jueves, 23 de enero de 2025

Tromp/adas.

 

Choque, topetazo, impacto, empuje, colisión, embate, acometida, batacazo, encuentro, infortunio, desgracia, calamidad, mal, desdicha, trastorno, adversidad, contratiempo, pega... retahíla de palabras -hay más- que son sinónimos de “trompada”, una cuasi homofonía a la manera en que aquí algunos pronunciamos el apellido Trump. Toca hablar de la entronización de ese emperador que se ha coronado en Washington ante el cadáver político Joe Biden.

Debo formar parte de esa mitad de ciudadanos del planeta que consideran una calamidad que Donald Trump haya vencido en la última acometida electoral. Mi prevención al batacazo no le resta mérito ni puede degradar el entusiasmo y el furor político que despierta este señor entre sus adictos con una devoción por la política dura que va más allá del concepto de partidario o de adepto. Su victoria, su liderazgo y su persona superan, trastornan -atropellan-, al partido republicano. Esperemos que no aplaste con un embate furibundo la democracia con pies torpes de paquidermo.

En esta reedición, un contratiempo electoral de cuatro años, ya nos hemos acostumbrado a los modos zafios de este personaje que no podrá optar más -esperemos- a la reelección. Lo hemos integrado en el imaginario y no nos impacta tanto como lo hizo en el primer mandato. Nos hemos familiarizado a las irrupciones de sheriff entrando a trompicones en el salón donde se juega fuerte con cartas marcadas al póquer con apuestas y faroles de alcance geopolítico mundial. La fachendería gestual nos hace temer que pueda disparar en cualquier momento en cuanto alguien lo contradiga o se permita soplarle a la oreja. Un personaje que ha empujado -¡qué hombre!- a aquellos que no están a su lado incondicionalmente sin fisuras ni matices.

En este segundo mandato ha vuelto con tiempo y suficiente furia para llevar a la práctica lo que le ha atormentado hasta que no lo ha hecho con un sonoro puñetazo en la mesa sin contemplaciones, con prisa. Todo pensado, todo planificado. Ha ido al grano firmando decretos y más decretos como quien churrusca churros en aceite al rojo vivo a diestro y siniestro. Una noche, la primera tras el nombramiento, que Melania ha tenido que ejercer de ángel protector con bálsamos específicos y unturas tribales diversas de los indios recluidos en las reservas para el dolor de muñeca y de codo -una especie de síndrome del tenista- que ha machacado a Donald de tanto firmar y levantar las tablas divinas de la ley para mostrarlas a los fieles. El dolor físico, el mal, que no el gozo por la revancha de espíritu, han hecho que dejara de levitar descendiendo -poniendo sólo los calcetines- en la Tierra a medida que los ungüentos de la Melania obraban el milagro. Dudo que el personaje se haya cuestionado los calambres en el antebrazo como un aviso del dios que le ha ungido para esta misión mesiánica -tras inaugurar un casino en Marte con Elon Musk y Jeff Bezos de crupieres- advirtiéndolo, es humano y como tal de carne y hueso.

Hay una tendencia en mancha de aceite -Trump es el caudillo de los alguaciles- a reducir la complejidad de la vida y de las relaciones entre los hombres a una simplicidad adversa que se podría resumir entre lo “comestible” y lo “no comestible”. Sólo existen el blanco o el negro, los grises son para los indecisos quisquillosos o los melindrosos ofuscados. Nos tientan con una dieta infantil de impacto que puede obstruir con colesterol del malo las arterias de la democracia tal y como la pensábamos los ingenuos. "A partir de ahora, será la política oficial del gobierno de Estados Unidos que sólo existan dos géneros: el masculino y el femenino". ¡Coño! ¡Qué cojones!

Sólo repasando los titulares sin entrar en la letra menuda o en la negrita todo apunta a la idea de la barra libre para zamparse lo que queda de la manzana -¿Apple?- medio podrida con un gusano, a lo que hemos reducido el mundo y sus recursos. Las desgracias medioambientales no han sido ningún impedimento para repensarse la salida -un encontronazo ecológico feo por segunda vez- de los acuerdos climáticos de París. Lo remata, porque también es “comestible”, abandonando la Organización Mundial de la Salud (OMS), la agencia de Naciones Unidas responsable de gestionar las políticas de prevención, promoción e intervención en salud a escala mundial, que tuvo un papel especialmente destacado durante la pandemia de Covid-19 cuando Trump ya tuvo un topetazo prescribiendo a los ciudadanos americanos lejía diluida en azúcar y mucha incompetencia.

La desgracia asoma los cuernos sobreponiéndose al infortunio de los migrantes ya en el segundo día de la presidencia de este hombre y del nuevo equipo gubernamental en construcción. El flamante secretario de Seguridad Nacional ha levantado la veda a las redadas en escuelas e iglesias -también en las inmediaciones de estos centros- para que "los criminales" no puedan esconderse. Por la incertidumbre y por miedo el colectivo irregular que reside en el país vive aterrorizado. Ni los hijos de esos nacidos en Estados Unidos tienen garantizados sus derechos como ciudadanos. Muchas familias han encerrado a cal y canto a los niños que dejan y dejarán de asistir a la escuela por el temor fundado a ser detenidos y deportados cuando no recluidos.

 "La época dorada de Estados Unidos comienza ahora. A partir de ese día, nuestro país prosperará y será respetado de nuevo en todo el mundo. Seremos la envidia de todas las naciones, y no permitiremos que se nos tome ventaja ni un solo día durante toda la administración de Trump. Simplemente, pondré a América en primer lugar". La declaración es de esas que en una ópera ampulosa se correspondería al momento culminante en el que la orquesta se esfuerza sobremanera con grandes estridencias del metal y trompazos de timbal triunfante mientras el director mata moscas con la batuta. Una filarmónica para una ópera en cuatro actos, los del mandato. Algunos críticos musicales de contrastada solvencia ya han detectado carencias y espinosos agravios de solfa diversos.

Asistiremos a las actuaciones de esta filarmónica de Washington y la seguiremos en sus respectivos bolos fuera de temporada en todo el mundo. Se trata de una formación que reúne a los primeros espadas, a los más ricos, a los más poderosos. Son los más valientes porque se exponen para sacar las castañas del fuego a los de Detroit y otros lugares castigados por la pobreza con gran sensibilidad social velando por la equidad y la igualdad de oportunidades. Con un equipo tan selecto sin duda que la sinfonía América Grande y Trumpfante será un éxito de taquilla si el primer violín, Elon Musk, no colisiona y se las tienen como dos pavos reales por razones de protagonismo con el gran director, Donald, que no está por las salidas de tono de este pollo con espolones de oro que no haya marcado su batuta.

Por cortesía no escrita ni reglamentada solía concederse cien días de gracia a los recién llegados a un cargo prominente. Trump también se los merecería, pero quizá no sea el caso de quien inaugura los primeros minutos después de la investidura enconándose con furor caligráfico a firmar decretos para deshacer legados y consensos alcanzados en anteriores presidencias.

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