Un
noviembre raro, éste, que no pasará desapercibido en los registros históricos
de la meteorología, se ha ganado un lugar preferente en el cuadro de honor en
el que figurará retratado con ademán huraño y amenazante. No será recordado por
el sosiego ni por la delicadeza de un pintor de campo complaciente con los
marrones oscuros de leves pinceladas amarillas, anaranjadas o de rojo
marchitos. Este noviembre ha sido el de la gota fría que ha provocado el
colosal desastre en el Levante peninsular. Colores fríos manchados de luto y de
vergonzante incompetencia política.
Un
noviembre singular, catastrófico, magnificando el efecto anaranjado -zanahoria-
por el ascenso formidable a la condición de emperador global del viejo conocido
Donald Trump, un político otoñal, que ha arrasado en Estados Unidos. Este mes
también será recordado por ese momento electoral percibido como la gota fría
huracanada que ha sacudido al país y de paso al mundo. Cuatro años de trumpismo
dando la vuelta a la política de la gran potencia que preludian incertidumbre.
¿Por dónde saldrá, qué determinará, qué consecuencias tendrá el mandato de este
personaje?
En
TV3 -ahora 3Cat- se pudo seguir la noche electoral -¿excesiva?- en directo de
cabo a rabo desde los puntos calientes, donde habían desembarcado las vacas
sagradas de la cadena, durante el recuento de los votos emitidos. Nadie preveía
un proceso tan inmediato y definitivo. Tomando el primer café a la hora de aquí
ya conocíamos que Trump había teñido de zanahoria a la mayoría de los estados.
Las encuestas no acertaban el codo a codo pronosticado. Ha ganado con un aval
-como dicen algunos analistas- más de rey absoluto que de presidente al que se
pueda contener con las medidas y mecanismos que unos resultados más ajustados
permitirían. Tiene mérito, pues, esta victoria por goleada del partido
republicano fagocitado por el protagonismo mesiánico de un personaje siniestro
al que asisten todas las formas caprichosas de un malcriado soberano
incuestionable.
La
perspectiva ultramarina no se debe ajustar a la que tenemos -o nos han vendido-
en la Vieja Europa. Quien sí alaba o mira con agrado el ascenso de Trump en
esta otra orilla del Atlántico es la derecha más rancia que suspiró alentada y
lo celebra con champán, como el húngaro Orbán, que ostenta la presidencia
rotatoria del Consejo de la Unión Europea. El resto o la mayoría de líderes de
la Unión Europea han tenido que pasar por el aro felicitándole ofreciéndose a
continuar colaborando. Trump es el espejo, el referente paradigmático, de los
príncipes autoritarios, los que quieren imitarle con un desafío que ya ha
florecido y crece en los países comunitarios mientras la izquierda sobrevive
retrocediendo por el desapego -desesperanza, frustración o desencanto- del
electorado que se aferra a un hierro al rojo vivo del cual chorrean las falsas
promesas o los engaños del populismo que promete obtener peras del olmo.
Las
mujeres no se movilizan lo suficiente. Por segunda vez, ni Hillary Clinton
entonces, tampoco Kamala Harris ahora, logran imponerse a un hombre que
denuncia que hay estados que practican una dieta proteica de gato en la
barbacoa o de chucho a la plancha con mostaza. Lo certifica bien convencido
porque puede hablar con certeza quien los ha servido en persona luciendo el
uniforme de gala en McDonald's. Un líder que se vanagloria de ser capaz de
disparar contra el personal en mitad de la Quinta Avenida -como la Rambla de
las flores versión New York-, ya que no le dejarían de votar. Este presidente
convicto lo tiene probado con el asalto al Capitolio en el que hubo cuatro
víctimas mortales. Actualmente condenado por una retahíla de penas judiciales
que no le han pasado factura obtiene rendimiento con carteles de campaña o
camisetas, merchandising electoral, reproduciendo la desafiante fotografía de la
ficha policial.
La
América de horizonte zanahoria ha seducido el voto latino pese a una de las
promesas estelares contra la inmigración. El portazo en la frontera o la
expulsión en masa de inmigrantes no han sido relevantes en las urnas. La
solidaridad no luce lo suficiente cuando el fenómeno es percibido como una
amenaza al puesto de trabajo de algunos latinos ya establecidos. Medidas con
discursos comprensibles y simples, populistas, que también han dado la vuelta a
la tendencia de voto de lo que podríamos llamar el cinturón de hierro oxidado.
Las promesas de volver a hacer América grande otra vez son golosas. Esperanzas
que hacen blanco en las emociones cuando la ideología se vuelve prosaica
fundamentándose en lo que cuenta, en cargar el carro en el supermercado o en
llenar el depósito de combustible.
Vuelve
Trump, un gato escaldado, enalteciendo la revancha con una purga de
funcionarios. No dejará títere con cabeza. Un noviembre raro, como decía, con un
Trump prenavideño consolidado.
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