Descolgando
los adornos navideños nos atrapa el vacío ornamental que enlaza con la vuelta a
la regularidad sin excesos gastronómicos, sin regalos innecesarios y sin tener
que desear a cada persona conocida con la que nos cruzamos buen año. La tregua,
el acuerdo para detener temporalmente las hostilidades volátiles con
el vecino del rellano, pierde validez porque lo que llamamos genéricamente
como normalidad vuelve a
tener vigencia. Hay personas que aprovechan para guardar, en la caja de los
adornos, la magia, la alegría y la generosidad a no ser que nunca las expusieran
enchufadas haciéndonos un guiño en el árbol de Navidad.
He
comprobado lo pesado que es desmontar el pesebre y ordenar las ristras de
lucecitas sin nudos ni enredos porque el ritual de las fiestas no volverá a
tener validez hasta el próximo adviento coincidiendo con el solsticio de
invierno. Retomaremos lo que solíamos y seremos testigos de lo que nos deparará
este año nuevo 2025 recién desempaquetado. Comprobaremos si todos los buenos
deseos llegarán a buen puerto o, como recelábamos, la oscuridad del invierno
-de los tiempos que corren- se impone y con qué intensidad lo hace. Las
perspectivas no son para tirar cohetes. Sopla un viento que nos inquieta y nos
hace estar alerta de lo que pueda acontecer.
El
último balance, que computa el programa europeo Copernicus, confirma que 2024
ha sido el año más cálido de la historia desde que disponemos de datos. Este
período, un año natural, ha superado el grado y medio de la escala Celsius
(1,5º C) por encima de la media fulminando el límite que se propuso en el
Acuerdo de París en 2015. Las consecuencias las sufrimos con la virulencia de
los diluvios feroces como en la Comunidad Valenciana o los fuegos apocalípticos
que están arrasando California. Es más fácil buscar culpables con nombre y
apellidos que revertir la causa del problema. El osado Trump, mientras
evacuaban a residentes afectados, ya ha señalado al responsable, el gobernador
-del partido contrario- por las políticas de gestión del agua.
Los
elementos desatados -que empequeñecen la petulancia humana- no discriminan, son
implacables y equitativos, van más allá de las soluciones individuales, tampoco
han respetado las mansiones millonarias de las estrellas rutilantes de
Hollywood que habitan en ella. Una realidad, como las muertes causadas, que,
por ahora, pueden alcanzar a todos. Estaremos atentos a cómo piensa gestionar
la administración Trump los grandes fuegos que a menudo abrasan el continente.
Más allá, pasado mañana, estaremos alerta a las grandes medidas estructurales
que el presidente americano -el primer presidente convicto- piensa aplicar para
vencer el peligro y para cumplir el Acuerdo de París del 2025 del que se retiró
porque cree que no está hecho para proteger el medio ambiente sino para matar a
la economía estadounidense.
Si
hiciéramos un repaso a las guerras que sacuden al mundo, esta Navidad tampoco las
ha liquidado; siguen encarnizadas allí donde las dejamos. Ni el árbol más alto
y brillante que nunca ha existido patrocinado por el alcalde de Vigo o su
hermano menor de Badalona, que va creciendo -en próximas ediciones veremos un
estirón considerable si se porta bien y se alimenta como es debido-, no han
brillado con suficiente intensidad, la necesaria para mitigar la miseria humana
alumbrando los frentes de batalla con la paz y la concordia anheladas.
Pese
a que se hayan apagado las luces de Navidad podemos encender la esperanza con
sentido crítico para que no nos deslumbren con la mentira o el odio, apaguemos
la oscuridad cegadora de los días. Que no nos hielen la calidez de espíritu
ahora que se nos quema la fábrica de sueños.
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