La
competencia y la eficacia no se alcanzan ostentando sólo un chaleco de
emergencias en las apariciones públicas o en las ruedas de prensa por
recomendación de algún asesor o por iniciativa propia. Yo no querría estar en
la piel -ni en el chaleco- del presidente de la comunidad valenciana cuando
tuvo que decidir ante la magnitud de la catástrofe anunciada. Las
críticas ahora, el día después, apuntan a la estrategia de optar por -como dice
el proverbio popular- después de muerto lo confesaban.
Sin embargo, la realidad dantesca registra demasiados fallecidos algunos de los
cuales se podían haber ahorrado si los avisos o las alarmas se hubieran
publicado con más antelación y si, de haber sido el caso, la ciudadanía hubiera
hecho cabal siguiendo las recomendaciones al pie de la letra. Tampoco tenemos
la certeza absoluta ante la descomunal fuerza del agua salida de madre.
El
paternalismo institucional ante las advertencias previniéndonos suele ser rechazado
o duramente criticado en nombre de la “libertad” individual. ¿Quién es el
estado o la institución para avisarme frente a la potestad que me asiste a
hacer caso omiso? Si la potencial amenaza no se concreta o no tiene el alcance
previsto, las críticas serán feroces por parte de los profetas del día
siguiente con lápiz grueso. Tan feroces como las exigencias subsidiarias a las
administraciones que los hechos consumados, por los que nos alertaban, han
originado. Principios y formas de gestionar el infierno cuando asoma los
cuernos en la tierra que tienen, también, poderosos trasfondos ideológicos. ¿Detener
la actividad -¡toda!- o arriesgarse a las potenciales catástrofes? ¿La bolsa o
la vida?
Si
algo nos empequeñece y nos sitúa en la justa medida humana son los elementos desatados
y extremos. Episodios que vuelven dramáticos algunos días que se convierten en
hitos a recordar, referentes catastróficos, que dejan marcas y cicatrices, por
ejemplo, en la epidermis de una calle o en el impetuoso cauce de una ribera,
“hasta aquí llegó el agua en la riada” del año que corresponda. Señales de
aquellas con las que se miden gráficamente cómo ha crecido la criatura. El
temor a las maldades que puede causar el tiempo nos asusta especialmente porque
no podemos controlarlo, fenómenos ajenos a nuestra voluntad y de los que no
somos aparentemente los causantes directos aunque seamos muy sospechosamente
los inspiradores. Entre la bolsa o la vida se encuentran las zonas inundables,
los laberintos y las trampas con las que obstruimos y hemos ahogado el desagüe
de la lluvia torrencial con asfalto y cemento.
Quién
no pierde el sosiego frente a una ventolera feroz que doblega los árboles y la
paz interior, más aún cuando el agua cae a cántaros empujada por torbellinos
caprichosos que amenazan la debilidad de una vivienda o el caparazón
aparentemente inexpugnable de un vehículo. Son momentos en los que nos
acordamos de Santa Bárbara porque truena y porque la naturaleza rabiosa nos
quiere devolver la pelota con furia arrasando localidades, enfangándolo todo,
arrastrando coches, obstruyendo accesos y las mil malignidades más que se
comporta este parque acuático de los horrores, incluso con el castigo más
severo, ¡la muerte! A la carencia de agua para beber, de luz para ver, de gas
para calentar y del silencio en las conexiones se ha añadido la falta de
existencias de los productos básicos. Con este panorama seguir vivo, a pesar de
las escaseces y del desamparo que alegan los afectados, no podrá ser el único
consuelo.
En
un país de memoria corta veremos si los responsables despojados del chaleco
protector admiten las deficiencias en la gestión o, como suelen, se
culpabilizan recíprocamente. La prensa de esa primera mañana fue una riada
mayoritaria de reproches judiciales con el centro de interés puesto en la
fotografía protagonista de las portadas de la mujer del presidente estatal.
Daba la impresión de que situaban al diluvio en la categoría de anécdota. Ver
políticos expulsándose las pulgas ejerciendo implacables el papel de la
oposición hace daño a aquellos que esperan soluciones sin partidismos
afrontando conjuntamente las consecuencias buscando la forma de compensarlos
paliando los efectos que tienen remedio sin tapujos en la hora de hacer un
balance.
Cada
vez con mayor frecuencia la naturaleza nos asalta contundente en las esquinas
climáticas sin contemplaciones. Nosotros deberemos decidirnos por la bolsa o
por la vida.
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