domingo, 12 de enero de 2025

Cuando se apagan las luces de Navidad.

 

Descolgando los adornos navideños nos atrapa el vacío ornamental que enlaza con la vuelta a la regularidad sin excesos gastronómicos, sin regalos innecesarios y sin tener que desear a cada persona conocida con la que nos cruzamos buen año. La tregua, el acuerdo para detener temporalmente las hostilidades volátiles  con el vecino del rellano, pierde validez porque lo que llamamos genéricamente como normalidad vuelve a tener vigencia. Hay personas que aprovechan para guardar, en la caja de los adornos, la magia, la alegría y la generosidad a no ser que nunca las expusieran enchufadas haciéndonos un guiño en el árbol de Navidad.

He comprobado lo pesado que es desmontar el pesebre y ordenar las ristras de lucecitas sin nudos ni enredos porque el ritual de las fiestas no volverá a tener validez hasta el próximo adviento coincidiendo con el solsticio de invierno. Retomaremos lo que solíamos y seremos testigos de lo que nos deparará este año nuevo 2025 recién desempaquetado. Comprobaremos si todos los buenos deseos llegarán a buen puerto o, como recelábamos, la oscuridad del invierno -de los tiempos que corren- se impone y con qué intensidad lo hace. Las perspectivas no son para tirar cohetes. Sopla un viento que nos inquieta y nos hace estar alerta de lo que pueda acontecer.

El último balance, que computa el programa europeo Copernicus, confirma que 2024 ha sido el año más cálido de la historia desde que disponemos de datos. Este período, un año natural, ha superado el grado y medio de la escala Celsius (1,5º C) por encima de la media fulminando el límite que se propuso en el Acuerdo de París en 2015. Las consecuencias las sufrimos con la virulencia de los diluvios feroces como en la Comunidad Valenciana o los fuegos apocalípticos que están arrasando California. Es más fácil buscar culpables con nombre y apellidos que revertir la causa del problema. El osado Trump, mientras evacuaban a residentes afectados, ya ha señalado al responsable, el gobernador -del partido contrario- por las políticas de gestión del agua.

Los elementos desatados -que empequeñecen la petulancia humana- no discriminan, son implacables y equitativos, van más allá de las soluciones individuales, tampoco han respetado las mansiones millonarias de las estrellas rutilantes de Hollywood que habitan en ella. Una realidad, como las muertes causadas, que, por ahora, pueden alcanzar a todos. Estaremos atentos a cómo piensa gestionar la administración Trump los grandes fuegos que a menudo abrasan el continente. Más allá, pasado mañana, estaremos alerta a las grandes medidas estructurales que el presidente americano -el primer presidente convicto- piensa aplicar para vencer el peligro y para cumplir el Acuerdo de París del 2025 del que se retiró porque cree que no está hecho para proteger el medio ambiente sino para matar a la economía estadounidense.

Si hiciéramos un repaso a las guerras que sacuden al mundo, esta Navidad tampoco las ha liquidado; siguen encarnizadas allí donde las dejamos. Ni el árbol más alto y brillante que nunca ha existido patrocinado por el alcalde de Vigo o su hermano menor de Badalona, ​​que va creciendo -en próximas ediciones veremos un estirón considerable si se porta bien y se alimenta como es debido-, no han brillado con suficiente intensidad, la necesaria para mitigar la miseria humana alumbrando los frentes de batalla con la paz y la concordia anheladas.

Pese a que se hayan apagado las luces de Navidad podemos encender la esperanza con sentido crítico para que no nos deslumbren con la mentira o el odio, apaguemos la oscuridad cegadora de los días. Que no nos hielen la calidez de espíritu ahora que se nos quema la fábrica de sueños.

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