Cobra
vigencia el cuento de Pedro y el lobo. Nos informan que entre los parcos
ejemplares de lobo detectados en Catalunya, una decena, este año hay una
hembra. Una loba que puede propiciar la posibilidad de reproducción de la
especie. Hace más de un siglo que no se tiene constancia del nacimiento de un
lobezno en tierras catalanas. Vuelve a comenzar el desafío y los conflictos con
algunos ganaderos que habrá que gestionar con medidas contra el miedo
irracional asociadas a este animal que difícilmente ataca a las personas. Como
en el cuento de Pedro y el lobo, se ha hecho real. El rey de la cadena trófica
en nuestra tierra sería una oportunidad, de poder canalizar selectivamente sus
preferencias gastronómicas, con una dieta de jabalíes y de corzos. Desgraciadamente
en su menú figuran los rebaños sufridos de ovejas y las huestes de cabras
díscolas.
No
hace falta remover demasiado entre los nostálgicos cachivaches rurales para
descubrir los collares con los que protegían a los perros que vigilaban los
corrales y los cercados de verano. Collares con pinchos, contra la tendencia de
los lobos a dentellear el gaznate de sus presas, hacían algo más invulnerables
a los mastines que convivían infiltrados defendiendo a la camada lanuda de
intrusos con malas intenciones. En el imaginario terrífico de los cuentos junto
al fuego está el lobo, el todopoderoso animal astuto -capaz de enharinarse las
patas o de disfrazarse con una piel de cordero- que sólo aullando ya aturde a
las criaturas. En muchos lugares se recuerdan magnificadas maldades
protagonizadas por estas bestias sanguinarias que fueron borradas de la faz de
la geografía catalana no hace demasiados años, a principios del siglo
pasado.
¡Qué
viene el lobo! De hecho nunca se ha ido ni se le ha podido exterminar en los
territorios que sufren los aullidos de la guerra como cañonazos con aliento
infernal. Hace unos días un exministro de asuntos exteriores alertaba de que
vivimos al borde de la tercera guerra mundial. Los conflictos activos y
cruentos mantienen un encarnizamiento empantanado que puede ir escalando. Como
dijo el comediante Plauto un par o tres de siglos antes de Cristo, “el hombre
es un lobo para el hombre”. Ya en Roma, seguramente antes, tanto el lobo como
el propio hombre participaban de esta idea depredadora hacia la propia especie.
¡Terrible!
La
última revuelta de los lobos marinos ha sido el zarpazo del huracán Milton en
la costa de Florida. Extraordinariamente poderoso y destructivo, ha causado
mucho daño. La previa al paso de este devastador fenómeno ha puesto de acuerdo
a los meteorólogos y los gobernantes en alertar muy en serio de las
consecuencias en el caso de no evacuar los lugares por los que ha cruzado. Sin
embargo, algunos habitantes escarmentados de Estados Unidos se preparan para el
próximo embate serio que puede sufrir el país, el huracán Trump, que ya azotó al
país recientemente. De confirmarse, el fenómeno amenaza con consecuencias
imprevisibles de color zanahoria con tendencia cromática al tono ala de mosca,
un color impreciso, sucio.
Asfixiando
el radio de acción, bajando el foco, la secuencia del lobo sitiando las siete
cabritas mostrando la patita enharinada -aparentemente muy impoluta- la
encontramos en la hiperactiva actividad del partido popular para desviar la
mirada del gran error -monumental- para sus intereses que ha cometido aprobando
una ley de referencia europea que afectaría a la duración de la condena de los
terroristas que la cumplen en Francia. La falta de competencia lectora, unas gruesas
cataratas o la pereza que produce tener que leer la letra menuda de los
contratos -y de las leyes- les ha jugado una mala pasada. El jaleo interno y el
enojo de las víctimas, por la ley y por la manera de gestionar la pifia, ha hecho
que el partido se empolvore la patita y haya tenido que cubrirse con una piel
de cordero para denunciar con grandes gesticulaciones la corrupción
“sistematizada” socialista del gran lobo Sánchez, quien les recuerda las
piedras que todavía digieren por querer zamparse tanta cabritilla de mal
digerir y peor justificar.
Con
un golpe de manivela más bajamos la lupa para observar la conducta grupal de
las cuadrillas de lobos republicanos que tienen las guaridas mayoritariamente
en el Pirineo y alguna cercana a Montserrat. No se descarta que la presencia detectada
de la loba presumida haya alterado su convivencia ya que se ha observado una
actividad inusual y poco amistosa entre los lobos más llamativos para ser
reconocidos como elemento alfa -no como rey- de la manada.
Aunque lobos con lobos no se muerdan se ha visto ejemplares con indicios de fuertes
encontronazos hechos unos zorros. Expertos en esta especie están analizando su
comportamiento.
Y
más cercano, pisando el asfalto como los jabalíes urbanos ya acostumbran, el
lobo solitario -no precisamente nietzscheano- con quien he coincidido a
mediodía en el paseo dominical. Sin aullidos, al acecho, sin levantar sospechas
como un felino mimetizado entre la riada de peatones, de repente se ha
abalanzado sobre una mujer de mediana edad. De un zarpazo le ha arrancado el
reloj mientras la víctima, como una gacela sorprendida, cae al suelo. Un golpe
seco, contundente, escalofriante. El individuo se fuga por el laberinto de callejuelas.
Un joven en forma le persigue, también la gacela abatida que se ha levantado
corre dolida y coja tras el lobo solitario. Dos urbanos tienen detenida a la
bestia urbana. La mujer y el acompañante se sientan en una mesa, una camarera
recién arribada les trae una jarra de agua. Los urbanos retratan las palmas de
las manos y las rodillas de la víctima. Encima de la mesa está el reloj con la
correa desguazada y el reproche tan manido y poco compasivo del acompañante -
Ya te he advertido que no te lo pusieras...-.
¡Qué
viene el lobo!
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