas.

En el panorama presente hemos pasado a viajar con medios que no contaminan, son meticulosamente puntuales y confortables. ¿Quién nos lo iba a decir? Las colas y los retrasos son anécdotas de abuelo catalán cascarrabias -un exadicto a los antidepresivos- durante las sobremesas de un domingo de Pascua. Ahora somos la envidia del transporte público y unos héroes, empedernidos usuarios, de la vía estrecha.

Sin embargo asistimos con los brazos abiertos a acoger a personas que huyen de la sequía, de la guerra y de la pobreza. Es un gozo ver cómo se les facilita alojamiento, cómo responden con agradecimiento a su afán por encontrar trabajo y poder integrarse en las sociedades de acogida también con alegría y reconocimiento. Un deleite ver cómo nos los disputamos y reclamamos su concurso para reavivar -con sangre nueva de primavera- las sociedades desarrolladas cada vez más envejecidas y con baja natalidad. En este panorama de pujanza no dudéis que volverá la alegría conyugal que como las flores estalla y se reanima con la primavera, la estación más fantástica -como esta quimera-.

 Pasados ​​cinco años de la pandemia vivimos -sin lugar a dudas- más tranquilos y somos mucho mejores en un mundo feliz. Lo constato coronándome con unas orejeras rutilantes.

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