viernes, 31 de enero de 2025

Resistir a los autoritarismos.

 

Hace ochenta años que los soldados rusos entraron y liberaron Auschwizt-Birkenau. Estos días se ha recordado el horror con método y el asesinato eficiente en cadena de millones de personas en estos campos donde sarcásticamente el trabajo debía liberarles. ¿Estaremos a tiempo de reescribir un manual de resistencia? Que evite las tentaciones -ante la desmemoria interesada-   para que no vuelvan a emerger líderes nacionalistas, populistas, autoritarios, xenófobos y racistas con tentaciones como las que acabaron propiciando las aberraciones perpetradas por los regímenes fascistas. Existen vigentes comparaciones entre el momento actual que son objeto de controversia aunque no pueden ser aceptadas universalmente. Sin embargo, concurren actitudes sospechosamente parecidas que propiciaron el ascenso de aquellos dictadores.

El primer ingrediente es el discurso fuertemente nacionalista que promueve la supremacía de la propia nación sobre las demás. En el caso de los nazis, la superioridad tenía un fuerte componente de carácter racial. Una hegemonía con una paleta de colores bien definida que todavía está vigente en comunidades donde el contraste epidérmico o de creencia no están superados. A la manera como Trump utiliza, el nazismo alemán empleó un discurso populista y nacionalista que apelaba a las emociones y frustraciones de un segmento de la población. Volver a la “grandeza de América” es un eslogan que resalta la idea de recuperar un esplendor pasado, similar a cómo el nazismo promovía la idea de restablecer el honor y la gloria de Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Trump ha capitalizado hábilmente el descontento de una parte de la población estadounidense que se siente marginada por la globalización, la pérdida de puestos de trabajo y por las élites políticas tradicionales que no le han podido vencer.

El populismo es un componente que tiene una gramática plana, simplista -cargada de esdrújulos rimbombantes-, reduccionista en las complejidades extraordinarias que sufre la vida en convivencia si no la encogemos a una disputa de barra de bar para arreglar el mundo con un aguardiente generoso de mucho octanaje sin cubitos de hielo y con vaso ancho mientras nos erigimos en representantes y salvadores del pueblo llano contra las élites políticas, informativas y económicas porque todos -todos- son unos corruptos incompetentes.

El autoritarismo practica el ataque contra los medios de comunicación que le son críticos menospreciándolos o directamente silenciándolos. Les declaran enemigos del "pueblo". Hay que aniquilar a los críticos y los díscolos con una contundente estrategia cuestionando su opinión -el voto que representan- para convertir en ilegítimos los procesos democráticos cuando no les son favorables y, al mismo tiempo, debilitar a las instituciones para consolidar su poder. A finales de febrero de 1933 en Berlín se produjo un incendio intencionado del Reichstag, la asamblea parlamentaria o el Parlamento. Trump ha cuestionado repetidamente la legitimidad de los procesos electorales, como en las elecciones de 2020, y ha atacado a instituciones como el sistema judicial o los medios de comunicación sin olvidar el asalto al Capitolio por el que se ha autoamnistiado. El nazismo utilizó la propaganda de forma masiva para controlar el discurso público. Trump, por su parte, ha hecho un uso intensivo de las redes sociales -como Twitter - para comunicarse directamente con sus seguidores, evitando los medios tradicionales y difundiendo mensajes a menudo polémicos o falsos.

El culto a la personalidad cuando un individuo pasa por delante incluso del partido que representa se convierte en una imagen para movilizar el apoyo popular ante un ingrediente formidable, el miedo y la inseguridad ligados a la inmigración que suelen justificar las medidas autoritarias y consolidar un poder con tentaciones de alargar los períodos de mandato en el gobierno que usurpan. La xenofobia y el racismo son recursos potentes y eficaces, necesitan un enemigo contra quien focalizar la culpa y el odio. El nazismo identificó a "enemigos" como los judíos, los comunistas y otras minorías como responsables de los problemas de Alemania. Trump, aunque no ha llegado a este extremo, utiliza un discurso divisivo en el que identifica a grupos de inmigrantes, musulmanes o medios de comunicación como fuentes de problemas para Estados Unidos.

Las comparaciones entre el ascenso de Donald Trump y el nazismo alemán son temas complejos y controvertidos con cierta refracción en un espejo. Algunos analistas han señalado ciertas similitudes en la retórica, las estrategias políticas y el contexto social, pero es importante destacar que se trata de fenómenos históricos y políticos muy distintos. A pesar de estas posibles similitudes, no es necesario equiparar directamente los dos fenómenos. El nazismo fue un régimen totalitario que llevó a cabo genocidios y provocó una guerra mundial, mientras que Trump, pese a su retórica y a sus políticas controvertidas, opera dentro de un sistema democrático con ciertos controles y equilibrios precarios. Además, el contexto histórico, cultural y político de los años 30 en Alemania es distinto al de Estados Unidos del siglo XXI. Aunque hay elementos que pueden recordar el ascenso del nazismo, es necesario analizar estas comparaciones con precaución y tener en cuenta las grandes diferencias entre ambos momentos.

Estaremos pendientes de los discursos de Trump a pesar de las dificultades extraordinarias que comporta la traducción simultánea ya que la Trumpslation  -como la llaman los responsables de hacer comprensibles sus mensajes en directo- es una tarea imposible por la manifiesta pobreza de vocabulario y de pensamiento que exhibe combinados con los giros de argumento incoherentes emitidos por este busto parlante con cierta grandeza numismática gruñona que le confiere al personaje el cargo que ostenta. Trump y sus secuaces. ¿Quién hace de altavoz, quién escribe el guión y quién financia la tinta?

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