lunes, 11 de noviembre de 2024

Gato a la barbacoa.

 

Un noviembre raro, éste, que no pasará desapercibido en los registros históricos de la meteorología, se ha ganado un lugar preferente en el cuadro de honor en el que figurará retratado con ademán huraño y amenazante. No será recordado por el sosiego ni por la delicadeza de un pintor de campo complaciente con los marrones oscuros de leves pinceladas amarillas, anaranjadas o de rojo marchitos. Este noviembre ha sido el de la gota fría que ha provocado el colosal desastre en el Levante peninsular. Colores fríos manchados de luto y de vergonzante incompetencia política.

Un noviembre singular, catastrófico, magnificando el efecto anaranjado -zanahoria- por el ascenso formidable a la condición de emperador global del viejo conocido Donald Trump, un político otoñal, que ha arrasado en Estados Unidos. Este mes también será recordado por ese momento electoral percibido como la gota fría huracanada que ha sacudido al país y de paso al mundo. Cuatro años de trumpismo dando la vuelta a la política de la gran potencia que preludian incertidumbre. ¿Por dónde saldrá, qué determinará, qué consecuencias tendrá el mandato de este personaje?

En TV3 -ahora 3Cat- se pudo seguir la noche electoral -¿excesiva?- en directo de cabo a rabo desde los puntos calientes, donde habían desembarcado las vacas sagradas de la cadena, durante el recuento de los votos emitidos. Nadie preveía un proceso tan inmediato y definitivo. Tomando el primer café a la hora de aquí ya conocíamos que Trump había teñido de zanahoria a la mayoría de los estados. Las encuestas no acertaban el codo a codo pronosticado. Ha ganado con un aval -como dicen algunos analistas- más de rey absoluto que de presidente al que se pueda contener con las medidas y mecanismos que unos resultados más ajustados permitirían. Tiene mérito, pues, esta victoria por goleada del partido republicano fagocitado por el protagonismo mesiánico de un personaje siniestro al que asisten todas las formas caprichosas de un malcriado soberano incuestionable.

La perspectiva ultramarina no se debe ajustar a la que tenemos -o nos han vendido- en la Vieja Europa. Quien sí alaba o mira con agrado el ascenso de Trump en esta otra orilla del Atlántico es la derecha más rancia que suspiró alentada y lo celebra con champán, como el húngaro Orbán, que ostenta la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea. El resto o la mayoría de líderes de la Unión Europea han tenido que pasar por el aro felicitándole ofreciéndose a continuar colaborando. Trump es el espejo, el referente paradigmático, de los príncipes autoritarios, los que quieren imitarle con un desafío que ya ha florecido y crece en los países comunitarios mientras la izquierda sobrevive retrocediendo por el desapego -desesperanza, frustración o desencanto- del electorado que se aferra a un hierro al rojo vivo del cual chorrean las falsas promesas o los engaños del populismo que promete obtener peras del olmo. 

Las mujeres no se movilizan lo suficiente. Por segunda vez, ni Hillary Clinton entonces, tampoco Kamala Harris ahora, logran imponerse a un hombre que denuncia que hay estados que practican una dieta proteica de gato en la barbacoa o de chucho a la plancha con mostaza. Lo certifica bien convencido porque puede hablar con certeza quien los ha servido en persona luciendo el uniforme de gala en McDonald's. Un líder que se vanagloria de ser capaz de disparar contra el personal en mitad de la Quinta Avenida -como la Rambla de las flores versión New York-, ya que no le dejarían de votar. Este presidente convicto lo tiene probado con el asalto al Capitolio en el que hubo cuatro víctimas mortales. Actualmente condenado por una retahíla de penas judiciales que no le han pasado factura obtiene rendimiento con carteles de campaña o camisetas, merchandising electoral, reproduciendo la desafiante fotografía de la ficha policial.

La América de horizonte zanahoria ha seducido el voto latino pese a una de las promesas estelares contra la inmigración. El portazo en la frontera o la expulsión en masa de inmigrantes no han sido relevantes en las urnas. La solidaridad no luce lo suficiente cuando el fenómeno es percibido como una amenaza al puesto de trabajo de algunos latinos ya establecidos. Medidas con discursos comprensibles y simples, populistas, que también han dado la vuelta a la tendencia de voto de lo que podríamos llamar el cinturón de hierro oxidado. Las promesas de volver a hacer América grande otra vez son golosas. Esperanzas que hacen blanco en las emociones cuando la ideología se vuelve prosaica fundamentándose en lo que cuenta, en cargar el carro en el supermercado o en llenar el depósito de combustible.

Vuelve Trump, un gato escaldado, enalteciendo la revancha con una purga de funcionarios. No dejará títere con cabeza. Un noviembre raro, como decía, con un Trump prenavideño consolidado.

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