Hace
ochenta años que los soldados rusos entraron y liberaron Auschwizt-Birkenau.
Estos días se ha recordado el horror con método y el asesinato eficiente en
cadena de millones de personas en estos campos donde sarcásticamente el trabajo
debía liberarles. ¿Estaremos a tiempo de reescribir un manual de resistencia?
Que evite las tentaciones -ante la desmemoria interesada- para
que no vuelvan a emerger líderes nacionalistas, populistas, autoritarios,
xenófobos y racistas con tentaciones como las que acabaron propiciando las
aberraciones perpetradas por los regímenes fascistas. Existen vigentes
comparaciones entre el momento actual que son objeto de controversia aunque no
pueden ser aceptadas universalmente. Sin embargo, concurren actitudes
sospechosamente parecidas que propiciaron el ascenso de aquellos dictadores.
El
primer ingrediente es el discurso fuertemente nacionalista que promueve la
supremacía de la propia nación sobre las demás. En el caso de los nazis, la
superioridad tenía un fuerte componente de carácter racial. Una hegemonía con
una paleta de colores bien definida que todavía está vigente en comunidades
donde el contraste epidérmico o de creencia no están superados. A la manera
como Trump utiliza, el nazismo alemán empleó un discurso populista y
nacionalista que apelaba a las emociones y frustraciones de un segmento de la
población. Volver a la “grandeza de América” es un eslogan que resalta la idea
de recuperar un esplendor pasado, similar a cómo el nazismo promovía la idea de
restablecer el honor y la gloria de Alemania después de la Primera Guerra
Mundial. Trump ha capitalizado hábilmente el descontento de una parte de la
población estadounidense que se siente marginada por la globalización, la
pérdida de puestos de trabajo y por las élites políticas tradicionales que no
le han podido vencer.
El
populismo es un componente que tiene una gramática plana, simplista -cargada de
esdrújulos rimbombantes-, reduccionista en las complejidades extraordinarias
que sufre la vida en convivencia si no la encogemos a una disputa de barra de
bar para arreglar el mundo con un aguardiente generoso de mucho octanaje sin
cubitos de hielo y con vaso ancho mientras nos erigimos en representantes y
salvadores del pueblo llano contra las élites políticas,
informativas y económicas porque todos -todos- son unos corruptos
incompetentes.
El
autoritarismo practica el ataque contra los medios de comunicación que le son
críticos menospreciándolos o directamente silenciándolos. Les declaran enemigos
del "pueblo". Hay que aniquilar a los críticos y los díscolos con una
contundente estrategia cuestionando su opinión -el voto que representan- para
convertir en ilegítimos los procesos democráticos cuando no les son favorables
y, al mismo tiempo, debilitar a las instituciones para consolidar su poder. A
finales de febrero de 1933 en Berlín se produjo un incendio intencionado del
Reichstag, la asamblea parlamentaria o el Parlamento. Trump ha cuestionado
repetidamente la legitimidad de los procesos electorales, como en las
elecciones de 2020, y ha atacado a instituciones como el sistema judicial o los
medios de comunicación sin olvidar el asalto al Capitolio por el que se ha
autoamnistiado. El nazismo utilizó la propaganda de forma masiva para controlar
el discurso público. Trump, por su parte, ha hecho un uso intensivo de las
redes sociales -como Twitter - para comunicarse directamente
con sus seguidores, evitando los medios tradicionales y difundiendo mensajes a
menudo polémicos o falsos.
El
culto a la personalidad cuando un individuo pasa por delante incluso del
partido que representa se convierte en una imagen para movilizar el apoyo
popular ante un ingrediente formidable, el miedo y la inseguridad ligados a la
inmigración que suelen justificar las medidas autoritarias y consolidar un
poder con tentaciones de alargar los períodos de mandato en el gobierno que
usurpan. La xenofobia y el racismo son recursos potentes y eficaces, necesitan
un enemigo contra quien focalizar la culpa y el odio. El nazismo identificó a
"enemigos" como los judíos, los comunistas y otras minorías como
responsables de los problemas de Alemania. Trump, aunque no ha llegado a este
extremo, utiliza un discurso divisivo en el que identifica a grupos de
inmigrantes, musulmanes o medios de comunicación como fuentes de problemas para
Estados Unidos.
Las
comparaciones entre el ascenso de Donald Trump y el nazismo alemán son temas
complejos y controvertidos con cierta refracción en un espejo. Algunos
analistas han señalado ciertas similitudes en la retórica, las estrategias
políticas y el contexto social, pero es importante destacar que se trata de
fenómenos históricos y políticos muy distintos. A pesar de estas posibles
similitudes, no es necesario equiparar directamente los dos fenómenos. El
nazismo fue un régimen totalitario que llevó a cabo genocidios y provocó una
guerra mundial, mientras que Trump, pese a su retórica y a sus políticas
controvertidas, opera dentro de un sistema democrático con ciertos controles y
equilibrios precarios. Además, el contexto histórico, cultural y político de
los años 30 en Alemania es distinto al de Estados Unidos del siglo XXI. Aunque
hay elementos que pueden recordar el ascenso del nazismo, es necesario analizar
estas comparaciones con precaución y tener en cuenta las grandes diferencias
entre ambos momentos.
Estaremos
pendientes de los discursos de Trump a pesar de las dificultades
extraordinarias que comporta la traducción simultánea ya que la Trumpslation -como
la llaman los responsables de hacer comprensibles sus mensajes en directo- es
una tarea imposible por la manifiesta pobreza de vocabulario y de pensamiento
que exhibe combinados con los giros de argumento incoherentes emitidos por este
busto parlante con cierta grandeza numismática gruñona que le confiere al personaje
el cargo que ostenta. Trump y sus secuaces. ¿Quién hace de altavoz, quién
escribe el guión y quién financia la tinta?
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